XVII
E n la habitación del hospital, John permanecía en silencio. Luego de las preguntas que el doctor le hizo estaba ensimismado, pero en el fondo sabía que nada tendría que temer si todo salía a la luz pronto.
Algo pasaba en el pueblo, algo que lo incluía a él; todo aquello no era casualidad. Existía una intencionalidad de la vida conspirando sobre el momento que lo llevó a estar tendido en el muelle, inconsciente, junto al cuerpo de otro hombre muerto.
Sin nada que lo atase a la cama, dio unos pasos hacia la ventana. A lo lejos vio un gran grupo de personas caminando desde el muelle. Las calles le parecían algo más tranquilas y supuso que no estarían así por mucho tiempo.
El sol, como era habitual, adornaba las arboledas en el encuentro de la tarde con las actividades del pueblo.
John se quedó mirando las formas cambiantes del cielo.
Bahía Luz tenía su nombre bien ganado. El paisaje venía cargado de magia; incluso desde el hospital, por un instante, solo colores tornasolados y figuras abstractas llenaron su mente.
Abrió la ventana para dejar entrar un poco de aire fresco y fue como si la brisa lo tocara, abrazándolo, invitándolo a tomar un respiro hondo.
—La ventana, señor Doherty, ¡ciérrela! Aquí tenemos aire acondicionado —interrumpió la enfermera del turno de día, con quien no se la llevaba.
Enseguida, ella cerró la ventana. En ese instante, John regresó de las nubes, llevando su vista por la calle, donde encontró un carrito de golf que cargaba en la parte de atrás un maletín con el inconfundible logo del Canal 7.
Supuso que vendrían a buscarlo, que de alguna forma todo se sabría.
Así que la versión de la historia sería importante, pero ¿quién la estaba contando en ese momento?
Desde el hospital no había mucho que hacer, además de esperar y agradecer aquel regalo de despedida que le daba el paisaje antes de ser trasladado.
El presidente del Concejo se organizaba la corbata en el baño del restaurante más popular de Bahía Luz.
Sabía que la prensa estaba cerca y era muy posible tener que dar una declaración; después de todo, su cargo lo convertía en la autoridad civil del pueblo.
Mientras retocaba su pelo con unas gotas del grifo, escuchó un grupo de voces en el comedor. Se alistó y salió a ver qué ocurría.
El lugar que hasta hacía minutos estaba vacío ahora recibía un gran número de personas: los mismos que habían ido al muelle con la intención de ver a la exesposa, cosa que hizo más ruido que el propio homicidio.
Esta marea de gente trajo también al camarógrafo y al productor de campo del Canal.
La alegría del concejal al verlos les dibujó a ellos una sonrisa nerviosa que los liberó de la preocupación por la pérdida de Abril.
Como era de esperarse, el ilustre presidente se les acercó.
—Hola, hola, bienvenidos. Soy el presidente del Concejo.
Imagino que vienen a cubrir «el caso de la misteriosa muerte en Bahía Luz»; la llamo así hasta poder entregar un parte oficial, claro está.
Imagino que Abril no tardará. Hablé con ella esta mañana para darle los detalles y, claro, la primicia al Canal 7.
Pero cuéntenme cómo va avanzando la cosa, en qué les puedo colaborar.
Los miembros del equipo del Canal estaban perfectamente enterados de que el presidente cruzó palabras largo tiempo con Abril, convenciéndola de venir para hacer la nota. Sin embargo, leyeron sus intenciones de protagonismo, y con la reportera estrella perdida, tenían que aprovechar.
—Abril se nos perdió y ni idea de en dónde está. El teléfono manda a buzón —dijo el camarógrafo.
—Ella estaba con el sargento —añadió el productor de campo—. ¿Tiene cómo contactarlo para saber qué pasó? Le agradecemos mucho su ayuda.
El presidente del Concejo vio su oportunidad y no la dejaría pasar, así que los invitó a seguirlo hasta el auto.
—Miren, voy a compartir un secreto con ustedes: tengo una radio con la frecuencia policial para emergencias. Obviamente esta es una, ¿no?
—Claro que sí. Por cierto, lindo traje, presidente —lo aduló el productor.
Esta era la razón por la cual la policía usaba más el teléfono que la misma radio dentro del pueblo. El presidente, que todo lo quería saber, se entrometía demasiado… y de qué forma. No era algo precisamente legal, pero en Bahía Luz la costumbre solía tener más fuerza que cualquier regla escrita.