Aquello que reclama su nombre IV
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IV

E l médico, ya sin su bata, regresó a la habitación de John, con un bocado de sándwich en la mano, que terminó de un mordisco.

Enseguida sacó el celular de su bolsillo.

El indiciado no podía descansar a pesar de los sedantes.

Estaba sentado en la cama, mirando a través de la ventana hacia el muelle, preguntándose: «¿Qué tanto habré olvidado?

¿Realmente valdrá la pena recordar?». Con la excusa de tener una segunda opinión, el doctor le pidió retirarse el camisón para fotografiar las lesiones.

—Acá son bastante cositeros con los pacientes, ¿no? —dijo John.

—¿Le parece? Aprovecho que está más lúcido para decirle que usted es sospechoso de homicidio. Apenas esté mejor se lo lleva a una habitación con rejas, así que dese por bien servido.

—¿Que yo qué? No me venga con patrañas, doc. —John se molestó.

En ese momento, la enfermera de turno llegó con un suero intravenoso.

Mientras el médico terminaba la sesión de fotos, ella se mantuvo organizando todo lo necesario para el recambio.

John aprovechó para hacer algo de memoria: unas flores, las amarras de un bote, el golpe del agua en el muelle, la silueta de un hombre y hasta su bota en las maderas.

Pequeños fragmentos sin sentido llegaban a su mente, pero tuvo la sensación de haberse involucrado en algo terrible.

—Culpable o no, eso lo define la justicia, pero el pueblo —o, mejor dicho, el Concejo— tiene la última palabra, como ha sido siempre en estas tierras.

—Eso no tiene nada de justo.

—Oh, sí, amiguito, sí lo tiene. Esa es la ley acá. Lo cierto es que hay un hombre muerto y usted tiene mucho que ver con eso.

—Como eso no lo decidimos usted ni yo, no me trate como culpable. Tome las fotos que quiera y váyase.

Las esposas, las punzadas en su espalda y el registro fotográfico de sus heridas lo irritaron. A pesar de los sedantes, se mostraba inquieto. Algo secuestraba su tranquilidad con un dolor que no se curaba con analgésicos.

—Alguien que es culpable jamás diría que es culpable —profirió el médico.

—Ya le dije, no quiero más patrañas.

—Dicho está. Todos son iguales.

—Todas también, doc. Todas son iguales.

Cerró la frase mirando directamente a los ojos de la enfermera, quien se sonrojó y le devolvió una sonrisa. El doctor notó que John la intimidaba y ella respondía con cierto gusto, algo que el médico entendió a su manera como un ligero coqueteo.

—En eso estoy de acuerdo. Todas son iguales —deploró el médico—. La noche va a ser larga, John. No voy a aumentar la dosis a ver si amanece más lúcido; pero, si algo va a mantenerlo despierto, ojalá sea su conciencia… y lo revuelta que la tiene… por el golpe, claro está.

Hubo una última mirada entre la enfermera y John antes de que se apagaran las luces y se cerrara el chequeo nocturno.

John no dijo palabra alguna y mantuvo su vista en la ventana, observando un horizonte lejano, iluminado por las luces de la ciudad, donde la vida nocturna avanzaba.

El presunto asesino no tardó en acostarse.

Recuperaba la calma, sin otra preocupación que la de sanar sus heridas y el dolor que le hacía un nudo en sus recuerdos.

Se durmió a los pocos minutos. La enfermera había aumentado la dosis para ayudarle a conciliar el sueño.