Capítulo XX #2
En la calle inferior, ante la puerta del almacén, se encontraba el amo de la finca donde trabajaban, Silvino y un par de jornaleros. Habían acudido con dos carros para ayudar a trasladar las cosas de la familia.
Esteban bajó la mirada al llegar a la vieja edificación.
No quería volver a verla.
Sin embargo, cuando estuvieron frente a ella, el alcalde se detuvo.
—Ahora, Esteban.
El hombre levantó los ojos hacia la vivienda.
—Cuénteme qué pasó.
Esteban permaneció unos instantes en silencio. Después levantó una mano y señaló hacia la parte alta de la casa.
—Fue allí, señor alcalde. Arriba... en la azotea.
Todos dirigieron la mirada hacia el lugar que señalaba.
—Primero fueron ruidos —comenzó Esteban—. Después las puertas... los golpes... las cadenas. Pensábamos que podía ser el viento, que alguna cosa se habría soltado. Pero cada vez ocurrían más cosas.
Hizo una pausa.
—Anoche se oyeron pasos, golpes en las ventanas. Y cuando los guardias estaban dentro de la casa...
Esteban miró al sargento.
—...las puertas comenzaron a cerrarse solas.
Nadie dijo nada.
—Después se oyó aquel lamento. Y los golpes. Los guardias sacaron sus armas, pero aquello... aquello les quitó los naranjeros de las manos.
Uno de los operarios miró al sargento con inquietud.
Esteban señaló de nuevo hacia la parte alta.
—Yo lo vi. No había nadie allí.
El alcalde mantuvo la vista fija en la casa.
—¿Y está usted seguro de que no había ninguna persona escondida?
—Seguro, señor. Los guardias registraron la casa.
El sargento asintió.
—No encontramos a nadie.
En ese momento se escuchó a lo lejos el ruido de un motor.
Todos se volvieron.
Por el camino apareció un automóvil oscuro que avanzaba lentamente hacia ellos. El vehículo se acercó hasta detenerse frente al grupo.
Durante unos segundos nadie habló.
El conductor salió del automóvil y rodeó el vehículo para abrir la puerta trasera. De ella descendió mosén Vicente.
El sacerdote llevaba la sotana cubierta por un abrigo oscuro. En una mano sostenía su pequeño misal y en la otra llevaba el rosario que había estado pasando entre sus dedos durante el trayecto.
Pero no había venido solo.
Al otro lado del automóvil descendió el propietario de la casa.
Esteban lo miró sin reconocerlo.
El alcalde, en cambio, se adelantó unos pasos.
—Buenos días, don Vicente.
—Buenos días, señor alcalde.
El sacerdote dirigió entonces la mirada hacia la vieja casa.
Por un instante permaneció inmóvil.
A su lado, el propietario hizo lo mismo.
Y mientras todos permanecían frente a aquella vivienda, el hombre que había sido su dueño durante tantos años contempló en silencio sus paredes, como si acabara de encontrarse de nuevo con algo que llevaba mucho tiempo intentando olvidar.
—¿Conoce usted esta casa? ¿Es usted el propietario? —interrogó el alcalde.
Permaneció unos instantes contemplando la casa antes de hablar.
—Sí... la conozco demasiado bien.
El alcalde lo miró con atención.
—¿Qué quiere decir?
El hombre se quitó el sombrero y lo sostuvo entre las manos. Bajó la mirada antes de responder.
—Esa casa perteneció a mi hermano.
Esteban sintió un estremecimiento.
—¿A su hermano?
El propietario asintió lentamente.
—Sí. La construyó él mismo y vivió allí durante muchos años.
Se hizo un silencio.
—¿Murió allí? —preguntó el sargento.
El hombre tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
Tragó saliva.
—Se quitó la vida. Se ahorcó en el desván.
Nadie dijo una palabra.
El propietario levantó lentamente los ojos hacia la parte alta de la casa.
—Pero antes de aquello habían ocurrido otras cosas.
Mosén Vicente lo observó con atención.
—¿Qué cosas?
El hombre permaneció unos instantes en silencio.
—Mi hermano empezó a cambiar. Al principio fueron cosas pequeñas. Decía que oía ruidos por la noche. Después empezó a decir que escuchaba voces.
—¿Voces? —preguntó Esteban.
—Sí.
El propietario asintió.
—Decía que le hablaban desde dentro de la casa. Que lo llamaban. Que no lo dejaban dormir.
Hizo una pausa.
—Nosotros pensábamos que estaba enfermo. La gente decía que se estaba volviendo loco.
Miró hacia las ventanas.
—Y entonces llegó la guerra.
Su voz se hizo más baja.
—Su mujer lo dejó durante aquellos años. Se marchó y después nadie volvió a saber con certeza qué había sido de ella.
Rita abrazó a Inés con más fuerza.
—¿Nunca apareció? —preguntó Conrada.
El propietario negó lentamente con la cabeza.
—Nunca.
Se hizo un silencio.
—Y empezaron los rumores —continuó—. Ya sabe cómo eran aquellos tiempos. Había demasiada gente que desaparecía sin que nadie supiera por qué.
Miró al suelo.
—Algunos decían que se había marchado por su propia voluntad. Otros decían que mi hermano había tenido algo que ver con su desaparición.
Esteban levantó la mirada.
—¿Y era verdad?
El hombre negó con la cabeza.
