XIX
A l tiempo que los dos autos avanzaban por el camino del bosque hacia el pueblo, la entrevista continuaba.
—Y ¿puede decirme por qué se separaron?
—Se acabó el amor, eso fue lo que pasó.
«El amor es algo que se construye con el tiempo.
Lo que en realidad une a las personas es la atracción, ya sea física, intelectual, sexual o espiritual», pensó la reportera, pero la exesposa tenía otro motivo para separarse, el cual Abril estaba por encontrar, profundizando en su entrevista, que por el momento fluía como un buen juego de ping-pong , donde los adversarios están atentos, a sabiendas de que en cualquier instante el ritmo habrá de subir para definir un punto y ganar el juego.
—Qué bueno que habla del amor. Se amaron profundamente entonces, imagino que con mucha intensidad también.
—Sí, como todas las parejas. Usted sabe cómo es eso.
—Claro. Sin embargo, tal vez el amor se trasladó, no se acabó. Le digo esto porque también sé cómo es eso.
La exesposa hizo una pausa. El ritmo había cambiado.
—Solo se acabó y no hay nada más que decir.
—¿Y se acabó antes o después de comprar el apartamento donde vivían juntos? Por la dirección que tengo, está muy bien localizado.
Esta vez la pausa vino acompañada de puños apretados, cosa que Abril pudo notar desde el puesto trasero de la patrulla, ya que tenía un buen plano de la ex.
—Las cosas se dieron como se dieron. Uno no planea eso; antes o después todo pasó así: de repente, de un momento a otro, sin buscarlo, como la muerte de John, que, por cierto, nadie me ha explicado cómo fue.
Ahora era Abril quien hacía una pausa. Sabía que no hablaba del todo de John e intuía que seguramente un tercero fue la causa real del divorcio.
—Dígame, ¿tenía conocimiento de que John tuviera una amante?
—¿John? Por favor, yo era su centro… o no lo sé, pero él no, a menos que usted quiera contarme algo.
—Por lo que hasta ahora sé, no tenía a nadie. Aunque dígame, ¿su amante no habrá sido la causa del divorcio?
—Ya le dije que no tengo idea.
—Para aclararle, hablo de usted, señora, y de su amante, creo que eso ya lo viene intuyendo, ¿no?
—No vine acá para que me falten al respeto. No voy a contestar nada más, ni a usted ni a nadie.
—Como le digo, su silencio dice mucho y, si yo lo puedo deducir, imagínese lo que la investigación policial puede arrojar. Estoy tratando de ver su lado humano, que, como el de todos, flaquea con ciertos impulsos del corazón y no la juzgo. Soy mujer y sé de esas cosas. Entonces, ¿qué me dice?
—Nada, ya le dije que no voy a decirle nada más.
El sargento estaba entretenido. Se mantuvo atento a la novela, repasando el rostro de su copiloto y, de cuando en cuando, el espejo retrovisor, por donde miraba a Abril con cierta aprobación.
Por otro lado, sabía que no era buena idea presionar demasiado a la ex. Su visita a Bahía Luz no tenía otro motivo más que reconocer el cuerpo de John Doherty, pero si mientras tanto no gozaba de la mejor hospitalidad, ya no era tema de la policía.
En la camioneta, la charla iba por otro lado.
—¿Por qué está conduciendo tan despacio el sargento? —preguntó uno de los buzos.
—¡Jum!… Algo pasa en esa patrulla, porque el más interesado en salir de todo esto es el sargento —mencionó el capitán.
—Todos queremos pasar la página; sin embargo, ya no sé si dependa de esa mujer —comentó el Novato.
El auto se colmó de silencio y de muchas caras reflexivas que trataban de conjugar las palabras del Novato con los posibles resultados de los exámenes forenses de la capital, los cuales aún no conocía el grupo.
—Pensé que ella iba a reconocer el cadáver y nosotros por fin íbamos a almorzar como Dios manda —mencionó uno de los buzos.
—Ah, pero si su esposo es el vivo, ¿ahí qué pasa? Ella ya no tendría que ir a ver el cuerpo del otro, ¿o sí? —dijo su colega.
—Entonces, ¿qué hacemos? Llevarla a la ciudad va a estar complicado. Si seguimos así, vamos a llegar de noche al hospital —aclaró el navegante.
—Epa, pues, no creo que demore mucho el trámite. ¿Qué tal si nos adelantamos para llevarlo a usted antes? Así nosotros vamos a almorzar. Le podemos llevar comida luego —propuso el capitán al Novato.
—Sigamos a mi sargento hasta nueva orden. Ya luego, sin afanes, iremos todos a comer —cerró el Novato.
La conversación en la camioneta había develado otro tipo de preocupaciones en el Novato, que él prudentemente no confirmó ni negó, y que, de alguna forma, abrían la puerta a la incertidumbre sobre el avance del caso.