Aquello que reclama su nombre XXVII
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E l ascensor bajaba lentamente al sótano, lo que aumentaba la ansiedad de la ex, que a ese punto no estaba cómoda con la situación ni con el lugar ni con la disposición del sargento y, por supuesto, tampoco con su ida a la morgue.

Entre tanto, el policía imaginaba escenarios diferentes, cavilaba en sus decisiones y consecuencias hipotéticas.

«¿Qué pasaría si…? ¿O será que tal vez…? ».

Cada pensamiento desencadenaba un hilo de eventos alternos, los cuales evaluaba minuciosamente. Lo que tenía claro hacía unos minutos parecía habérsele enredado.

Solo tres personas en Bahía Luz conocían el dictamen de Medicina Forense: el doctor, el sargento y el Novato.

Inicialmente, se pensó que había sido un error del estudio.

Pero se confirmó con los encargados que los resultados no tenían fallas.

Aunque la duda seguía en el aire, la nueva pareja de la exesposa era un policía retirado del Departamento de Criminalística y quizás aún tenía contactos allí.

Se evaluó la posibilidad de un mal procedimiento en la toma de muestras; sin embargo, fue desestimada por el médico.

El Novato en ningún momento perdió la custodia de la nevera; las muestras se mantuvieron indemnes.

Allí tampoco hubo error. Todo sucedió en orden y conforme a la urgencia que ameritaba el proceso.

Las pruebas que pretendían esclarecer el caso lo enredaron aún más.

Eso también pensaba el doctor, quien, luego de conocer los resultados, dejó todo en manos de su amigo.

Un asunto nada fácil, que al sargento le venía dando vueltas en la cabeza desde el momento en que puso los ojos en el dictamen.

Tenía en sus manos un crimen muy confuso y, por demás, particular: un John vivo junto a un John muerto, que el Departamento de Criminalística reconoció como la misma persona.

Sí.

Sus huellas dactilares, sus marcas de nacimiento y el ADN así lo dictaminaban.

El mismo hombre, muerto y vivo, estaba en Bahía Luz.

No se trataba de ningún parentesco ni de gemelos separados al nacer.

Eran el mismo hombre: uno en la morgue y otro en recuperación.

¿Cómo explicarlo? Eso era lo que ocupaba la mente del sargento: encontrar la forma de hacerlo.

No había una manera clara, no con la sensatez intacta.

Legalmente, John estaba muerto. Legalmente, John estaba vivo. Culparlo de su propia muerte sonaba a suicidio, pero John no estaba vivo y John no estaba muerto. Una vez más repasaba todo en su cabeza, sin encontrar una forma de entenderlo, salvo como una equivocación en el proceso del caso.

Pero no lo era.

John Doherty, vivo y muerto, era la misma persona.

No existía un manual para algo así ni alguien a quien consultar que evitara señalar, como salida fácil, un error humano. Sin embargo, no hubo error ni humano, técnico ni de laboratorio.

A esas alturas, el sargento quería blindar su oficina de una investigación más severa, una que llegaría a la misma conclusión y, a su vez, permitiría que un mando superior cerrara el caso de forma comprensible, aunque no fuera cierto.

La exesposa sería la clave para avanzar, a pesar de los controvertidos resultados forenses.

Era demasiada información para procesar.

Y aunque el ascensor conspiraba para seguir rumiando pensamientos hasta encontrar una estrategia, la presión comenzaba a sofocarlo.

En sus manos estaba el siguiente movimiento.

Y se la jugó.

Cambiando el destino, estiró el brazo y presionó el piso número uno, buscando arreglárselas en el camino. El doctor lo miró, pidiendo una explicación.

El sargento respondió con un gesto que decía: «Tranquilo, sé lo que hago».

Aunque no fuera cierto.

—Vamos, señorita.

—Pensé que era en el sótano.

—Tenemos que llenar algunos papeles. Creo que es mejor diligenciarlos acá.

El doctor siguió al oficial sin decir otra cosa. La exesposa se limitó a caminar detrás de los dos hombres, con una visible molestia. El destino había lanzado los dados.