XXVIII
E n las escaleras del hospital, John y aquella mujer se mantuvieron cerca mientras la conversación telefónica avanzaba.
—Sí, así es, me refiero exactamente a eso. —Por alguna razón, sostuvo la llamada mirándola de vez en cuando, como si ella fuese parte de la conversación—. Mira, tengo que ser breve, así que cierra el negocio. ¡Cómprala! Esa es la propiedad que quiero.
Los ojos de la mujer se iluminaron. A John le pareció una reacción bastante particular y no supo muy bien cómo interpretarla.
»—Gracias por la ayuda. No sé cuándo vuelva a llamarte y este número no es mío, así que avanza con todo lo demás como prefieras —terminó la frase mirándola.
Del otro lado no hubo más preguntas y el trato se dio por cerrado. John colgó y mantuvo la vista en la pantalla, repasando la conversación, cerciorándose de que todo hubiese quedado claro.
—Muchísimas gracias, me salvaste.
—No fue nada, tranquilo. Y ¿ya te vio el doctor o estás esperando la consulta?
—Creo que es un poco más complejo que eso.
—Cuéntame, tengo tiempo. Es más, te invito un café y hablamos.
Se dejó llevar por el momento, conservando su aire de libertad.
—Bueno, acepto. Vamos, pero usemos las escaleras.
—Genial, iba a decirte lo mismo.
John dejó que la mujer lo guiara. Sin embargo, la detuvo antes de bajar el primer escalón, tocándole el hombro. Ella lo miró a los ojos.
—Tu teléfono, tómalo… luego me lo quedo.
Lo recibió y, en ese instante, notó la pulsera de hospitalización, en la que leyó un nombre: John Doherty. Guardó el teléfono en su bolso y comenzó a bajar las escaleras pensando en cómo tocar el tema que la sorprendió.
—¿Compras para inversión o para vivienda?
—Para cambiar el mundo —bromeó John.
—Ja, ja, ja… no sabía que así se cambiaba el mundo.
—Claro, si se trata del mío.
—¿Y qué no te gustaba del anterior?
John hizo memoria lo suficientemente atrás como para ver postales de su pasado. Era todo lo que cualquier hombre querría: un hogar, una familia y lo que él siempre soñó.
Pero también le mostraron lo que pagó por ello: un precio que le había costado su propia vida, una cuenta que lo llevó a preguntarse si el vacío que sentía en ese mundo sería mayor que el de dejarlo atrás.
Así que se quedó con lo bueno y nada más, antes de que lo invadiera una nostalgia que no se permitiría volver a sentir.
—Digamos que la vida me golpeó duro. Me sacudió todo, y con las piezas que me quedaron pienso crear algo a mi manera, con mis reglas.
—Me recuerdas una canción.
Ambos sonrieron.
En el rostro de John no se reflejaba el peso del pasado, ni tampoco el del presente, aunque empezaba a cojear.
—¿Necesitas ayuda? ¿Te sientes bien?
—Tengo algo de dolor. Creo que el efecto del medicamento se está acabando.
—Tal vez el medicamento es lo que te tiene tan feliz.
—No creo. Oye, a propósito, me llamo John. ¿Y tú?
—Mi nombre es Abril. Encantada de conocerte, John. Ya llegamos; este es el piso… nos espera un gran café.
El hado había entrelazado sus caminos en un encuentro cuyas consecuencias ninguno de los dos sería capaz de prever.