Aquello que reclama su nombre XX
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J ohn llevaba ya un buen tiempo en la ventana, observando el vaivén de la gente, siguiendo su movimiento como quien persigue las olas del mar con la mirada, anestesiando la consciencia.

Eso, precisamente eso, estaba haciendo John: cediendo ante la corriente de las circunstancias como un cuerpo que navega a la deriva mientras las aguas guían su destino.

A lo lejos, un auto llamó su atención. Se trataba de la patrulla que distinguió avanzando por la calle principal.

—Lindura, traigo tus nuevas medicinas. Vamos a quitarte el suero —dijo la enfermera jefe, que por un segundo logró atraer la mirada de John hacia ella.

Para cuando regresó la vista a la calle, no pudo ubicar la patrulla y entendió que era tiempo de guardar reposo.

—Gracias, jefe.

—¿Qué miras con tanta atención?

—El pueblo es bellísimo, ¿es así todo el año o habrá una mejor temporada para venir aquí?

—Pues qué te digo, cada época tiene lo suyo. A mí me gusta cuando llueve porque al final, cuando escampa, el cielo se llena de arcoíris. En la noche, si uno está en la casa, las gotas sobre los techos arrullan el sueño. Cada temporada trae su encanto, cariño.

—Sí, eso parece. —John hizo una pausa—. Todo acá tiene cierta onda que me resulta medicinal.

La enfermera sonrió, invitándolo a recostarse, con unas palmaditas sobre el colchón. Recordó además que pronto vendrían a examinarlo y que el doctor pidió guardar distancia.

—Vamos, querido. A la cama. Espero te recuperes pronto. Tu lesión es atípica, debes cuidarte mucho.

—No entiendo cómo pude golpearme. Sabes, siento más alivio estando de pie que acostado, aunque sé que ya es hora de descansar.

—Así es. Recuéstate un rato. Te caería bien, lindurita.

—Okey, trataré, pero antes necesito pedirte un favor.

—Depende del favor.

—Si bien estoy hospitalizado o detenido, nadie me ha regalado una llamada… esa a la que tengo derecho.

La enfermera lo miró, suspiró como liberando sus ideas.

¿Acaso qué habría de malo en que John hiciera una llamada?

Finalmente, sería la llamada a la que todo preso tiene derecho, aunque no estaba oficialmente detenido y el hospital no era ninguna cárcel.

De allí tampoco podría salir sin ser visto, a pesar de que los encargados de vigilarlo no estaban.

Los dos únicos policías del pueblo estaban ocupados en el caso sobre el que todos tenían puesta la atención.

—No puedo autorizar llamadas, corazón. Recuerda que eres sospechoso de un crimen. Cuando llegue el sargento puedes preguntarle a él.

—¿Y ya se comunicaron con mis familiares o con algún amigo? Hay gente que querrá saber de mí. Si no hago la llamada yo, puedes hacerla tú; te doy el número. Con un golpe tan grave, alguien conocido debería estar enterado. ¿No es el protocolo que se sigue en estos casos?

El argumento de John fue suficiente para convencer a la jefe, pues lo hizo con una singularidad que movilizó a la enfermera.

—A ver, pues, dame el número. Voy a decir que estás en Bahía Luz hospitalizado. Puedo dar también un breve reporte médico. ¿Eso es suficiente?

—Eso es perfecto. Muchas gracias. Eres un ángel.

—Oye, ¿y con quién voy a hablar?

—Solo di que hablas de mi parte y hazle saber que estoy bien. Ya te dirá esa persona con quién hablas.

—¡Uy, pero qué misterio! Okey, cariño, déjamelo a mí. Más bien descansa. En unas horas te traen de comer, a ver si vas recuperando energías.

La enfermera anotó el número en su teléfono. Salió de la habitación, dejando a John acostado en la cama, que se quedó mirando la puerta abierta. Ahora, sin las esposas, recuperaba una sensación de libertad.

Segundos después, cuando la enfermera estaba a punto de marcar, una auxiliar la interrumpió:

—Jefe, pedí a la cafetería lo que me dijo, pero solo hay croissants y jugo de mandarina. Disculpe, jefe… ¿será que me puede ayudar con el carrito de comidas mientras voy al baño?

—Claro que sí, lindura. Yo lo llevo de una vez, nos vemos en la sala de enfermeras.

Una reunión general de enfermería empezaba en pocos minutos y la jefe debía presidirla, cosa que había olvidado, pero que ahora ocupaba su cabeza por completo.

La llamada de John tuvo que esperar.