III
L os dedos de un buzo se esforzaban por alcanzar una figura amorfa enredada entre las algas del lecho marino.
Aquellas plantas atrapaban el objeto como ventosas de un pulpo.
Por un segundo dudó que valiera la pena el esfuerzo, y el miedo de quedarse atascado lo llevó a pensarlo mejor, aunque sabía que no podía irse con las manos vacías.
Entonces sacó su puñal y se hizo al objeto de un tajo.
Las oscuras aguas del muelle se animaron con las luces serpenteantes que, desde las tablas, se comenzaban a ver cada vez más cercanas. Las esferas burbujeantes hacían creer que un monstruo marino estaba a punto de emerger.
Allí, frente al atracadero, una mano salía del agua sosteniendo un pequeño canguro como si fuese un símbolo de victoria.
Los demás miembros del grupo —el capitán y el navegante, que estaban sobre el muelle— asistieron a los dos buzos que habían barrido el lecho marino para reincorporarlos completamente a la superficie y tomar el botín.
No tardaron en ojear dentro del pequeño bolso, encontrando una billetera, un teléfono móvil, otros documentos y llaves. Con estos objetos en mano, se alistaron para volver al Concejo.
A esa misma hora, el sargento cruzaba la salida del hospital rumbo a la patrulla.
Llamó desde su celular al Novato, un policía que llevaba apenas unos meses en Bahía Luz y algunos más desde su graduación en la academia, pero que resultaba útil siempre que se le requería.
Mientras el teléfono timbraba, repasó los datos de los dos sujetos y toda la información recogida hasta el momento.
Las muestras serían la única forma de comprobar quién era y quién no John Doherty.
El Novato contestó casi al último repique.
—Sargento, buenas noches.
—Te necesito en el salón del Concejo ahora mismo.
—Claro que sí, salgo para allá.
—¿Alguna noticia desde la estación de la policía en la capital o del dueño de la cabaña del risco?
—Nada de la capital. Eso sí, el dueño de la cabaña confirmó que se pagaron tres semanas y esta era la segunda. No hay nada más, señor.
Terminada la llamada, subió a la patrulla. Antes de encender el motor, llamó al doctor para hacerle otro pedido. A pesar de que ya venía hastiado de todo lo que tuviera que ver con el caso, este aceptó sin más reproches.
Puso el vehículo en marcha, mientras su cabeza iba más adelante, preguntándose por qué dos John Doherty habían coincidido en el muelle: uno vivo y otro muerto, en una escena donde uno parecía llegar y el otro nunca pudo salir de Bahía Luz.
En la camioneta que llevaba al grupo de vuelta al Concejo, se sentía la ansiedad por ojear el canguro y revisar a profundidad lo que guardaba, algo que todos pensaban hacer, pero ninguno sugería explícitamente.
Entonces, la curiosidad pudo más que la prudencia; se miraron y todos, en complicidad, se pasaron las cosas como repartiéndose un botín.
El capitán, quien estaba al volante, lanzó una advertencia:
—Okey, chicos, ¡que nada se pierda!
—Listo, capi, pero ya sabemos de quién son los papeles —dijo el navegante.
—Ni una palabra en el Concejo, dejen que sea una sorpresa. Estarán usando guantes, ¿cierto?
En efecto, no lo hacían. Tan pronto el capitán terminó la frase, todos devolvieron las cosas al canguro y lo colocaron junto a él para que fuera el mismo capitán quien lo entregara. La curiosidad les pasaría la cuenta.