Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XIX
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Capítulo XIX

​Esteban llegó al cuartel de la Guardia Civil cuando todavía quedaba muy poca luz en la calle.

​Entró por la puerta principal y se encontró con un guardia que estaba de servicio.

​—Buenas noches.

​—Buenas noches.

​Esteban se quitó la gorra y la sostuvo entre las manos.

​—Quisiera hablar con el sargento.

​El guardia lo miró con atención.

​—¿Qué ocurre?

​Esteban dudó unos instantes.

​Todavía le costaba explicar lo que acababa de suceder. Había pasado toda la tarde intentando encontrar una explicación, pero cada vez que recordaba las tenazas golpeándole las manos, volvía a sentir el mismo desconcierto.

​—Ha ocurrido una cosa en mi casa.

​—¿Qué cosa?

​Esteban bajó la mirada hacia sus manos.

​Todavía le dolían.

​—No sé cómo explicárselo.

​El guardia esperó.

​—Pero necesito que el sargento venga conmigo.

​El hombre lo observó unos segundos más.

​—¿Es algo urgente?

​Esteban levantó la cabeza.

​—Sí.

​El guardia pareció tomarse entonces el asunto con mayor seriedad.

​—Espere aquí.

​Se volvió hacia el interior del cuartel.

​—¡Mi sargento!

​Esteban permaneció junto a la entrada, con la gorra entre las manos.

​Desde el interior llegaban voces apagadas y el movimiento de alguien que se acercaba.

​Al poco apareció el sargento.

​Era un hombre de mediana edad, de rostro serio y aspecto tranquilo.

​—¿Qué sucede?

​Esteban se adelantó.

​—Sargento, necesito que venga alguien a mi casa.

​El sargento lo miró fijamente.

​—¿Por qué?

​Esteban tragó saliva.

​—Porque allí están pasando cosas que no sé explicar.

​El sargento no respondió inmediatamente.

​Esteban continuó:

​—Al principio pensé que era el viento. Después, que eran cosas viejas de la casa. Pero esta tarde...

​Se detuvo.

​—¿Esta tarde qué?

​Esteban abrió las manos y miró las marcas que empezaban a enrojecerle los nudillos.

​—Las tenazas de la chimenea se han soltado y me han golpeado.

​El sargento frunció ligeramente el ceño.

​—¿Se han soltado?

​—Sí.

​—¿Y estaban bien sujetas?

​—Sí.

​El sargento permaneció unos segundos en silencio.

​—¿Hay alguien dentro de la casa?

​—Mi mujer, mi cuñada y los niños.

​—¿Han visto quién ha hecho eso?

​Esteban negó con la cabeza.

​—No. Pero llevamos muchas noches oyendo ruidos, pasos en la azotea, golpes y mi familia está muy asustada.

​El sargento volvió a guardar silencio.

​Después miró al guardia que permanecía junto a la puerta.

​—Que vaya una pareja con él y que se queden allí un rato. A ver qué ocurre.

​—Sí, mi sargento.

​El guardia desapareció hacia el interior del cuartel.

​Poco después aparecieron dos guardias. Los dos vestían largos capotes verdes, tricornio y llevaban sus armas reglamentarias colgadas al hombro: sendos subfusiles, conocidos coloquialmente como naranjeros. Eran armas largas, robustas y pesadas.

​Los tres echaron a andar por las calles del pueblo. Esteban iba delante, sin decir apenas palabra. Cuando llegaron a la casa, Conrada, Rita y los niños estaban esperando con impaciencia.

​Los dos guardias entraron y Esteban les señaló la cocina.

​—Ahí ha sido lo de las tenazas.

​Uno de ellos se acercó a la chimenea y examinó el lugar.

​Miró las tenazas, después el punto donde habían estado apoyadas y finalmente la pared.

​—Bueno —dijo—. Vamos a quedarnos un rato por aquí.

​El otro guardia miró a la familia.

