Aquello que reclama su nombre
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II
L as palabras de aquel último vecino, a las que nadie prestó mucha atención, movilizaron al sargento rumbo al hospital.
Por el camino se preguntaba por qué el John vivo no traía objetos personales consigo: ni celular ni documentos de identidad o equipaje.
Pensó que el registro de los botes provenientes de la capital podría dar indicios sobre cómo estos dos hombres coincidieron en el muelle y sus verdaderos nombres.
Aprovechó el trayecto para llamar desde su celular al capitán, un experto marinero que estaba al mando del muelle y tenía algunos botes destinados a actividades de turismo, buceo y pesca.
Como exmilitar retirado de la naval, aún respetaba la cadena de mando y se entendía bien con el sargento desde su llegada a Bahía Luz.
Sin embargo, con los años se había vuelto más eficaz que eficiente: sabía resolver, aunque a veces el orden y la discreción quedaban en segundo plano.
Le pidió usar a los buzos para examinar bajo el atracadero, buscando cualquier cosa que hubiera caído al agua, resultado del encuentro entre los dos sujetos; algo que diera luces sobre la identidad del hombre en el hospital o del presunto homicidio.
Por otro lado, le solicitó un informe de los botes que salieron y entraron al puerto ese día.
—¡Ajá! De una vez hablo con mis muchachos. Tranquilo que sé bien a qué vamos. Sobre lo otro tengo que revisar los registros, pero usted sabe que acá no es como en la capital. Le informo si hay algo.
Colgada la llamada, el capitán llevó a un rincón del auditorio a su equipo de tres hombres —un navegante y dos buzos— y antes de darles las indicaciones, volvió la mirada hacia el salón.
Regresar al muelle no parecía entusiasmarlo mucho, pero disimuló la incomodidad pidiéndole a su gente iniciar cuanto antes la encomienda.
Mientras tanto, el presidente finalizaba sus palabras elogiando su propia gestión y repasando algunos indicadores que no venían al caso.
Enseguida, invitó a los miembros del Concejo y colaboradores de la comunidad a quedarse para apoyar una investigación en paralelo a la realizada por la jefatura policial.
Antes de que terminara de hablar, el designado grupo de búsqueda ya había salido del lugar.
El sargento llegó al hospital y luego de revisar una vez más la foto del John vivo en su teléfono, tomó el ascensor, sin siquiera saludar a los vigilantes o al personal de enfermería, quienes se quedaron viéndolo pasar de largo.
En la cabina del elevador volvió a mirar la imagen, buscando en aquel rostro algo que se le había perdido.
Un bip sonó y las puertas se abrieron en el subsuelo, dejando al médico y al policía frente a frente, cosa que sorprendió a ambos.
—Amigo, estaba por llamarte —precisó el médico—. No hay nada: ni un golpe contundente ni hemorragia o alguna herida fatal. Tomé muestras para un examen toxicológico y otros más precisos, que deben enviarse a la capital para salir de dudas. Sigo sin entender de qué murió.
—Acompáñame, hay que hacer algo antes —le dijo el sargento saliendo del ascensor.
—¡A ver! Llevo horas en esto. Yo hasta aquí llego. Por hoy no hay nada que buscar; es más, iba saliendo —refutó el galeno, señalando con sus manos el ascensor.
—¡Acompáñame! —insistió el sargento, tirándolo del brazo.
El médico, con cara de pocos amigos, lo siguió. Se perdieron por el pasillo y cruzaron una puerta en cuya parte superior se leía: Morgue. Se acercaron a la unidad refrigerada y el médico tiró de una bandeja extrayendo un cuerpo que quedó bajo una luz blanca.
—Ahora, ¿qué es lo que quieres con este? —preguntó impaciente el doctor.
El sargento miró el rostro del muerto y luego la foto del hombre hospitalizado.
—Aféitalo y luego dime tú qué ves.
—¿Qué diferencia habría? ¿Acaso crees que hay un disparo debajo de la barba? —ironizó el galeno.
Tras la insistencia, el médico buscó a regañadientes lo necesario para afeitarle el rostro. El sargento esperó en silencio mientras el vello caía. Poco a poco comenzó a aparecer otro rostro y, cuando quedó lampiño por completo, le mostró en su teléfono la foto de John vivo.
—Demasiado parecidos, podrían ser gemelos, ¿no? —dijo el sargento.
El sargento suspiró, exhalando el aire como si hubiese soltado una carga que llevaba arrastrando desde el auditorio.
—Podrían, sí, aunque los gemelos no tienen el mismo número de identificación, ¿o sí? —añadió el médico—. Ah, ¡y tampoco las mismas huellas dactilares! —lo dijo con ironía, alistando todo para tomar las impresiones.
Durante las improntas, el sargento permaneció sereno, aunque se sintió retado.
»—Estoy cansado, amigo. Hoy fue un día largo en el hospital. De verdad quiero irme; no veo por qué tanta cosa. Mañana podríamos retomar, más frescos.
Terminó de realizar las improntas y las entregó como quien quiere deshacerse de un asunto estorboso.
Los dos se dirigieron a la salida; sin embargo, el oficial se adelantó al ascensor.
Las puertas se abrieron y las mantuvo así, dejando que la luz de la cabina iluminara el pasillo. El doctor lo alcanzó en la entrada.
—Gracias por la ayuda, pero este asunto aún no se ha cerrado —le dijo al médico, que ya tenía el peso de la jornada en la mirada.
—Imagino que ahora quieres ir a verlo. Tú no das puntada sin dedal. ¡Vamos más bien! Ya debe estar más lúcido.
El galeno presionó el botón del piso y comenzaron a subir rumbo a la habitación de John.
