XVI
E n el muelle, los curiosos comenzaban a dispersarse. Aunque no recibieron a la viuda, sabían que llegaría de una forma u otra al pueblo. Algunos se preguntaban si las flores que acompañaban a John al momento de su muerte serían para ella.
En un claro del bosque, el sargento y Abril se encontraron con una pomposa cabaña azul.
—¿Es allá? —preguntó Abril.
Él asintió con la cabeza. La cabaña, decorada con motivos náuticos muy al estilo costero de Bahía Luz, estaba construida en pleno bosque, acoplándose maravillosamente a la geografía.
Se estacionaron al frente, bajaron de la patrulla y, antes de que cerraran la puerta del auto, el capitán salió de la casa a recibirlos.
—Vaya. Sabía que lo ibas a entender. El Novato y la ex están a salvo.
—Gracias, capi, pensaste rápido. ¿Y ya sabemos quién abrió la boca?
—Bah, pues sí… pero no lo culpe, está empezando.
El capitán quería proteger a su muchacho, pero el sargento no estaba dispuesto a pasar semejante imprudencia por alto, menos cuando el asunto estaba resultando aún más turbio de lo esperado.