​—Ustedes váyanse a dormir. Nosotros nos sentamos aquí en la cocina y vamos a ver qué pasa.

​Rita miró a Esteban.

​Parecía no estar muy convencida.

​—¿Seguro que no les molestamos?

​—No, mujer. Vayan ustedes a dormir tranquilos.

​Esteban asintió.

​—Vamos.

​Poco a poco, la familia fue retirándose.

​Los niños se fueron a su habitación y los adultos hicieron lo mismo.

​Los dos guardias se quedaron solos en la cocina, sentados cerca del fuego.

​Durante un buen rato no ocurrió nada. La casa permanecía en silencio. Solo se oía el crepitar de la leña y, de vez en cuando, algún pequeño crujido de la madera.

​Uno de los guardias miró a su compañero.

​—Pues parece que hoy no vamos a tener mucho trabajo.

​El otro sonrió.

​—Eso parece.

​Pasó casi una hora.

​De repente, el fuego se avivó de golpe.

​Una llamarada subió por la cocina y durante unos segundos iluminó toda la estancia.

​Los dos guardias se pusieron en pie.

​—¡Caramba!

​Uno de ellos se acercó al fuego.

​—Habrá entrado una corriente de aire.

​Miró alrededor.

​La puerta y las ventanas estaban cerradas.

​—Puede ser —respondió el otro—. A veces pasa.

​Volvieron a sentarse.

​Pero no tardaron mucho en escuchar un golpe.

​Tac.

​Los dos hombres levantaron la cabeza. Dos golpes más sonaron en una de las ventanas.

​Tac. Tac.

​Después otro, en una distinta.

​Y otro más.

​Los guardias se pusieron nuevamente en pie.

​—¿Qué demonios...?

​No terminó la frase.

​Desde algún lugar de la casa llegó un sonido metálico.

​Clac... clac... clac...

​Parecía el ruido de una cadena arrastrándose.

​Los dos guardias se miraron. Esta vez ninguno encontró una explicación inmediata.

​El ruido volvió a escucharse.

​Más fuerte.

​Después llegaron unos pasos.

​Lentos.

​Como si alguien caminara por el piso de arriba.

​Uno de los guardias se acercó a la puerta de la cocina.

​—¿Has oído eso?

​—Sí. ¿Maquis?

​—No lo sé, pero hay alguien, eso es seguro.

​En ese momento comenzaron a abrirse las puertas de las habitaciones.

​Esteban apareció en el pasillo seguido de Conrada, Rita y los niños.

​Todos tenían el miedo dibujado en la cara.

​—¿Qué está pasando? —preguntó Esteban.

​Uno de los guardias levantó una mano.

​—Quédense ahí. No hagan ruido. No se acerquen.

​Los dos hombres se prepararon.

​Empuñaron sus naranjeros, preparados para cualquier situación.

​—Nosotros vamos a mirar —dijo uno de ellos.

​La familia permaneció apartada.

​Los guardias avanzaron despacio por la cocina y el pasillo, atentos a cualquier movimiento.

Entonces volvió a escucharse la cadena.

​Esta vez parecía estar muy cerca.

​Los dos hombres se detuvieron.

​Con un sonido metálico y seco, cargaron sus armas.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Ni un ruido. Ni un movimiento.

​Y, de repente, las puertas de las habitaciones se cerraron de golpe una tras otra, en un orden y sucesión casi matemática. Un aire gélido invadió la estancia.

​Desde el rincón más oscuro se escuchó un lamento breve pero claro. Uno de los guardias se giró hacia el lugar mientras su compañero le cubría la espalda.

​—¡Alto a la autoridad! —gritó.

​El primero apenas tuvo tiempo de reaccionar.

​Sintió un empujón seco en la espalda.

Los guardias reaccionaron cargando sus armas.

​Fue tan fuerte que salió despedido hacia delante y cayó de bruces contra el suelo. El fusil se le escapó de las manos y quedó unos centímetros más allá.

​—¡Cuidado!

