Aquello que reclama su nombre XXV
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L as enfermeras estaban en el pasillo, oyendo cualquier cantidad de gritos que salían de la sala de juntas médicas, los cuales aún eran inteligibles para el sargento y el doctor, quienes ya estaban cerca.

Entre risas nerviosas y un poco de pena o vergüenza ajena, el público disfrutaba de la escena que pronto llegaría a su clímax.

—Idiota, no es más que una sensacionalista diciendo mentiras adornadas para llamar la atención de la gente —vociferaba la ex.

—Fría, distante, amargada y malgeniada. No hay duda de por qué John se separó de usted —repuso Abril.

—Le faltó decir feroz… y no, no fue John, fui yo la que decidió separarse. Ya no me lo aguantaba.

—Yo creo que ni usted se aguanta; la imagino peleándose hasta con la sombra de la escoba en su apartamento…

—El apartamento ahora es mi apartamento —interrumpió la ex—, y yo hago en él y con él lo que me dé la gana. No es ningún delito.

—Claro, y con John también, ¿verdad?

—Lo mejor para John es estar muerto. Ya no voy a saber nada de él nunca más. —En los ojos de aquella mujer se traslucía rabia, dolor y ambición.

Abril recibió una mirada con la intención de un punto final en una crónica roja.

En la habitación reinó el silencio y la desaprobación del Novato, cosa que contrastaba con un gesto de satisfacción en el rostro de la reportera, una señal que le hizo entender a la exesposa que había dado un gran paso en falso.

La ex cambió su ira por frustración, al darse cuenta de que, en la entrada de la sala de juntas, estaban el sargento y el doctor.

Ellos abrieron la puerta justo para escuchar la última frase que selló, con un vacío sepulcral, el ambiente en la habitación.

Pasaron segundos como horas, incluso las partículas de polvo en el aire, reveladas por el sol que se colaba a través de la ventana, parecían estáticas, sostenidas en el espacio y el tiempo.

Nada se movía allí, exceptuando las miradas: las del sargento y el doctor pidiendo una explicación; la del Novato con marcado reproche; la de la exesposa frustrada; y la de Abril con un placer sagaz.

Se oyeron murmullos en el pasillo. Las enfermeras se dispersaron por el piso, incluyendo a la jefe, quien también las acompañaba.

—¡Vámonos! —dijo el sargento.

Nadie allí se movió, como si la orden del oficial no hubiera sido lo suficientemente clara.

»—¡Vámonos! —repitió él con más fuerza, tratando de disipar cualquier duda en la mente de los presentes.

De la manera en que se despierta de un mal sueño, la exesposa se levantó de su silla, clavando la mirada en la reportera, quien, para ese momento, sostenía una sonrisa de victoria que exacerbaba la impotencia e ira de la viuda.

—¿Nos acompaña, señorita Abril? —preguntó el Novato.

El propósito de esa invitación fue verter sal en la herida que había abierto la reportera, así que el uniformado también se ganó una mirada de alto voltaje por parte de la ex.

—No. Hasta aquí llego yo —contestó la reportera sin dejar su sonrisa ni apartar la mirada de la exesposa, tratando de disfrutar el momento—. Tengo lo que necesito. Muchas gracias a todos.

La ex le dio información como para cambiar el foco de la historia o, por lo menos, la que se vería en las noticias del Canal 7, cuya audiencia, atraída por su estilo para contar los hechos, era más bien un grupo de fans .

De ahí que el presidente del Concejo hubiese hecho todo lo posible para traerla: una estrategia que iba más enfocada a lo publicitario, ya que Bahía Luz se vendió por años como un remanso vacacional, pero ahora se mostraría en el mapa como el centro de un evento que tenía más sentido ubicar en la sección de crónica roja que en el apartado de turismo y recreación.

El tono sensacionalista que el presidente esperaba de la noticia era una carta audaz que esperaba jugar, una movida de marketing muy particular que lo mantenía en un alto grado de ansiedad, esperando a que la rueda de prensa comenzara en el gran salón del pueblo.

—Ahora nos vemos —dijo el sargento a la periodista.

Ella acompañó su sonrisa con una respiración profunda, para dejar atrás su modo de entrevista y entrar en el de redacción, aunque aún tenía algo que hacer antes de escribir la nota.

La exesposa, el doctor y el sargento caminaban por el pasillo ante las miradas imprudentes de las enfermeras y algunos pacientes que habían escuchado los gritos que salían de la sala de juntas.

Una especie de calle de honor se ofrecía en aquel tránsito al elevador.

Ella se sintió incómoda e hizo todo lo posible por mantener la vista fija en la espalda del doctor, quien guiaba el recorrido.

—Qué fastidio —exclamó la ex.

—Puedo entender que esto no sea fácil, intentaremos hacer lo mejor para usted —dijo el doctor.

—Pues eso espero. Por ahora, la policía solo quiere fastidiarme poniéndome al lado a una reportera.

El doctor y el sargento cruzaron miradas mientras las puertas del ascensor se abrían. Camino a la morgue, un clima frío abrazó a la mujer.

Al mismo tiempo, el Novato y Abril salían de la sala de juntas.

—Voy para el salón del Concejo —dijo ella—. El presidente está algo inquieto y quisiera hacerle a él unas preguntas.

—Lo siento, no la puedo llevar. Tengo que diligenciar unos papeles y esperar a mi sargento para saber qué va a pasar con la señora.

—Qué lástima. Pero tranquilo, uno de mis muchachos puede venir al hospital y llevarme. Voy a la recepción, yo conozco la salida.

—Okey, nos vemos más tarde. Igualmente, le recomiendo prudencia; usted es una profesional y lo menos que queremos son noticias falsas.

—Me sorprende la advertencia, aunque lo entiendo. No tiene de qué preocuparse.

Los dos se despidieron en el pasillo. El Novato tenía que legalizar un par de documentos, y Abril, libre en el hospital, aún debía cumplir una última tarea. Esperó hasta ver que los tres bajaban rumbo a la morgue por el ascensor y, sin los ojos del Novato encima, tomó el camino de las escaleras.

Total, la salida no era lo que ella buscaba.