Aquello que reclama su nombre IX
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IX

J ohn disfrutaba su desayuno en el hospital luego del chequeo de rutina correspondiente. Le tomaron los signos vitales y todo parecía normal. Las inflamaciones habían bajado, pero aún tenía dolor y los hematomas se estaban mostrando con mayor intensidad.

Enfermeras y pacientes llegaban a la puerta de la habitación solo para verle la cara a quien logró armar todo el alboroto en el pueblo.

Claro, no todos los días tenían la oportunidad de conocer a un presunto asesino.

John desayunaba tranquilo, esperando sanar y luego seguir con sus planes, pero las especulaciones rondaban los pasillos y, como agujas, se mostraban amenazantes.

—Parece que en la tarde lo trasladan —precisó la enfermera.

—Pero me estoy sintiendo algo mejor. Pensé que ya no iba a ser necesario el traslado a un hospital en la capital.

—Porque va mejorando es que lo trasladan a la Estación de Policía, a una celda.

Nada más cizañero que las palabras de la enfermera de turno para acompañar el desayuno, que, entre otras cosas, a John se le hizo exquisito.

Sin embargo, al ensartar un trozo de fruta, se le llenó la cabeza de ideas que comenzaron a encerrarlo en una prisión difusa, alejándolo de aquella paz que consiguió durante el sueño.

Algunos fragmentos del pasado regresaron, reviviendo la ansiedad de un encierro que sufrió tiempo atrás.

Esta vez se trataba de ofensas, desprecios y manipulaciones; en ellos se veía a sí mismo recibiendo golpes invisibles que le causaban sensaciones lacerantes, y que aguantaba firme, aunque desbordado por dentro, haciendo del silencio su refugio.

Recordó tragarse la rabia, alimentarse de ella a diario, como si su cuerpo digiriera el veneno o, tal vez, inconscientemente, queriendo morir desde adentro, convirtiéndose poco a poco en un sarcófago andante hasta caer muerto, bajo el techo abovedado de su antiguo reclusorio, al cual dirigía la mirada esquivando así las balas disparadas desde una boca mordaz, pidiéndole al cielo que se acordara de él o que alguien, de una forma certera, diera una estocada final a su sufrimiento.

En su memoria, las paredes de la cárcel se estrechaban cada vez más.

Se vio a sí mismo en ese pasado: vencido, purgando la penitencia de un castigo injusto.

Pero el John de Bahía Luz ya era un hombre distinto, alguien que jamás se permitiría volver al encierro.

Una vez que logró disipar la rabia profunda que le provocaban esos fantasmas, condenó aquella escena dantesca en el olvido.

Volvió al presente y le dio otra mordida a la fruta fresca.

Las palabras de la enfermera eran solo un juego para doblegarlo, una patraña más; por eso, prefirió concentrarse en terminar su comida.

En el restaurante, sentado frente al doctor, el sargento sostenía un vaso con jugo de naranja mientras su celular reproducía videos en los que aparecía John corriendo por el pueblo, entrando a un par de comercios, visitando tiendas de souvenirs y participando en actividades de turismo.

Las cámaras registraron también la compra de flores y una caja de bombones, hasta que entró por la calle que llevaba al muelle.

Al otro John lo vio subir a un bote en el puerto de la ciudad.

El tiempo de navegación lo situaba al caer la tarde.

Efectivamente, coincidieron en el embarcadero del pueblo, pero no había cámaras allí.

—Por el lado médico no puedo decirte más —dijo el doctor.

—Por el lado policial, solo conjeturas —anotó el sargento.

Una llamada entrante interrumpió la revisión de los videos.

El grupo estaba en la recepción del lujoso edificio donde vivían los Doherty, a punto de anunciarse y el Novato solicitaba indicaciones.

La llamada fue breve. La única encomienda fue salir con un motivo claro sobre el crimen y la razón por la cual John estaba en Bahía Luz, bien se tratara del vivo o del muerto.