XXIV
E n una sala de espera, el médico terminó de leer los resultados. No dijo mucho; su única opinión fue una respiración profunda acompañada de una reflexión: «No sé qué pudo haber pasado», pero le hizo saber a su amigo que era un alivio tener a la exesposa allí para identificar el cuerpo.
Nueva información llegó a las manos del sargento: la inmobiliaria, por orden de la dueña del apartamento, había retirado el aviso de venta.
Una señal para avanzar en las decisiones que debía tomar, pues aquello comprobaba su hipótesis sobre los verdaderos motivos que tenían a la exesposa en Bahía Luz.
—La señora Doherty debe estar ansiosa —señaló el sargento.
—Yo también, amigo. No sabría qué decirte. Desde lo médico tienes mi dictamen, ya lo sabes.
El sargento sonrió escuetamente ante la respuesta del doctor. Ahora tendría que ser él quien pusiera juntas las piezas del rompecabezas y, como si se tratara de un procedimiento médico, los movimientos tendrían que ser quirúrgicos.
Se sentó en un sillón de la sala de espera; pasó varias veces la mano por su rostro, tratando de quitar la neblina mental, que muchas veces entorpece las decisiones importantes.
Se tomó unos minutos, evaluando alternativas, revisando todo el panorama: la información en sus manos, la que llegó al teléfono, los resultados de los exámenes y todo lo que pudo reunir en las últimas horas.
Luego de repasarlo un par de veces más, miró al doctor y, sin decirle nada, su amigo entendió.
—Te sigo, entonces. Yo solo voy a apoyarte, amigo; ya me dirás qué hacer —expuso el médico.
El sargento se levantó del sillón, decidido a cerrar el tema. Un nuevo mensaje llegó al teléfono; esta vez, el Novato le advertía que el ambiente se había puesto denso en la sala de juntas médicas, así que lo apuraba a llegar.