Capítulo XIX #2
—Sois guardias civiles —continuó el sargento—. Hombres hechos y derechos. ¿Cómo me vais a venir con esos cuentos?
El guardia que había perdido primero el arma dio un paso adelante.
—No son cuentos, mi sargento.
—Entonces, ¿qué son?
—No lo sé.
—¿Había alguien escondido?
—No.
—¿Estáis seguros?
—Completamente.
El otro guardia intervino:
—Mi sargento, nosotros no hemos visto a nadie. Pero algo nos ha quitado las armas de las manos.
El sargento miró los dos naranjeros.
Después volvió a mirar a sus hombres.
—¿Y decís que no había nadie delante?
—Nadie.
—¿Ni detrás?
—Nadie.
El sargento respiró profundamente.
—¿Y queréis que crea que una cosa que no veis os ha arrancado las armas?
—Sí, mi sargento.
El hombre que había hablado primero se adelantó un poco más.
—Yo he hecho la guerra, mi sargento.
El sargento lo miró directamente.
—Ya lo sé.
—Y no soy un cagueta.
Hizo una pausa.
—Pero le digo, mi sargento, que lo que hay en esa casa no es humano.
El otro guardia asintió.
—Yo digo lo mismo.
El sargento permaneció callado.
Miró y remiró a los dos guardias y empezó a bufar, nervioso.
—¡Me cago en to! ¿Pero cómo carajo pongo yo esto por escrito al capitán?
Miró de nuevo a los guardias. Inquisitivo.
—¿No habréis bebido?
—Mi sargento... ¿y los vecinos de la casa también han bebido? —protestó uno de los guardias.
El suboficial se abotonó la guerrera y se sujetó la funda de la pistola al cinto.
—¡Vamos para allá! ¡Y vosotros dos venís conmigo! —ordenó con autoridad.
Los tres salieron del cuartelillo con paso firme. El sargento iba delante, mascullando entre dientes algo que los guardias no entendían, pero que no iban a preguntar.
Llegaron con rapidez. El sargento miró la puerta de la entrada. Estaba entornada pues la familia y los guardias habían salido apresuradamente.
El sargento la empujó despacio con la mano izquierda. La derecha, sobre la pistola.
La puerta cedió y se abrió lenta y de forma continuada, con un chirrido de goznes que helaba la sangre.
El sargento, hombre curtido, no se dejó amedrentar.
Entró despacio. Avanzó unos pasos atravesando el recibidor y se dirigió hacia la cocina.
Allí unas tenues llamas dibujaban luces danzantes en las paredes.
—Aquí no hay nadie —susurró.
En ese instante la puerta de la entrada se cerró de un sonoro portazo. Los dos guardias intentaron abrirla pero no podían.
El sargento alzó la voz con autoridad mientras desenfundaba su arma.
—¿Quién hay aquí? ¡Muéstrese!
Desde fuera, los guardias oyeron los gritos y, acto seguido, golpes procedentes de diferentes partes de la casa.
Y de pronto dos disparos.
Uno de los guardias rompió la puerta de una fuerte patada. El sargento apareció inmediatamente en el zaguán, pistola en mano, con la cara desencajada, blanco como el encalado.
Se giró hacia la casa. Se arregló la guerrera y enfundó su arma.
Miró fijamente a los dos guardias.
—No hemos estado aquí. Al que diga una palabra de esto me lo cargo.
Los tres guardias civiles volvieron al cuartelillo. Al llegar, el sargento dijo que aquella noche no podía mandar a aquella gente de vuelta a la casa.
—Esta noche no vuelve nadie allí.
Esteban levantó la mirada.
—¿Ni nosotros?
—Ni ustedes.
El sargento se dirigió al guardia que estaba de servicio.
—Preparad un sitio para que puedan pasar la noche.
—A la orden, mi sargento.
Después volvió a mirar a Esteban.
—Ahora descansen. Aquí estarán seguros.
La familia se acomodó como pudo dentro del cuartel. Los niños permanecieron juntos, envueltos en las mantas. Conrada y Rita se sentaron cerca de ellos.
Esteban permaneció un rato de pie, mirando hacia la puerta.
Aquella noche habían abandonado su casa. Y, por primera vez desde que habían llegado a Calaceite, ninguno sabía qué podría ocurrir cuando volvieran.
El sargento se retiró entonces a un pequeño despacho. Había alguien a quien debía informar de lo ocurrido.
El alcalde.
A finales de 1947, presidía la alcaldía de Calaceite Jaime Roig Palos, quien sería designado Procurador en Cortes dos años después.
El alcalde se había levantado de la cama ante la inesperada visita del sargento. En pijama y con un batín, le atendió en el despacho de su casa.
El sargento le explicó personalmente los hechos con la mayor precisión posible.
No habló de fantasmas.
Habló de lo que sus hombres habían visto y oído.
Y, sobre todo, de algo que ni siquiera él podía explicar: dos guardias civiles habían sentido cómo una fuerza desconocida les arrancaba las armas de las manos.
El alcalde escuchó en silencio.
—¿Está usted seguro de lo que me cuenta?
—Completamente.
—¿Y sus hombres están de acuerdo?
—Los dos.
El alcalde permaneció unos segundos callado.
Don Jaime escuchó incrédulo el informe del sargento.
No sabía qué pensar. Pero si dos guardias civiles habían llegado al cuartel afirmando que en aquella casa ocurrían cosas que no podían explicar, el asunto merecía ser tomado en serio.
—Está bien —dijo finalmente—. Mañana iremos allí.
—De acuerdo.
—Y que la familia no vuelva a la casa esta noche.
—Así será.
—¡Ah! Y mande recado a mosén Vicente para que mañana nos acompañe.
—¿Al cura?
—Sí. Si como dice usted, lo que hay ahí no lo puede combatir la autoridad militar, y dudo que tampoco la civil, quizá necesitemos a una autoridad de más alto rango.
Mosén Vicente Ortí Sebastià era párroco, licenciado y cura arcipreste de Calaceite, y en esos momentos era también quien promovía las obras de restauración de la iglesia parroquial.
El sargento regresó al cuartel y escribió una nota que uno de sus números llevó al sacerdote. Allí le explicaba lo sucedido y las disposiciones del alcalde.
Fuera, la noche envolvía ya todo el pueblo. A la mañana siguiente, con la luz del día, el alcalde y la Guardia Civil irían juntos a aquella casa. Nadie sabía todavía qué iban a encontrar. Pero todos sabían una cosa: había que hacer algo.