VII
Una brisa huracanada llamó la atención del grupo. Esta sacudía las hojas formando un torbellino sobre la tierra firme, cerca de la plataforma del muelle, y lo que trajo, además de hojarasca, fue al Novato, que caminaba apresurado con una nevera portátil y un pequeño maletín terciado.
—¡Juas! ¿No le prestaron la patrulla? Me hubiera dicho para recogerlo.
—Ni una palabra más, capi.
El capitán y los demás entendieron el mensaje, riendo para sus adentros, tratando de no molestar más al Novato, que se veía sudoroso y notablemente afanado. Parecía que toda la diligencia la estuvo haciendo a pie y desde muy temprano.
No tardaron en zarpar. El joven policía, mientras se refrescaba con la brisa, repasaba para sí las tareas a cumplir en la capital: la primera parada sería la Estación Central de Policía, donde dejaría todo el material probatorio: los objetos personales del occiso, el contenido del canguro, las huellas y las muestras que viajaban refrigeradas.
Además, debía verificar el dato de los botes que usaron los dos sujetos, levantando la mayor información posible sobre John Doherty.
La segunda parada sería el domicilio de los Doherty donde hablaría con la esposa de John, quien, para ese momento, era la pieza clave en un misterio que ya tenía bastantes aristas.
—¿Hace cuánto es policía? ¡Ja! No creo que se vean muchos robos de identidad. —El capitán intentaba hacer algo de conversación para romper el hielo y acompañar el golpeteo de las olas.
—Hace un año. Estoy terminando mi periodo de Novato. Y no, que yo sepa, no muchos; tal vez fraudes, pero como este no recuerdo ninguno ahora mismo.
—Mala suerte para el muerto y para el vivo.
¡Jum! Uno llevándole flores y bombones a su enamorada…
¡pum!, lo matan; y el otro, el asesino, al matarlo se cae y no puede escapar.
Hubiera salido perfecto, pero la madre naturaleza lo cobra todo.
Los citadinos no usan zapatos de goma ni botas, por eso se resbalan en el muelle y eso les daña las vacaciones.
Lo he visto, lo he visto pasar muchísimo.
El capitán dio su propia versión de los hechos, sumando a la escena del crimen un poco de mala suerte.
Hasta ese momento, la necropsia no ayudaba a esclarecer la causa del deceso; se esperaba que el examen toxicológico revelara una causa externa, algo invisible a los ojos del médico o, tal vez, más retorcido.
Aun así, al Novato le pareció demasiado audaz aquella interpretación.
—Es un buen punto de vista. Habrá que cruzarlo con las pruebas, capi.
—¡Zas! Cuando quiera, para eso vinimos, para asistirlo en todo lo que necesite, así que a la orden.
Seguramente ese fue el cierre colectivo, pero algo no tenía tranquilo al Novato.
El capitán fue el primero en llegar a la escena del crimen y los tiempos no cuadraban: entre el momento en que dice haber llegado al muelle, la hora de la muerte y cuando dio aviso a las autoridades, había una diferencia sustancial.
El rompecabezas se volvía cada vez más complejo y, antes de emitir una declaración oficial, habría que contrastar cada versión —incluida la del capitán— con los registros del hospital y los informes forenses aún pendientes.
Luego de algo más de una hora, los edificios de la capital comenzaron a asomar en el horizonte. Las luces de una noche que se negaba a dejar las calles aún estaban encendidas, al margen de una alborada que las nubes de tormenta se esforzaban por contener.
El capitán hizo resonar los motores y luego, con un silbido que pareció escucharse hasta en el lecho marino, terminó despertando a la tripulación, que de inmediato alistó todo para atracar.
Mientras se tendían amarras y el Novato ponía sus pies en tierra firme, un rayo de luz por fin rompió las nubes, disipando los rumores de lluvia.
Un espectáculo visual que maravilló al grupo, robándoles su atención por un instante: un premio de la naturaleza a las labores realizadas durante la noche anterior y al trabajo que se les venía por delante.
