XXIII
L as dos mujeres se sentaron en extremos opuestos de una mesa lo suficientemente larga como para disfrutar del silencio sin que llegase a ser incómodo. Abril aguardaba el mejor momento para continuar la entrevista y la ex no quería dárselo, en un juego del gato y el ratón.
Una enfermera llevó croissants , galletitas, agua, jugo y café, como entremés, mientras esperaban al doctor y al sargento. La reportera acomodaba sus notas y la exesposa aprovechaba para revisar su celular alegremente.
«Tal vez vio la publicación de su anuncio clasificado y está gestionando las ofertas o, lo más seguro, está hablando con su amante, ahora su nueva pareja, ya que John ha salido de la ecuación», pensó el Novato, que tenía sus ojos en las dos mujeres.
Lo cierto es que parecía una quinceañera, con sus dedos ágiles en la pantalla y la sonrisa, a veces desbocada, al tiempo que intercambiaba mensajes.
Abril no se pudo resistir a lanzarle un dardo.
—Los amores más profundos son los que más pronto se olvidan —dijo Abril—. ¿O qué cree usted, señora?
—¿Ahora quiere filosofar conmigo, Abril? Yo no quiero hablar.
—Parece que sí, pero no conmigo. La entiendo.
—Usted en lo suyo y yo en lo mío. ¿Le quedó claro?
—Señora, yo estoy en lo mío. Como le dije, he tenido amantes, he sido la amante, y creo que cuando se desgastan todos los argumentos se pasa la página más fácil que cuando solo se toca la superficie.
Por un lado, lo conociste a fondo y después te hartaste, como si el amor tuviera fecha de vencimiento; simplemente ya no era igual o estaba completamente podrido.
Y, por el otro lado, te quedas aferrada a lo que pudo haber sido, fantaseando con momentos, palabras y hasta sentimientos que nunca llegaron a nada, en una mera…
¿cómo se dice…? Ah, sí: idealización de la persona.
A veces eso pesa más. ¿Usted qué opina? ¿Cómo lo ve desde su propia experiencia?
Se hizo un silencio prolongado en la sala que el Novato se vio invitado a llenar.
—Lo siento, señora. Tal vez no quiera hablar con la reportera, pero hay algunas preguntas de rigor que, a nosotros, como representantes de la ley, sí nos debe contestar. No serán tan afiladas, pero tendrá que atenderlas.
Eso le hizo comprender a la exesposa que guardar silencio no iba a funcionar con la policía.
Algo debía contestar y comenzó a mostrarse ansiosa.
Los dedos se movieron con agilidad en el teléfono.
La expresión de alegría se le fue del rostro.
Supo que debía cubrir mejor sus huellas, así que, como ya era costumbre, se dio a la tarea de gestionar con habilidad un par de detalles, pensando en atar cabos sueltos.
Intuyó que su presencia no era solo para confirmar la identidad de John.
—El que calla, otorga. Siempre lo he dicho —cerró Abril.
Con su atención plena en la pantalla del móvil, la ex comenzó a fruncir el ceño y a reacomodarse en la silla.
Acababa de descubrir que la compañía inmobiliaria había publicado, por error, el anuncio de la venta, el cual debía haber salido tres meses después, cuando todo el asunto de la vivienda estuviese resuelto.
Contrario a lo que pensaba el sargento, la publicación le cayó a la mujer como un baldado de agua fría.
Entendió que estaba metida en un problema.
De inmediato pidió la baja del aviso y que se frenara toda negociación del apartamento.
Escribió también a su nueva pareja para que se asegurara de que todo registro fuera borrado; si alguien tenía la capacidad de hacerlo, era él.
Además, desde el hospital no podría más que enviar un par de mensajes y correos electrónicos.
Abril, con los ojos clavados en la ex, daba mordiscos a una galleta disfrutando el haber provocado aquella amargura. Al cruzar una mirada con el Novato, advirtió que no era la única en saborear el momento. El ambiente llegaba a un punto volátil en la sala de juntas médicas.