Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XX
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Capítulo XX

​Apenas había amanecido cuando la noticia comenzó a correr por Calaceite.

​Primero fueron los pocos que habían visto llegar a la familia al cuartelillo.

Después, algún vecino que se había asomado a la puerta al escuchar el movimiento de la Guardia Civil.

Y, poco a poco, la historia fue pasando de una casa a otra, de boca en boca, creciendo con cada nueva persona que la contaba.

​En pocas horas, todo el pueblo sabía que algo grave había ocurrido en aquella vieja casa.

Nadie conocía los detalles. Unos hablaban de ruidos.

Otros, de golpes y puertas que se abrían solas.

Algunos aseguraban que los guardias civiles habían tenido que salir de allí porque no podían controlar lo que estaba sucediendo.

​La noticia llegó también a oídos de Silvino.

​Al enterarse, no lo pensó dos veces. Se dirigió al cuartelillo en cuanto pudo y allí encontró a algunos de los guardias que habían estado aquella noche en la casa.

​—¿Está aquí Esteban Antequera? —preguntó nada más llegar.

​Uno de ellos lo miró seriamente.

​—¿Es usted pariente de la familia?

​—Paisanos. Somos del mismo pueblo. ¿Puedo verlo?

​—Pase usted.

​Silvino entró en la casa cuartel y uno de los guardias le condujo hasta una habitación donde se habían colocado unos camastros.

En un rincón había una pequeña chimenea donde crepitaban algunos leños.

Los niños dormían; Rita y Conrada estaban sentadas junto a la lumbre.

Esteban estaba de pie apoyado en la chimenea.

Nada más ver a Silvino acudió a la puerta. Los dos amigos se abrazaron.

​—¡Por Dios bendito, Esteban! ¿Pero qué ha pasado?

​—El diablo, Silvino, que no sé qué otra cosa pueda ser.

​Esteban detalló lo acontecido a su amigo. Los ruidos, las cadenas, la angustia de Alfonsa, la soga, los golpes de Conrada, las tenazas golpeándole. Y finalmente el episodio de aquella noche: las puertas cerrándose, el lamento, los golpes y el forcejeo con los guardias civiles.

​—¿Que les quitaron las armas a los guardias? ¿Y no había nadie?

​—¡Sí, el mismísimo Satanás, Silvino! Que no era hombre o mujer o criatura de este mundo, te digo. Que yo mismo vi cómo les arrancaban el naranjero de las manos y lo tiraban al suelo.

​Silvino escuchó en silencio hasta que terminó de oír el relato. Se quedó unos instantes sin decir palabra.

​—Tengo que ir a la finca —dijo finalmente.

​—¿Para qué?

​—Para hablar con el amo. Tenéis que seguir trabajando. Y a esa casa no podéis volver. Hablaré con él, que conoce bien el pueblo y seguro que tendrá alguna solución.

​Poco después, Silvino salió del pueblo y tomó el camino de la finca. Cuando llegó, todavía era temprano. El día comenzaba a clarear y en los campos se respiraba ese frío húmedo de las primeras horas de la mañana.

​Encontró al propietario y le contó lo ocurrido.

​Al principio, el hombre lo escuchó con incredulidad.

​—¿Pero qué dices que ha pasado?

​Silvino volvió a explicárselo. Le habló de la Guardia Civil, de los ruidos que llevaba días sufriendo la familia y, finalmente, de lo ocurrido aquella noche.

​—¿Y dices que a los guardias les han quitado las armas?

​—Eso dicen ellos.

​El propietario permaneció pensativo.

​Conocía a Esteban. También conocía a su familia y sabía que habían venido para trabajar durante la temporada de la aceituna. No podía dejarlos en la calle precisamente cuando comenzaban aquellos días de trabajo.

​—¿Y dónde están ahora?

​—En el cuartelillo.

​El hombre miró hacia los olivares. Permaneció unos segundos en silencio, pensando qué podía hacer.

​Finalmente habló:

​—No pueden quedarse allí.

​Silvino lo miró.

​—Eso mismo estaba pensando.

​—Hay una casita cerca de los olivos, donde se alojaron unos refugiados de Belchite cuando la guerra.

​Silvino levantó la cabeza.

​—¿La que está junto al camino?

​—Esa misma. No es gran cosa, pero está vacía y tiene tres habitaciones si contamos la sala. Pueden vivir allí mientras dure la temporada.

​Silvino respiró aliviado.

​—¿De verdad les dejaría la casa?

​—Claro. Bastante tienen ya con lo que les ha pasado.

​El hombre hizo una pausa.

​—Diles que se vayan allí. Al menos tendrán un techo mientras trabajan.

​Silvino asintió.

​—Se lo diré.

​Y por primera vez desde que había conocido lo ocurrido aquella noche, sintió que al menos una cosa comenzaba a ponerse en su sitio.

​Estaba amaneciendo y Calaceite se inundaba de una luz rojiza. Ante la Abadía, residencia del párroco, muy próxima a la iglesia de San Roque, se detuvo un automóvil oscuro.

​El conductor bajó del coche. La puerta de la Abadía se encontraba aproximadamente un metro por encima del nivel de la calle. Salvaba el desnivel una escalera con siete peldaños de piedra algo desgastados, señal del trasiego de visitas que recibía aquella casa.

El alcalde mandó un chófer para recoger a don Vicente.

​El chófer subió los escalones. Se situó ante el portalón de madera que se erguía bajo un perfecto arco de medio punto de piedra arenisca. Dio varios golpes con la aldaba.