Una patrulla los esperaba a pocos metros del andén por donde los pasajeros y la tripulación desembarcaban de los navíos.
El policía de la capital solo esperaba al Novato y no sabía que traía compañía.
Aun así, todos fueron bienvenidos en la patrulla para ser llevados a la estación, aunque significaba que alguno viajaría sentado en las piernas de otro.
En los minutos que duró el recorrido, el grupo de búsqueda tuvo que reacomodarse varias veces en la parte posterior, cosa que hicieron sin mayores quejas.
Era, por supuesto, una gran aventura para ellos.
—Entonces… ¡homicidios en Bahía Luz! Caramba, ya no hay lugar a salvo del crimen, ni siquiera uno como ese —anotó el policía capitalino, rompiendo el silencio que se había extendido por un buen tiempo en la patrulla.
—Sí, pues a eso vengo, a cotejar pruebas. Ya sabremos qué pasó.
—Yo solo sé que es un tema urgente y, para que le hayan puesto escolta, tiene que ser importante.
—Tiene prioridad, por ello la compañía. Allá hay otro tipo de reglas.
—Claro, se sabe que en ese lugar la ley no lleva placa. La paciencia debe ser el doble —lo dijo mientras giraba al interior de un gran edificio antiguo pero restaurado, al cual entró con la mano en alto, saludando a un guarda en la puerta.
»—Pues aquí estamos: la Estación Central de la Policía. Los dejo por el nivel de acceso para que suban directo al piso tres. Allá hay unas salas de espera para su escolta.
—Gracias por el aventón.
—Yo voy a entregar la patrulla. Si necesitan algo, vayan a Dotaciones, usted ya conoce el camino.
—Lo conozco perfectamente.
Los hombres, entusiasmados, subieron al corazón de la estación soltando cualquier tipo de habladurías.
—Mandó a matar a su esposo por la plata.
—Sí, se quiere quedar con todo.
—Parece una cosa bien planeada, ¿no?
—¿Y si es un homónimo?
Los comentarios del grupo de búsqueda siguieron en los pasillos de la Estación.
El Novato les pidió aguardar en una pequeña sala donde podrían tomar café o comer chucherías de las máquinas de snacks .
El capitán no tardó en hacerse a una bebida caliente y a un paquete de frituras, invitando lo mismo a los muchachos.
En el pueblo, delgados haces de luz se filtraban entre los árboles, mientras los pájaros revoloteaban alegres con el sol de una nueva mañana.
Las cocinas despedían el aroma de café recién hecho y los fogones calentaban las sartenes con tostadas, huevos y tocino; los pueblerinos, al igual que los turistas, también disfrutaban de sándwiches, frutas y diferentes tipos de queso.
Un día más estaba comenzando como si nada hubiera pasado.
El hospital amanecía con la novedad de un cuerpo en el hielo de la morgue y un presunto asesino esposado a la cama de su habitación.
John parecía sumergido en una serenidad absoluta.
Despertó temprano y clavó sus ojos en el techo, pensando en qué le darían de desayuno.
Una calma solo interrumpida por el cambio de turno que llegaba con la enfermera de la mañana:
—Así que de aquí va para la cárcel, ¿verdad? —inquirió el nuevo turno.
—No lo sé. Nosotras solo le estamos tratando el golpe —respondió la enfermera de la noche, que hacía entrega del paciente.
—Señorita, usted, la nueva… Si ya le quedaron claras sus funciones, ¿podría decirme en qué momento sirven el desayuno? Tengo hambre y solo me han dado agua —dijo John, con un dejo de ironía y molestia.
El súbito apetito de John ocultaba su necesidad de conocer los hechos que lo mantenían hospitalizado o, más bien, detenido. Lejos de allí, las pruebas comenzaban a moverse en silencio, abriendo un camino que revelaría nuevas sombras en la investigación.