XV
E l sargento continuaba ojeando la libreta de John Doherty cuando una mujer se paró junto a la mesa sin pronunciar palabra, esperando a que el oficial levantara la mirada.
Él la notó, pero en ese momento estaba más enfocado en la lectura, bajo una especie de voyerismo literario que lo tenía atrapado.
Luego de unos segundos, al fin, la mujer habló:
Antes de reaccionar, leyó dos líneas más y pensó que alguien bien conectado y nada reservado había abierto la boca a una escala mayor, facilitando, además, la llegada de la periodista al pueblo.
—¿En qué la puedo ayudar? —respondió, invitándola a sentarse.
—Supimos que anoche la tan popular tranquilidad de Bahía Luz se vio empañada por un homicidio, y eso es noticia tanto aquí como en la ciudad. Un crimen así rompe las estadísticas, ¿no?
—Qué mal que para el noticiero una persona fallecida sea un número más. Imagino que es un tema de rating .
—Estoy aquí porque la noticia debe contarse. Habrá familiares y amigos que quieran saber de esa persona, la extrañarán, sobre todo si estaba a punto de regresar de sus vacaciones o verse con uno de ellos. No todos los periodistas buscan la verdad por morbo, sargento.
En ese momento, el oficial entendió que la periodista estaba queriendo confirmar todo lo que su fuente le dijo.
—¿Qué quiere de mí, señorita Abril?
—Digamos que tengo la historia que se cuenta en las calles, pero no la oficial, y necesito su ayuda para esclarecer el hecho. Este es un lugar muy tranquilo, la gente viene a desconectarse; así que es lógico que estemos interesados. Además, quisiera la primicia, no se lo voy a negar.
Antes de poder contestarle, se escuchó en la radio: «A quince minutos», mensaje que se repitió tres o cuatro veces más, cada vez con mayor claridad, advirtiendo al sargento sobre la llegada del grupo de búsqueda a Bahía Luz. Así que la conversación con la reportera debía cerrarse.
—¿Apoyo de la ciudad, sargento? —le dijo Abril con aire de curiosidad.
—Por ahora no voy a decirle mucho, pero va a tener la primicia.
Entendiendo que era imposible librarse de la reportera, le pidió que lo acompañara antes de dejarla husmear por su cuenta. Sabía que, como buena reportera, las preguntas no se harían esperar.
El sargento y Abril irían en la patrulla, en tanto que el equipo del Canal 7 que la acompañaba —un camarógrafo y un productor de campo— lo haría en un carrito de golf rentado.
—Entonces, el nombre del turista muerto es John, ¿verdad?
—Sí, así es —dijo resignado.
—¿Y el apellido? —preguntó en tono capcioso. Sabía que los nombres coincidían, el del vivo y el del muerto, así que no tuvo sentido esconder aquellos detalles.
—Doherty… John Doherty.
—Y el asesino también se llama John, ¿verdad?
—Presunto asesino —aclaró el sargento—. Y sí, pero eso ya lo sabía. Los dos tienen el mismo nombre y apellido: John Doherty.
—Particular, ¿verdad? Imagino que se le practicó una autopsia para saber la causa de la muerte. ¿Sabemos qué la ocasionó?
—Eso estará en el reporte forense.
—¿Y cuándo…?
—¿Qué es esto? —exclamó el sargento, malhumorado, con la mirada puesta en el muelle.
Vecinos y turistas curiosos estaban allí a la espera del grupo de búsqueda. Como era usual, alguien había hablado más de la cuenta.
—Parece que la primicia no será suya —le dijo a la reportera mientras estacionaba la patrulla, dejando campo para el carrito de golf, del cual salieron disparados hacia el muelle los dos miembros del equipo del Canal 7.
El bote estaba cerca del puerto. La multitud curiosa trataba de confirmar si una mujer los acompañaba. Enseguida, la tripulación notó que algo andaba mal y miraron al capitán, quien, luego de evaluar la situación, no dudó en dar la vuelta.
El sargento sonrió al ver que el capitán viraba la embarcación, como si le hubiese leído la mente. Así que, aún en la patrulla con la reportera, se puso nuevamente en marcha.
—¿A dónde vamos?
—Al encuentro con su primicia. Eso sí, por el momento no voy a permitir preguntas. Considero que usted es lo bastante profesional como para entender que todo tiene su momento, ¿no?
—Nunca he profundizado en una noticia quedándome callada, así que no le prometo nada.
Él esperó un tiempo prudente para contestar, en tanto se dirigía a toda marcha hacia un sendero boscoso. Cuando creyó haber avanzado lo suficiente por aquel camino destapado, frenó en seco y miró fijamente a la reportera, quien se sintió intimidada.
—Señorita, si no es así, puede bajarse. Imagino que sus dones de reportera le ayudarán a encontrar el camino de regreso. Como veo, creo que no hay ninguna primicia, excepto la que yo pueda darle. Entonces, como guste.
Por obvias razones, Abril accedió, más aún al darse cuenta de que el carrito de golf con su equipo no la seguía y que aquel camino entre el bosque le presentaría un reto a su calzado.
Sin embargo, no era una promesa hecha para cumplirse, cosa que el sargento sabía, pero debía dejarle en claro algunas reglas.
—Por supuesto, usted manda. Aun así, luego voy a necesitar detalles, espero que me colabore, sargento.
—Primero, lo primero.
Se encaminaron en un viaje que les daría mucho de qué hablar.