XXVI
J ohn se levantó de su cama. Caminó hacia la puerta de la habitación, quedándose a unos pasos de la salida.
Allí se mantuvo observando a pacientes y otros miembros del hospital transitando por el corredor, sin que ellos notaran su presencia; algo que contrastaba con la lluvia de miradas que había caído sobre él horas antes.
Desde la puerta notó que la jefe no estaba en la estación de enfermería; ni ella ni otras enfermeras.
Al girar la cabeza en dirección opuesta, se encontró con un pasillo largo que lo invitó a asomarse un poco más, apoyando sus manos en el marco para balancearse y evitar cruzarlo por completo.
Era una barrera invisible, un muro imaginario.
Así, John se veía en la puerta de una celda inexistente.
Al inclinar la cabeza más allá, un fresco olor a pino le hizo cerrar los ojos para transportarse a un bosque que lo invitó a caminar libre, y la prisión dejó de existir.
—Ya está seco, señor, por si quiere estirar las piernas —le dijo una aseadora bonachona, bajita y con una sonrisa de ángel, que llevaba en sus manos un aviso de piso húmedo.
—Gracias —dijo John.
—A usted, joven. Siga no más —respondió ella, continuando con su recorrido.
Antes de dar un paso afuera, John se puso la ropa que vistió el día anterior. Si iba a salir, no sería con la espalda descubierta. Eso, en parte, también lo detenía.
Avanzó por el corredor como si fuera un visitante más.
Un cuadro en la pared llamó su atención: la fotografía de un paisaje en la que se veía un bosque de pinos, el mismo por el que fantaseó caminar antes de salir de su habitación.
Recuperó el foco y continuó la marcha. Lo que tenía en mente era encontrar un teléfono para hacer una llamada.
Por el pasillo vio venir en sentido contrario a una mujer que caminaba concentrada en la pantalla de su celular, escribiendo con ambas manos.
No llevaba credencial del hospital; supuso que era la acompañante de algún paciente.
Entonces, fingió que se tropezaba con ella por accidente.
—Lo siento, casi te llevo por delante.
—Tranquilo. Fue mi culpa por andar metida en este aparato.
—Mira, te va a sonar raro, pero me urge hacer una llamada. ¿Puedo hacerla desde tu celular? No tengo el mío. Te lo agradecería muchísimo.
La mujer dudó. John no insistió. Se limitó a mirarla con una mezcla de cansancio y urgencia, como si cualquier explicación más larga fuera innecesaria.
—Sí, claro. Solo déjame terminar aquí.
—Gracias. ¿Te parece si llamo desde las escaleras? —dijo él una vez que ella le pasó el celular.
—Mira, tranquilo, habla desde donde quieras, no te preocupes. Sé lo que es necesitar un teléfono y querer algo de privacidad.
John la invitó a que lo acompañara. Lo que él realmente buscaba era alejarse de los pasillos. Marcó el número y alguien contestó al otro lado.
—Hola, soy John, estoy en Bahía Luz. Avanzamos con lo planeado, tiene que darse hoy mismo.
Algo más profundo se movía bajo la superficie del caso, una capa silenciosa que la policía aún no alcanzaba a advertir. Tal vez allí se escondían motivos capaces de llevar el crimen a un nivel más oscuro.