VI
Por otro lado, los documentos encontrados sugerían un astuto robo de identidad, uno que había salido mal, caso del que la justicia ordinaria debería encargarse; por ende, la aprobación del Concejo ya no sería necesaria. O eso se pensaba.
El Concejo, por su lado, designó al capitán y su equipo para escoltarlo a la capital con la primera luz del día. Por esa noche todo quedó dicho en el Concejo y los presentes se irían a descansar, esperando las próximas noticias del grupo de búsqueda.
El Novato acompañó a su sargento camino a la patrulla, percatándose de no tener a nadie del pueblo alrededor y, antes de que su superior entrara al auto, le mostró una información en la pantalla del teléfono.
—Tremendo… ¿eso es cierto?
Una mujer, la esposa de John Doherty, acababa de ser identificada.
Algo debía saber sobre cualquiera de los dos hombres, al menos indicar cuál de ellos era su esposo.
Además del análisis de las pruebas y las muestras que debían entregarse en la ciudad, hablar con la mujer sería un punto clave, y con esa tarea adicional quedó el Novato.
Las luces de la sala del Concejo se apagaron. La secretaria cerró las puertas con llave. El pueblo quedó nuevamente detenido, escoltado por la luna llena y los faroles encendidos en las calles, como una maqueta alegórica al misterio de una muerte que nadie lograba entender.