XIII
P ara el momento en que John era examinado en la sala de imágenes diagnósticas, los restaurantes estaban sirviendo el almuerzo.
Despachaban especialidades de la casa y platos típicos; una gastronomía variada y exquisita que se sumaba a la lista de atractivos turísticos del lugar, que nada tenía que envidiarle a otros destinos paradisíacos o más famosos.
Las cocinas resonaban: ollas burbujeando, sartenes chocando, cuchillos azotados contra carnes y verduras.
Las campanillas de las órdenes salientes repicaban en un concierto sublimemente caótico, al que se unían instrumentos desde el comedor: tenedores, platos sobre las mesas, copas brindando y comensales satisfechos sorbiendo y chasqueando.
Todo mientras la máquina escaneaba la columna de John, quien se mantenía tranquilo a pesar de una ligera sensación de claustrofobia, alimentada por los sonidos electrónicos que, luego de unos minutos muy largos, cesaron.
Una plancha de acero llevó a John fuera de la máquina.
Su mente vacilaba con la incertidumbre de su traslado a una celda o tal vez de regreso a la cama, justo cuando una campana repicaba con fuerza, en un particular tintineo que advertía a los comensales del restaurante sobre una propina generosa.
—Amigo, tienes necrosis en tres vértebras, pero no hay compresión de la médula ni fractura. No necesitas cirugía; debemos esperar a que baje la inflamación y el hematoma se reabsorba.
John puso atención y entendió que solo dependía del tiempo para que las heridas sanaran. Dejaría que su cuerpo y su mente trabajaran en ello.
»—Por el momento tienes que descansar unas horas más y esperar que el cuerpo se reacomode. Vas a necesitar analgésicos y reposo. Es un tema de paciencia —sentenció el doctor.
John se incorporó de la plancha con la ayuda de la asistente de enfermería, quien, además, sujetaba una silla de ruedas para que él se sentara.
—Entiendo… bueno, tal vez no era momento de partir.
—Lo que yo quisiera saber es cómo te golpeaste. ¿Te empujaron? ¿Te golpearon con algo?
—Doc, no tengo nada claro. Sé que resbalé en el muelle y hasta ahí recuerdo.
—Sabes que alguien murió en ese muelle, ¿verdad? Y sabes muy bien quién, ¿cierto?
El doctor pareció recuperar el brío nocturno y John la ansiedad. El miedo se hizo presente. Ya lo habían acusado de lo mismo; sentía que, a ojos de todos, era un asesino, y los vacíos sobre aquella noche lo llenaban de incertidumbre.
Trató de recordar los hechos, pero no hubo nada nuevo. Solo cuando tuvo al doctor enfrente, acusándolo con la mirada, contestó:
—No. No he sido yo quien mató a ese hombre.
—Nadie más estaba allí… ¿o sí?
—Tal vez el difunto tenga más respuestas que yo.
—¡Conoces al difunto! ¿Lo conoces de verdad?
—Ahora ni me reconozco a mí mismo, doc.
—No fue lo que pregunté.
John respiró profundo. Hacía mucho que no era el mismo y se preguntó si realmente habría sido capaz de asesinar a otra persona, si algún ataque de ira borró por un momento su cordura.
Las imágenes de aquella noche se le presentaban como un rompecabezas que aún no encajaba, viéndose a sí mismo con un fuerte sentimiento de repudio que no entendía de dónde venía.
Se llevó la mano al cuello, como si eso le ayudara a concentrarse en el armado de las piezas. Sin duda, tuvo una riña en el muelle con alguien que le causó las heridas. Recordó ver su mano deteniendo una silueta oscura, y unas flores cayendo sobre las maderas; luego recibió un golpe.
Entonces, si hubo algún motivo para asesinarlo, «¿habrá sido suficiente para decir que el otro bien se lo merecía?», pensó John, regresando su atención a las palabras del doctor.
—Creo que con el silencio me has dicho todo, John, o como te llames. Y la verdad, espero que seas mucho más inteligente con la policía. Acá terminamos. Si esto no evoluciona, vamos a trasladarte a la ciudad para que te traten.
La asistente lo condujo a la puerta de la sala de exploración. John permanecía en silencio, pero de vuelta en sí.
—De verdad que eres un caradura, John —dijo el doctor.
—Todo a su tiempo, doc, todo a su tiempo.
—Tiempo es lo que no tienes, y la verdad será la única que salga a la luz: o te castiga o te libera, pero el tiempo corre.
Las palabras del doctor cayeron como una sentencia que John no pudo desestimar, más aún cuando su propia memoria era sombría y lo arrastraba por laberintos que se volvían cada vez más difíciles de sortear.