​El otro guardia se volvió inmediatamente para ayudar a su compañero.

​Dio apenas un paso. Entonces sintió algo. Una fuerza brutal lo golpeó por detrás. El guardia salió despedido y chocó contra la pared con un golpe seco.

​Durante unos segundos ninguno de los dos se movió.

​—¿Qué demonios ha sido eso?

​El primero se incorporó con dificultad y buscó su fusil. El otro también se puso en pie. Los dos levantaron las armas. Uno apuntó hacia la escalera. El otro hacia el pasillo.

​No había nadie.

​Solo la casa.

​Entonces los dos sintieron, al mismo tiempo, un tirón violentísimo en los fusiles.

​El guardia que estaba junto a la escalera apretó con fuerza el arma.

​—¡No lo sueltes!

​El fusil comenzó a ser arrastrado hacia delante. El hombre retrocedió, clavando los pies en el suelo. El tirón aumentó. Su cuerpo entero se inclinó hacia delante y estuvo a punto de caer. El naranjero cayó al suelo.

​El segundo guardia intentó ayudarlo, pero en ese mismo instante sintió que algo invisible le golpeaba el brazo.

​El fusil se le levantó bruscamente y salió de sus manos.

​Los dos quedaron inmóviles. Frente a ellos no había nadie. Pero aquella vez ya no tuvieron ninguna duda.

​Algo estaba allí. Y no quería que siguieran dentro de la casa.

​El estrépito hizo gritar a la familia.

​Los dos guardias miraron las armas tiradas en el suelo. Después miraron alrededor. No había nadie.

​Ninguna persona.

​Ninguna puerta abierta.

​Ninguna mano había podido tocar aquellos fusiles.

​Solo estaban ellos.

​Y aquello que no podían ver.

​Uno de los guardias tragó saliva.

​Miró a su compañero y dijo, casi en un susurro:

​—Nosotros podemos luchar contra lo que vemos, pero no podemos luchar contra lo que no vemos.

​—¡Salgan todos! —ordenó el otro guardia a la familia.

​Nadie necesitó que se lo repitiera.

​Los dos guardias recogieron inmediatamente sus armas del suelo. Las comprobaron y se las echaron nuevamente al hombro.

​Arropados con sus abrigos y mantas, los tres adultos y los tres niños acompañaron a la pareja hasta el cuartelillo.

​El sargento salió a recibirlos al escuchar el movimiento.

​Al ver las caras de la familia comprendió que algo había ocurrido.

​—¿Qué ha pasado?

​Uno de los guardias se adelantó.

​—Mi sargento, será mejor que hablemos dentro.

​El sargento los hizo pasar.

​La familia quedó en un rincón del cuartel, todavía temblando de frío y de miedo.

​El sargento miró a los dos hombres.

​—¿Y bien?

​Uno de ellos señaló su naranjero.

​—Nos han quitado las armas de las manos, mi sargento.

​El suboficial frunció el ceño.

​—¿Quién?

​—No lo sabemos.

​—¿Cómo que no lo sabéis?

​—No había nadie.

​El sargento los miró fijamente.

​—¿Habéis registrado la casa?

​—De arriba abajo.

​—¿Y no habéis encontrado a nadie?

​—A nadie.

​El sargento guardó silencio.

​—Contadme qué ha pasado.

​Los dos guardias comenzaron a relatar lo sucedido.

​El fuego que se había avivado de golpe. Los golpes en las ventanas. El ruido de las cadenas. Los pasos en el piso de arriba. Las puertas cerrándose una tras otra. El aire helado. El lamento.

​Y finalmente, las armas.

​El sargento escuchó sin interrumpir. Cuando terminaron, permaneció unos segundos callado.

​—¿Estáis seguros de lo que decís?

​—Sí, mi sargento.

​—¿Los dos?

​—Los dos.

​El sargento se levantó.

​—Pero, hombre... ¿me vais a decir ahora que en esa casa hay fantasmas?

​Ninguno de los dos respondió.