XVIII
F uera de la casa del capitán comenzaron algunos interrogatorios no programados.
—¿A quién le contaste? Se pasó la voz a los medios, así que dime a quién se lo dijiste —le preguntó el sargento al buzo más joven.
—El presidente del Concejo me insistió mucho y no pude negarme. Yo no pensé que fuera a decirle a todo el pueblo.
El sargento lo miró fijamente, al comienzo con ira y luego con resignación. Sabía que el presidente era muy persuasivo. Dejó de presionarlo y se dirigió al capitán.
—Gracias por la ayuda, capi. Aquí todos parecen tener demasiado interés en el caso y no culpo al muchacho. Yo sé cómo es esto. Guíalo bien, capi, aléjalo de las aguas negras.
—¡Zas! Así será, sargento.
El policía sabía que el Concejo era de cuidado y no le dio más largas a la situación, así que fue directo al tema principal.
—Usted debe ser la viuda. Bienvenida.
—Exesposa, estamos separados —respondió ella.
—Tiene razón, aunque de los papeles de divorcio no encontramos registro. Luego nos contará el porqué.
La mujer retrocedió un paso; su cara no podía ocultar cierto enojo. El sargento buscó al Novato, quien ahora estaba apoyado en la puerta de la casa, como quien no quiere salir al encuentro, pero esto solo significaba que necesitaba algo de privacidad. Esa era una invitación para hablar a solas.
—Les presento a Abril, periodista del Canal 7. Ella nos acompañará, con el fin de conocer detalles de la historia y dar la noticia. No hay otro medio ni miembro del Concejo autorizado. ¿Lo entienden? —cerró así, dejando claro que del asunto no se debían filtrar más detalles.
—¿Qué es esto? ¿Una encerrona con la periodista? —endilgó la exesposa—. No vine aquí para eso, vine a identificar a John y nada más. Ni siquiera hay aquí señal de celular. Muy conveniente para usted, ¿verdad?
—Si usted no quiere hablar —respondió Abril—, entonces haré lo de siempre, ¡investigar! Yo sola puedo encontrar el camino a la verdad, porque esa no se esconde, ¡señora!
Las chispas saltaron entre las dos y el sargento no pudo ocultar su sonrisa mientras se dirigía hacia el Novato, quien entró a la casa para asegurar privacidad.
—Entre cinco y diez minutos nos vamos. Atiendo un asunto con mi compañero y partimos. Capi, trae la camioneta.
El Novato lo esperó apenas unos metros después de la entrada principal, en un recibidor adornado con redes de pesca y caracolas. Allí se encontraron los policías para hablar.
—Bueno, cuéntamelo todo. ¿Qué te tiene así? —indagó el sargento.
—Los resultados salieron y, como lo veo, hay dos opciones.
—¿A qué te refieres con dos opciones? No estamos para conjeturas; por el contrario, los resultados deben ser contundentes.
—¡Entonces léelos tú mismo!
El Novato le pasó el sobre al sargento, quien no vaciló en leer los análisis. Lo hizo dos veces, para luego mirar a su compañero.
—¿Alguien más sabe de esto?
—El forense de la capital y, seguramente, a esta hora el director de Criminalística.
—No hay errores, ¿verdad?
—Es lo que quiero decir: el análisis es 100 % seguro. De hecho, fue también cotejado con las bases de datos de la capital. No hay errores ahí.
—Y dime, ¿qué sabes de la exesposa?
—La seguí y, como usted imaginaba, hizo varios movimientos extraños.
La noticia la tomó por sorpresa, creo yo, pero está muy a la defensiva y hay algo que no me da confianza.
—El Novato hizo una pausa breve—. Dijo que tenía poco tiempo para atendernos y, apenas nos fuimos, salió a cotizar el precio de venta del apartamento en una inmobiliaria; arregló todo para ponerlo en oferta con una condición: hacerlo directamente, sin usar los portales regulares.
Después fue al banco y estuvo tramitando la cancelación del crédito.
Claro, preguntó sobre la póliza de condonación de deuda en caso de muerte del titular.
Si John muere, el apartamento es de ella y, de darse afirmativamente la comprobación, deben pasar tres meses para que quede a su nombre.
—Caramba, qué maldad. Ni veinticuatro horas le ha dado.
—Así es, pero hay algo más.
—¿Ah, sí? ¿Lo lograste intervenir? Imagino que cobraste el favor.
—Sí… y tiene una pareja nueva. Antes de la separación ya estaban saliendo. Está confirmado.
—Algo me lo decía. A ver, cuéntame, ¿cómo fue el enredo?
El sargento hizo un gesto con su mano, interrumpiendo al Novato antes de que contestara, asegurándose de que no hubiese nadie cerca.
En ese instante, el motor del auto del capitán se oía cada vez más fuerte y retumbó estrepitosamente cerca de la entrada.
Se trataba de una camioneta clásica restaurada que sonaba más de lo que realmente andaba y en la cual se moverían los demás miembros del grupo de búsqueda hacia el pueblo.
—Habló con él varias veces por teléfono. Para conocer las transcripciones de las llamadas, vamos a necesitar una orden judicial.
—Bueno, favor es favor y con eso basta. ¿Acaso no tenía yo la razón?
—Sí y no. Tenía un amante, pero no es el otro John. Su nueva pareja es un policía retirado; estuvo vinculado al Departamento de Criminalística hasta hace unos meses. Hay algo ahí que no me gusta.
La bocina sonó con insistencia, obligándolos a concluir la charla. El sargento, con demasiadas cosas en la cabeza, prefirió ponerse en camino, mientras pensaba en que había muchos puntos conectados pero aún nada claro.
—Encárgate de los documentos y ve con el capitán. Yo llevo a las señoritas.
