Aquello que reclama su nombre VIII
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VIII

B astaban solo unas horas para que en la Estación Central de Policía se supiera cuál de los dos personajes era en realidad John Doherty.

Luego de entregar las muestras y evidencias en el laboratorio forense, el Novato alcanzó al grupo de búsqueda en la sala de descanso.

El capitán y los muchachos ahorraban energías para el agitado día que les esperaba. El policía los puso en movimiento hacia el segundo objetivo.

—¿Y ahora para dónde vamos? —preguntó el capitán.

—Vamos por la vieja, ¿cierto? —agregó uno de los buzos.

—Sí. Vamos por la vieja —afirmó el Novato.

—¡Ey! Traigan el auto —dijo el capitán a su equipo.

—¿Cuál auto? Habrá que ver si nos prestan una patrulla —refutó el Novato.

—No, no, no, rentamos un auto para movernos mejor, sin presiones. Ya todo está arreglado.

El Novato se sorprendió gratamente y salieron todos en busca de «la vieja».

De camino, envió un mensaje por WhatsApp a su sargento, indicándole que todo se había entregado; le envió un par de datos sobre los botes en los cuales se transportaron los sujetos, videos del muelle de la capital e información sobre la casa resaltada en el mapa encontrado en el canguro.

El Novato había contactado al propietario.

La casa señalada estaba cerca del malecón y se ofrecía en alquiler o venta a través de un agente inmobiliario.

El dueño no había tratado personalmente con los interesados ni podía identificarlos; solo sabía que el agente había facilitado una llave para mostrar la propiedad.

Quedó en consultar los registros y comunicar cualquier novedad.

También le comunicaba a su superior que se ponían en marcha para atar cabos.

La mañana avanzaba tranquila, con la alegría de los pescadores en el puerto y las chimeneas humeantes. La vida comenzaba de nuevo para darle al mundo una gran bocanada de aire fresco, envolviéndolo en un aura de calma.

El desayuno llegaba caliente a las mesas. El doctor y el sargento compartieron en el restaurante del pueblo, intercambiando hipótesis hasta concluir que no hubo otro motivo más que un meticuloso robo de identidad. Sin embargo, el sargento no entendía cómo tanto esfuerzo pudo salir así de mal.

Con los últimos bocados de unos huevos revueltos, acordaron que, una vez sanadas las heridas de John vivo, se le llevaría a una celda para evitar discusiones como las del día anterior.

Poco después de recibir la información del Novato, el sargento recibió otro mensaje, esta vez del Centro de Monitoreo Local: videos de seguridad del pueblo y uno que otro dato adicional, compartido también con el presidente, quien movía sus fichas de forma paralela.

Mientras unos buscaban pruebas, otros empezaban a decidir qué verdad convenía encontrar.