XII
E l turno de la mañana hacía su última ronda atendiendo a los pocos pacientes de Bahía Luz: algunos con contracturas, heridas con puntos que debían ser revisadas y la rutina normal del día a día en el hospital.
La habitación de John Doherty estaba bien custodiada por la jefe de enfermeras, la misma que había recibido el primer aviso sobre los dos hombres en el muelle.
De cuando en cuando, se asomaba a la puerta para ponerle el ojo al paciente.
Lo encontraba en un estado de tranquilidad que no encajaba con el semblante de un asesino.
Se quejaba del dolor y de no poder sentarse con comodidad.
Si bien se le indicó bajar la medicación, la jefe, quien no había cruzado mayores palabras con John, decidió visitarlo y aliviar el dolor con un poco más de dosis.
Sus intenciones, sin embargo, no eran meramente altruistas.
—Hola, querido, ¿cómo va ese dolor? Mejor, espero.
—Viene en aumento, pero estoy tranquilo.
—Es normal, tal vez sientas más dolor en estos días, cariño, pero, como todo, ya pasará. Voy a revisarte por si tienes inflamación. Déjame ver tu espalda.
—Siento una especie de cojín, como si la piel tuviera una segunda capa. Imagino que eso también es normal, ¿verdad?
La enfermera notó que el hematoma estaba mucho más grande; no era, desde su punto de vista, un simple golpe. Aplicó la medicación, pidiéndole a John que descansara, y de inmediato envió un mensaje al doctor para que lo examinara con mayor detenimiento.
En ese momento, el sargento llegó a la habitación. El clima se puso tenso, pero la enfermera lo saludó con entusiasmo y le habló antes de que él dijera algo.
—Querido sargento, buenos días. Antes de moverlo deberías hablar con el doctor, te lo digo por experiencia.
El sargento tomó aire y se hizo al extremo de la cama. Puso los ojos en John y permitió que el silencio llenara la habitación.
—Señoritos, los dejo para que arreglen sus asuntos —dijo la enfermera jefe mientras salía apresurada.
Los dos se miraron. Algo estaba a punto de estallar en esa habitación y John solo esperaba que se encendiera la chispa, que, si algo tenía que suceder, pasara de inmediato.
Así que el sargento disparó:
—Nos vamos. Ve a cambiarte y recoge tus cosas. Una celda te espera en la estación.
—Creo que la enfermera dijo que debe hablar con el doctor y, si mal no estoy, quien da de alta es él, no la policía.
El oficial le quitó las esposas.
—Hablé con él y todo parece estar bien contigo. La enfermera es una enfermera. El doc no ve motivos para que sigas acá. Nos vamos.
John accedió a regañadientes. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse. Cuando se quitó el camisón, el policía pudo ver que su espalda estaba ennegrecida.
—Hola, amigos. John, ¿ya te vas? —dijo el doctor al entrar de repente en la habitación.
El galeno llegó con un ánimo que contrastaba con la acidez de la noche anterior. Escoltándolo, llegó la enfermera jefe.
—Sí, eso parece, doc.
—Déjame ver una cosa.
Examinó a John, que permaneció inmóvil mientras el doctor observaba la lesión. El silencio volvió a instalarse, con otro peso.
»—Antes vamos a tener que hacer un examen. Si confirma lo que estoy pensando, habrá que hacer una descompresión.
—Pensé que todo estaba bien. ¿O no, señor policía?
—Amigo, es mejor salir de dudas —anotó el médico—. Voy a tener que hacer una resonancia y ahí sabremos si te vas a cirugía o de vuelta a la cama.
John se recostó. El sargento se quedó con las esposas en la mano. Antes de salir de la habitación, miró al médico fijamente.
—Doc, ahora es tu responsabilidad —repuso molesto el sargento, sin poderlo disimular.
Ciertamente debían realizar exámenes más precisos. Eso ya no podía esperar. Bajo la piel de John había algo que su memoria no conseguía alcanzar.