XIV
E l sargento recibió un mensaje de la ciudad: la exesposa ya estaba en el muelle.
Terminado el último bocado de su almuerzo, se levantó, dejó una propina en la mesa y comenzó a pasearse por los lugares que John Doherty visitó.
Los lugareños, acostumbrados a los turistas, no repararon mucho en él, excepto porque en su último día se le vio particularmente feliz, realizando algunas compras.
Luego de visitar unos cuantos almacenes, el sargento se sentó en un cafetín y, acompañado de la misma bebida que John tomaba mientras escribía, ojeó la libreta, encontrando cuentos e historias, meditaciones y poemas.
Se detuvo en unos fragmentos que llamaron su atención por el dolor que destilaban: versos de un amor traicionero, pero del cual seguía ilusionado.
Pasando las hojas, se detuvo en los últimos registros, donde las reflexiones se hacían más inquietantes, con frases que lo impactaron como: «Sabré la verdad, aunque me cueste la vida», «Es momento de saber si es él o soy yo», «Hoy es el día que lo define todo».
El sargento entendió que estaba por hacer algo, pero en el fondo esas palabras tenían significado solo para su autor.
Por ningún lado había señal de con quién se vería, del porqué de las compras u otro motivo aparente de su presencia en el muelle.
La cabaña estaba reservada por un tiempo más, así que, en medio de todo, tal vez fue algo impulsivo.
Un nuevo mensaje del Novato llegó: «Vamos a zarpar». El sargento continuó ojeando la libreta, haciendo tiempo.
En el bote estaban el grupo de búsqueda, el Novato y la exesposa, quien se presentó muy puntual luego de sus diligencias por toda la ciudad que, además de levantar sospechas, dejaron entrever una preparación meticulosa para su repentino viaje a Bahía Luz.
El sobre en las manos del Novato contenía los resultados de las muestras de sangre y otras pruebas del caso. Todo estaba allí reunido en un mismo bote: aquello que por fin aclararía la identidad del verdadero John y la causa de su muerte.
El agua estaba agitada. La marea se mostraba especialmente turbulenta, con olas que mecían el bote más de lo habitual; el avance debía ser cuidadoso.
El capitán preguntó al Novato si las cosas estaban ya más claras, a lo que él respondió con una mirada fija y silencio. Eso significaba que no era el lugar para este tipo de preguntas.
Ella se veía preocupada. A ratos fijaba sus ojos en el agua y otras veces en el cielo, lejos de la tripulación. Parecía, en ocasiones, estar gesticulando conversaciones internas; su incomodidad era difícil de ocultar. El capitán la abordó para romper el hielo:
—Señora, ¿quiere agua o una soda?
—No, nada, estoy bien.
—Si cambia de opinión, me avisa.
—¿Cuánto nos vamos a demorar?
—Como está el mar… ¡Uf! A ver: una hora y tanto.
—Bien, pensé que sería más.
—Hay bastante oleaje, pero conocemos el mar, llegaremos a tiempo.
—¿A tiempo para qué?
—Wow. Lo digo más por la duración del viaje, no por nada en especial.
—Gracias por aclararlo.
—¡Ah! Déjeme preguntarle algo: ¿hace cuánto conocía a John?
—Creo que le dijeron que evitara hacerme preguntas del caso.
—Jum… Tiene razón, disculpe.
El capitán se alejó y se limitó a su oficio, haciéndose al mando del bote, relevando a su navegante.
El Novato, intranquilo por la información que tenía en sus manos, se mantuvo distante, no solo con la exesposa, sino también con la tripulación, sobre todo con el capitán, a quien percibía extrañamente ansioso.
Por otro lado, aunque las palabras del capitán no tuvieron eco en la ex ni en el policía, sabía que todo saldría a la luz en algunas horas; así que, como buen marinero, esperaría el tiempo necesario para tirar de la línea y ver qué verdad salía a flote.