—No lo sé.
Aquella respuesta dejó a todos en silencio.
—Nunca apareció su cuerpo. Nunca hubo una prueba. Solo rumores.
El propietario apretó el sombrero entre las manos.
—Pero después de aquello mi hermano empeoró.
Miró de nuevo hacia la casa.
—Decía que las voces habían vuelto. Que ahora eran más fuertes. Que alguien caminaba por las habitaciones durante la noche.
El sargento frunció el ceño.
—¿Y qué hizo?
El hombre bajó la voz.
—Una noche subió al desván.
Se detuvo.
—Cogió una soga, la ató a una de las vigas y se ahorcó.
Nadie habló.
Esteban miró hacia las ventanas superiores.
De repente comprendió que aquella casa guardaba una historia mucho más antigua de lo que había imaginado.
—¿Y usted sabía todo esto cuando nos alquiló la casa? —preguntó finalmente.
El propietario levantó los ojos.
—Sí.
Esteban lo miró con incredulidad.
—Entonces, ¿por qué nos la alquiló?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Porque pensé que todo aquello eran las cosas de un hombre enfermo.
Bajó la mirada.
—Pensé que mi hermano había perdido la cabeza. Que las voces, los ruidos y todo lo demás solo estaban en su imaginación.
Hizo una pausa.
—Y pensé que, después de tantos años, aquello había terminado.
El alcalde permaneció serio.
—¿Y ahora?
El propietario levantó lentamente la cabeza.
Miró la casa.
—Ahora ya no estoy tan seguro.
Nadie respondió.
Mosén Vicente permanecía en silencio, contemplando también la vieja vivienda.
—Lo que ha sucedido esta noche no podemos comprenderlo todavía. Pero la familia no volverá a entrar ahí.
El sargento asintió.
—Eso ya está decidido.
El alcalde hizo una señal a los operarios.
—Entonces hagámoslo.
Mosén Vicente permaneció unos instantes en silencio. Después introdujo la mano bajo el abrigo y sacó el pequeño estuche metálico que llevaba consigo. Lo abrió y extrajo el frasco de agua bendita.
—Será mejor que bendigamos la casa antes de marcharnos —dijo con serenidad.
El sargento y el alcalde se apartaron unos pasos.
También la familia permaneció en silencio mientras el sacerdote se acercaba a la entrada.
El sacerdote comenzó a rezar. Su voz era baja y pausada.
Las palabras se mezclaban con el murmullo del viento y apenas llegaban hasta quienes permanecían a unos metros de distancia.
Fue asperjando agua bendita sobre la puerta, las ventanas y las paredes de la casa, mientras continuaba con sus oraciones.
De pronto, desde el interior de la vivienda llegó un leve crujido. Todos levantaron la cabeza. Mosén Vicente no interrumpió el rezo. Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces se escuchó otro crujido, más profundo, procedente del desván.
El propietario palideció.
—La viga... —murmuró.
Un estruendo seco retumbó en el interior de la casa.
La vieja madera que había sostenido la cuerda cedió finalmente y se partió.
Se oyó el golpe de algo pesado contra el suelo del desván y, después, el ruido de tejas al caer y de la soga arrastrándose sobre las tablas.
Nadie se movió.
El propietario miró hacia las ventanas superiores.
—Era allí... —dijo casi sin voz.
Mosén Vicente continuó rezando.
Concluyó la oración, hizo la señal de la cruz y volvió a asperjar la fachada con agua bendita.
Después cerró el pequeño frasco y lo guardó bajo la sotana.
—Ya está —dijo.
Nadie preguntó qué quería decir con aquellas palabras.
El sargento miró al alcalde.
El alcalde miró a Esteban.
Y Esteban comprendió que, fuera cual fuese la explicación de lo ocurrido, aquella casa no volvería a ser el hogar de su familia.
Los hombres comenzaron a descargar los tablones de los carros municipales. Entre tanto, Silvino y la cuadrilla de la finca de los olivos colocaron en los carros los enseres de la familia y acomodaron también la jaula de los conejos.
Poco a poco, los muebles, los baúles, los sacos y los pocos enseres de la familia estuvieron cargados en los carros.
Esteban apenas volvió a mirar hacia arriba.
Cuando todo estuvo preparado, el alcalde se acercó a él.
—Ya pueden marcharse. Vayan tranquilos.
Esteban volvió junto a su familia.
Los niños subieron al carro. Rita ayudó a Inés y después subió junto a ella. Conrada se acomodó a su lado y Esteban ocupó el asiento delantero.
El alcalde hizo tapiar las puertas y ventanas de la casa.
Los carros comenzaron a avanzar lentamente.
Inés miró hacia atrás.
La vieja casa iba quedando cada vez más lejos.
Metió la mano en el pequeño bolso que llevaba junto a ella y sacó la fotografía de su padre.
La sostuvo entre los dedos.
Durante un instante no ocurrió nada.
Después sintió aquel calor. El mismo calor suave que había sentido otras veces.
Inés sonrió. Miró el rostro de Pedro y, casi en un susurro, dijo:
—Sí, ya sé, papá. Tú vienes con nosotros.
Guardó la fotografía contra su pecho.
El carro continuó alejándose por el camino.
A lo lejos, la vieja casa de Calaceite permanecía sola, silenciosa, con sus puertas cerradas y sus ventanas tapiadas.