​Una vieja ama abrió e invitó a pasar al chófer.

​ Entró y a los pocos minutos salió acompañado por el sacerdote. Ambos subieron al coche y partieron.

​Don Vicente, acomodado en el asiento posterior del robusto automóvil, llevaba un rosario entre las manos y un misal. Se había guardado concienzudamente, bajo la sotana, un pequeño estuche metálico con un frasco lleno de agua bendita.

​El cura iba recitando la letanía del Rosario, pero interrumpió su rezo un momento.

​—¿Sabes adónde vamos, hijo? —preguntó con voz pausada, firme y segura, a la vez que humilde.

​­—No, padre. El señor alcalde me ha dado esta mañana la carta que le he entregado y me ha dicho que me pusiera a sus órdenes.

​—Bien, toma pues el camino de Maella; yo te indicaré dónde detenernos.

​—Sí, don Vicente, lo que usted mande.

​El sacerdote se acomodó de nuevo y volvió a su rezo, convertido ya en una monótona cantinela, mientras pasaba las cuentas del rosario.

​En el cuartelillo se notaba ya cierta actividad.

​La noche había quedado atrás, pero nadie parecía haber descansado demasiado. Los guardias iban y venían por el interior del edificio mientras preparaban las cosas necesarias para acompañar al sargento hasta la casa.

​La familia, arropada todavía con las mantas que les habían proporcionado, esperaba en silencio.

​Esteban apenas había hablado desde que Silvino se marchara. De vez en cuando miraba hacia sus hijos. Paquito seguía dormido, acurrucado junto a su hermana. Alfonsa, en cambio, permanecía despierta, sentada cerca de su madre, con la mirada perdida.

​Rita le pasó una mano por el cabello.

​—¿Te encuentras mejor, hija?

​Alfonsa asintió sin responder.

​Conrada terminó de recoger los pocos enseres que habían llevado consigo y los dejó preparados junto a la puerta.

​Al poco rato, el sargento apareció en la habitación.

​—Ya es hora. Vamos a la casa.

​Esteban se incorporó.

​—¿Vamos nosotros también?

​—Sí. El alcalde quiere que estemos todos allí. Van a llevar unos operarios para empezar a cerrar la vivienda.

​Esteban tragó saliva antes de contestar.

​—Está bien.

​Los niños se levantaron. Rita y Conrada los ayudaron a abrigarse y, unos minutos después, todos salieron del cuartelillo.

​Fuera, la mañana apenas comenzaba. Una luz pálida se extendía sobre los tejados de Calaceite y el frío hacía que el aliento se volviera visible al respirar.

​El sargento caminaba delante acompañado por dos guardias civiles. Esteban iba unos pasos más atrás con Rita, Conrada y los niños.

​Nadie hablaba demasiado.

​Aproximándose a la salida del pueblo tomaron la calle que conducía hacia la casa. Apenas habían recorrido un trecho cuando divisaron a un pequeño grupo que venía en dirección contraria.

​Era el alcalde.

​Lo acompañaban varios operarios municipales y dos carros cargados con tablones, herramientas y otros materiales.

​El sargento levantó una mano para saludarlos.

​—Buenos días, don Jaime.

​—Buenos días, sargento.

​El alcalde se acercó a la familia y dirigió una mirada a los niños antes de fijarse en Esteban.

​—¿Es usted Esteban Antequera?

​—Sí, señor alcalde.

​—Bien. Cuando lleguemos a la casa quiero que me cuente personalmente lo que ocurrió anoche y todo lo que le explicó al sargento.

​—Sí, señor.

​Continuaron juntos el camino.

​Mientras tanto, el automóvil del párroco seguía camino de Maella. Había pasado la bifurcación de Mazaleón y estaba llegando a la finca indicada por el alcalde. El cura la reconoció por las dos columnas de la entrada al camino: dos pilares de piedra rematados por sendas bolas de hierro.

​El chófer se desvió.

​Pronto llegaron ante un grupo de edificaciones. Se apreciaba una casa, probablemente la residencia del propietario, un establo alargado, un silo y algunas construcciones más, seguramente almacenes.

​El coche se detuvo.

​El chófer bajó y dio la vuelta al vehículo para abrir la puerta al sacerdote.

​Don Vicente puso un pie a tierra y levantó la mirada hacia la casa. En ese momento se aprestaban a salir por la puerta varias personas. Un hombre maduro, que por su aspecto parecía el propietario, varios empleados y dos mujeres: una joven y otra de mediana edad.

​Las mujeres se acercaron al religioso y con gran respeto besaron su anillo. Los demás hicieron lo propio.

​—Es un honor inesperado, padre —dijo el hombre mayor­—. ¿En qué podemos servirle?

​—Soy mosén Vicente Ortí, el párroco de Calaceite. El alcalde me ha pedido que hable con usted.

​El hombre pareció contrariado.

​—¿Sobre qué asunto?

​—Sobre una casa que tiene usted alquilada en Calaceite.

​—¿Qué casa?

​—La que está a la salida del pueblo. La que usted alquiló a una familia de Valdepeñas.

​El propietario bajó la mirada al suelo y apretó el ala del sombrero que llevaba en la mano. Se quedó pensativo unos segundos.

​—Ah... sí. Esa casa...

​Mientras tanto, en Calaceite, a medida que se acercaban, la casa fue apareciendo entre las construcciones de la calle. Allí estaba, silenciosa, con las ventanas cerradas y las paredes todavía húmedas por la tormenta de los días anteriores.