Aquello que reclama su nombre XI
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XI

E l sargento terminaba el desayuno convencido de que la suplantación de identidad era el detonante de la muerte; pero, aun así, la escena tenía vacíos por llenar.

El doctor tampoco comprendía bien la causa del deceso: parecía una muerte súbita, como si solo hubiese dejado de vivir, cayendo en los retablos del puerto con el frío abrazo de la muerte, sin más ni menos razones.

El día apenas comenzaba y ya eran varias las tareas por cumplir.

Los dos se levantaron de la mesa. El galeno examinaría a John vivo para darle de alta si lo encontraba bien y dejarlo listo para ser trasladado a una celda.

El sargento, por su parte, tenía pendiente encontrarse con el presidente del Concejo para allanar la cabaña del risco donde se hospedó el John muerto.

Afuera del restaurante, el sol brillaba. El sargento y el presidente se encontraron justo en la acera.

—¡Hola, hola! Imagino que vamos a la cabaña y luego de ahí al muelle —dijo el concejal con una sonrisa y una gran disposición a colaborar, que al sargento se le hizo anormal.

Le molestaba, pero debía permitirle rondar los asuntos policiacos, ya que en el pueblo las leyes eran más bien un tipo de acuerdos comunes supervisados por el Concejo, y la Policía era el organismo encargado de hacerlas cumplir.

Sin embargo, un crimen como este lo había cambiado todo y el sargento estaba muy a la cabeza de la investigación.

—Tal cual: cabaña, primero; muelle después. Además, me gustaría que trajera unas bolsas herméticas y un rotulador. Las venden en su tienda de pesca. Espero no le moleste.

—Ah, claro, claro que sí, pasamos de camino. Estoy a la orden, lo que necesiten de mi tienda para el caso, me dicen.

Luego de la diligencia en la tienda de pesca del presidente, fueron a la cabaña del risco.

Entraron usando una llave que el dueño, como era usual, confiaba al Concejo para temas de aseo general cuando se iban los huéspedes o por si se necesitaba realizar algún tipo de arreglo locativo.

No había nada fuera de lo común. En la chimenea de la sala comedor quedaban restos de ceniza dejando entrever que fue usada en el curso de la semana.

En el área de la cocina —de concepto abierto—, tan solo vieron un plato y una taza de café en el secadero.

La alcoba principal estaba organizada: la cama tendida, la ropa ordenada en la cómoda y el clóset.

En este último encontraron una maleta vacía.

En general, los enseres lucían dispuestos tal y como se veían en las fotos de alquiler.

La cabaña se reservó por tres semanas con pago anticipado y esta era la segunda.

—¿A dónde habría querido ir John? ¿Iría al muelle a recibir a alguien o a marcharse? —se preguntaba el sargento. Todo estaba en su lugar, como esperando a un nuevo inquilino.

—¡Bingo! —dijo el concejal.

Sobre el escritorio del estudio, el cual tenía vista a la ensenada, hallaron una libreta que parecía ser un diario. Y allí algo podrían encontrar.

—¡Genial, presidente!

Tomaron fotos y pusieron el diario en la bolsa con un rotulador.

Buscaron por un buen rato más, de manera minuciosa, en cada cajón del escritorio, en el sofá de la sala y en las repisas de la cocina.

No hubo nada adicional. El diario sería lo único que podría dar alguna luz sobre por qué y a quién llevaba flores John; si partía o esperaba.

La mañana avanzaba a toda prisa. Terminada la revisión de la cabaña, fueron al muelle, para examinar los dos botes, ambos a nombre de John Doherty.

El bote del occiso fue revisado la noche anterior; aun así, lo inspeccionaron nuevamente, con la única novedad de que tenía el tanque con suficiente diésel para llegar a la capital.

El bote del vivo les dio una grata sorpresa: bajo uno de los compartimentos hallaron un bolso.

A primera vista, y como quedó registrado, encontraron algo de ropa para unos cuantos días, elementos de aseo personal y artículos de natación.

Nada raro, aunque ya era bastante particular que hubiese dos botes a nombre de John Doherty.

—Sargento, por acá no hay nada más que ver. Me voy para la tienda. A esta hora llega mucha clientela —dijo el presidente.

—Sí, eso parece. Le agradezco que me lleve al hospital.

El presidente asintió con la cabeza, tratando de acelerar el paso, evitando levantar sospechas, pues su motivo para retirarse era otro muy diferente al de ponerse al frente de su tienda.

Tenía una llamada pendiente. Hacía mucho que el número de turistas había disminuido en Bahía Luz y no perdería la oportunidad para sacarle provecho al incidente en el muelle, con la idea de ponerla de nuevo en el radar de los viajeros.

En la ciudad, luego de hacer diferentes diligencias, la exesposa de John detuvo su auto cerca del andén, tomó su celular e inició una conversación que no podía esperar más.

—¡Encontraron a John!

—¿Confirmado?

—Sí, ¡confirmado!

—Caramba, te lo dijo la Policía, ¿verdad? ¿O ya salió en las noticias?

—La policía. Vinieron temprano, tengo que ir a Bahía Luz para reconocer el cuerpo. Qué difícil es esto, no pensé que fuese yo quien tuviera que hacerlo. Tiene más familia, ¡sabes!

—Linda, tranquila, las cosas son así.

—La policía… la policía está investigando.

—¿Y qué van a encontrar? Que lo dejaste y que ahora tu apartamento es solo tuyo. No hay nada que temer, linda.

—No sé, todo esto me tiene en shock . Creo que debo adelantar aquello que estuvimos hablando.

—Hazlo tal cual quedamos. Recuerda, a la policía no le digas más de lo necesario. Ve, identificas el cuerpo y regresas. No tienes nada que temer. Yo sé muy bien de qué te hablo.

—Te dejo, escríbeme. Te amo.

El móvil que habían encontrado comenzaba a tomar mayor relevancia.

Mientras la ex corría en su auto para ordenar asuntos en la capital antes de viajar, el grupo de búsqueda y el Novato le seguían el paso de cerca, registrando cada uno de sus movimientos, los cuales levantaron profundas sospechas.

Solo cuando la mujer regresó a su apartamento se abrieron camino nuevamente a la Estación Central de Policía.

Allí hicieron tiempo esperando la hora para regresar a Bahía Luz.

Aprovecharon la hospitalidad del lugar y descansaron a gusto.

El Novato fue llamado a la oficina de evidencias para la entrega y custodia de los resultados, así que, con un «Ahora vuelvo», dejó al grupo y se dirigió al despacho para encontrarse con algo que le cambiaría el día.