—¿Ya le dijeron por qué está detenido aquí en el hospital? —indagó el sargento.
—No sabe ni qué le pasó. Pero tú tranquilo, no puede irse a ningún lado sin que alguien le ponga un ojo encima; es Bahía Luz.
—¿Por lo menos le han dado alguna explicación del problema en el que está metido?
—Yo lo recibí, lo examiné, lo mantuve sedado debido a la contusión, llené el informe, tomé las fotos… De verdad, no es mi tarea hacer eso. ¡Dile tú!
El sargento torció la boca; se empezaba a molestar con su amigo y, antes de responderle, las puertas de la cabina se abrieron. Entraron a la habitación. El médico saludó al paciente llamándolo John y comenzó a examinarle el cuello y la espalda. Mientras tanto, el sargento inició el interrogatorio.
—¿Puede confirmar que estos son sus datos?
Le mostró una libreta con su nombre, edad y dirección de residencia, el número de identificación y de seguro médico escritos a mano con letra imprenta.
John los leyó lentamente, trayéndolos a su memoria y, con ellos, imágenes difusas del muelle: podía ver una silueta humana y luego la luna como un foco que se desvanecía progresivamente hasta dejar la noche totalmente oscura.
—Sí, son mis datos. ¿Necesita algo más?
—¿Tiene familiares cercanos?
Las únicas preguntas en las cuales John podía realmente enfocarse eran las que su conciencia le hacía: «¿Cómo carajos llegué a un hospital? ¿Cuál es la razón de este dolor paralizante? ¿Y por qué me está preguntando estas cosas?».
—Un hermano mayor y una hermana; primos en otros países —respondió John algo ensimismado.
En ese momento le llegó un recuerdo: el de estar mirándose fijamente a los ojos en un espejo en el que vagamente se reconocía; y a pesar de tenerse enfrente, sentía en su reflejo la mirada de un extraño.
—¿Y en su familia todos son muy parecidos o más bien no? —dijo el médico de manera desdeñosa—. Ah, por cierto, él es nuestro sargento de policía; viene a confirmar los datos que me dio antes. Es así de grosero con todos, tranquilo.
El cansancio ya le pasaba factura al doctor; estaba muy incómodo y quería desquitarse con el sargento por tenerlo allí, acabado su turno.
John no prestó demasiada atención a sus palabras; sentía el cuerpo pesado y su pulso extrañamente acelerado por un instinto de huida, que poco a poco se estaba despertando; una reacción contenida solo por el malestar de sus heridas y la desorientación causada por los medicamentos.
—¿Qué puede decirme de su familia, John? —continuó el sargento.
—Con mi hermano nos parecemos bastante. Pero ¿qué tienen que ver ellos?
El sargento no se esforzó en responder y la pregunta quedó en el aire. Otra cosa llamaba su atención: notó que el médico tardaba más de lo habitual en su chequeo. Rodeó a John para tener la misma vista y supo que algo intrigaba al galeno.
—¿Eso es normal, doc? —preguntó el sargento luego de un silencio largo en la habitación.
—Pues el golpe fue duro, debe guardar reposo. Por andar en otras cosas no he visto el resultado de los exámenes preliminares. Mañana me pongo al día con todo.
John estaba ido, escarbando en sus recuerdos más tempranos, buscando respuestas que aún no aparecían. El médico no le permitió seguir indagando.
—¿Siente dolor si toco aquí?
John pareció dar un salto en la cama, acompañado de un quejido.
»—Creo que se va a tener que quedar un rato más por acá. Le voy a subir la sedación —dijo moviendo el émbolo para aumentar el medicamento.
El sargento torció los ojos; no estaba de acuerdo, aunque una buena parte de la espalda de John tenía un color púrpura. Enseguida, invitó al médico a hablar afuera de la habitación. Algo pasaba.
—Necesito las huellas de este tipo, además de muestras de sangre o lo que se necesite para un examen de ADN.
—Eso le va a salir carísimo a la policía, pero tú mandas.
—Doc, esa plata no sale de tu bolsillo ni del mío, así que tranquilo. Además, él pudo haber asesinado al otro tipo o saber quién lo hizo, o qué fue lo que realmente pasó y, sedado, va a ser difícil interrogarlo. Prefiero algo más práctico.
—Lo que digas entonces.
El médico ya no quería saber nada del caso. Estaba al límite.
—Ahora, mientras la puerta esté cerrada y el personal entienda que esa habitación es una celda, no voy a tener de qué preocuparme, ¿o sí? —El sargento estaba molesto.
—Soy médico, no carcelero.
Dicho esto, el sargento volvió a la habitación, miró a John, se acercó y lo aseguró a la cama con unas esposas. El detenido no pudo siquiera reaccionar o entender lo que sucedía. Al médico le cayó mal la medida.
—Tiene varias cosas por explicar. Nos vemos cuando pase el efecto de los medicamentos, o antes, si algo extraordinario ocurre. Por ahora, vamos a tomar unas muestras más; espero que colabore.
Su instinto de huida se disparó, acelerándole el corazón, y justo cuando la ansiedad estaba por invadirlo, el cuerpo, ya pesado, comenzó a hundirse en la cama: los medicamentos estaban actuando.
—¿Qué? ¿Por qué las esposas? ¿Estoy en problemas?
—El doc le explica. Lo necesito despierto, más de lo que está.
John tiró de las esposas, pretendiendo zafarse, pero ni la cabeza ni la fuerza le daban.
Antes de que la sedación lo nublara por completo, el doctor explicó lo necesario sobre la toma de las muestras, las cuales viajarían a la capital con los informes parciales del hospital y las evidencias recolectadas. Mientras la sedación lo vencía, algo en su memoria comenzaba a despertar.