Los dos se dirigieron con premura a los autos. El sargento no se dio tiempo para explicaciones, así que solo ordenó:
—Ustedes dos conmigo. Las llevo en la patrulla.
Las dos mujeres se cruzaron miradas. Abril se sentó atrás y la exesposa, luego de un gesto del oficial que la apuraba a entrar, tomó el puesto del copiloto.
Adentro, notaron que la radio sonaba a un volumen muy bajo, pero se alcanzaba a oír algo sobre la prensa y la señorita Abril.
Era el presidente en el dial de la policía.
—Hola, hola. El equipo del Canal está esperando a la señorita Abril. ¿Será que me dan alguna info de ella? Los chicos están inquietos esperándola. Hola, hola. Cambio.
—Yo no quiero hablar con más periodistas. ¡No vine para esto!
—Tranquila, soy solo yo y mi equipo del Canal 7 —afirmó Abril—. Además, podemos ir hablando de camino… si es que le dan miedo las cámaras.
—No entiendo por qué tanto circo. Díganme, ¿cómo fue que murió John? Exijo saberlo. Estoy en mi derecho.
—Para eso vamos a la morgue —respondió el sargento—. Allá el médico les dirá a las dos absolutamente todo lo que quieran saber.
—¿Y es que acaso usted no sabe? —replicó la exesposa.
El oficial la miró y volvió los ojos al camino mientras arrancaba el motor de la patrulla, dejando claro que el comentario estaba fuera de lugar.
La estática de la radio era lo único que podía oírse cuando se puso en marcha el vehículo. El auto del capitán los siguió de cerca. Ya avanzados en el camino, pasando unos árboles que parecían haber estado allí desde milenios, la radio volvió a sonar con la voz del presidente.
—Hola, hola, sargento. ¿Sabe de Abril? Su equipo quiere contactarse con ella, no tienen noticias de su paradero. Cambio.
El oficial tomó la radio, enfadado, por un lado, debido a la manera en que la exesposa trataba la situación y, por el otro, a causa del concejal metiche.
—Presidente, imagino que supo que en el muelle no se pudo atracar. ¿Cierto? Cambio.
—Claro, claro. Cambio.
—Entonces sabe perfectamente que la señorita Abril está conmigo. Tranquilo, ella va a tener su entrevista. Nos vemos en un rato. Cambio.
—Excelente, excelente. ¿Y a dónde la llevó? ¿Vienen para acá? Me refiero a que, si vienen ya mismo hacia el pueblo, puedo avisar al equipo del Canal para que se aliste a recibirlos. Cambio.
Él se volvió a la exesposa, quien le regresó la mirada como diciéndole: ni se le ocurra llevarme allá, cosa que le dio una idea al sargento.
—Sí, genial, vamos para allá. Tendrá listo el salón como para una rueda de prensa, ¿verdad? Cambio.
—No, pero se puede organizar rápido. Dejamos las sillas fuera de la bodega porque hoy tenemos que reunirnos de nuevo para la siguiente declaración oficial. Cambio.
—Usted piensa en todo, señor presidente. Adelantamos algunos asuntos y nos vemos en veinte o treinta minutos, tal vez un poco más. Cambio y fuera.
La exesposa mostraba la frustración de ser trasladada al antojo policial.
—Mire, conozco mis derechos. Nadie, ni usted, me puede obligar a hablar con los noticieros, ni mucho menos llevarme a una rueda de prensa. Yo vine a identificar el cuerpo de John y nada más.
—Yo le explico: el sargento solo quiere aprovechar cada minuto —dijo la reportera—.
¿Por qué mejor no empezamos? Así yo voy conociendo datos importantes para armar la nota.
Ahora, si no soy yo, alguien más va a contar la historia y puede hacerse desde su óptica o dejar que otros inventen lo que quieran.
Así que ¿por qué no aprovechamos? —agregó Abril con un argumento sacado de la manga, solo para convencer a la exesposa.
—Tranquila, señora, le prometo que va a ver a John para identificarlo —aseguró el sargento.
Ella lo miró torciendo la boca, tragándose las palabras antes de decir cualquier cosa que la pusiera en aprietos o saboteara aún más su estancia en Bahía Luz.
—¿Qué quiere saber?
—Esa es la actitud —respondió Abril.
La reportera tomó su celular para grabar la entrevista. Notó que la señal estaba intentando regresar. Estuvo tentada a escribir a su equipo para que siguiera su ubicación, pero prefirió aprovechar el momento y lo poco que pudiera contarle la presunta viuda de Doherty.
Abril estaba al tanto de la separación y quería jugar con ello, llevar la entrevista hasta que se diera la oportunidad de profundizar en los motivos que llevaron a la muerte de John.
—Con mesura, Abril —advirtió el sargento—. No quiero que la viuda se moleste. Llevemos esto en paz y estaremos bien.
—Por favor, dejen de decirme viuda. ¿Cómo iniciamos esto?
La exesposa había abierto la puerta y Abril no se quedaría corta.
Comenzó de menos a más, con preguntas que podrían llamarse de rutina: cómo y cuándo se conocieron, cuánto tiempo duró la relación, qué recordaba de él, en qué trabajaba ella y a qué se dedicaba él.
Así fueron dándose las preguntas durante un tiempo y luego se fueron profundizando.
En el pueblo, el presidente estaba organizando las sillas del salón como si se tratara de un gran evento. El equipo del Canal ocupaba su lugar, montando la cámara y esperando la llegada de aquella comitiva, de la cual hacía parte Abril.
Algunos locales y turistas caminaban por las calles, unos retomando actividades recreativas y otros yendo hacia el Concejo con la idea de estar en primera fila para escuchar sobre aquel misterio que, para la hora de la rueda de prensa, se esperaba estuviera resuelto.