Capítulo XVIII #2
No obstante, cuando los mayores se iban al trabajo, los niños escapaban a la calle. No querían quedarse en la casa. Disimuladamente colocaban algo para que la puerta no se cerrara del todo y salían. Cuando regresaban los mayores, ellos volvían a entrar, como si hubieran estado todo el día dentro.
Conrada procuraba no demostrar delante de los niños que seguía preocupada por lo ocurrido aquella noche. Los moratones habían empezado a cambiar de color y algunos apenas se notaban ya.
Tampoco volvió a hablar de ellos con Rita.
Ni con Esteban.
Hasta que una noche, después de cenar, mientras todos estaban reunidos alrededor de la mesa, se escuchó un golpe seco procedente de la parte alta de la casa.
Todos levantaron la cabeza.
Alfonsa se quedó inmóvil.
Paquito miró hacia la escalera.
Inés dejó de comer.
Esteban fue el primero en hablar.
—Será alguna cosa que se habrá movido arriba.
Nadie contestó.
Se escuchó otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Conrada miró a Rita.
Rita la miró a ella.
Esteban se levantó.
—Voy a ver.
Alfonsa agarró inmediatamente la mano de su madre.
—No suba.
Esteban se volvió.
—No voy a tardar, hija.
La niña negó con la cabeza.
—No suba.
Esteban se quedó mirándola unos segundos.
Después se acercó a la escalera.
—Vamos a ver qué hay.
Subió despacio.
Los demás permanecieron abajo, escuchando. Unos segundos después llegó desde arriba el ruido de una puerta. Luego otro golpe. Y después, silencio.
Conrada apretó la mano de Alfonsa.
Rita no apartaba los ojos de la escalera.
Esteban tardó un poco más en bajar. Cuando apareció, llevaba el mismo gesto tranquilo de siempre.
—No hay nada.
—¿Seguro? —preguntó Rita.
—Seguro.
—¿Y los golpes?
Esteban se encogió de hombros.
—Alguna cosa se habrá caído. Ya está.
Volvió a sentarse a la mesa.
Conrada lo observó en silencio.
No dijo nada.
Pero aquella noche, cuando se acostaron, tardó mucho en dormirse.
Y, desde la otra habitación, Rita tampoco conseguía conciliar el sueño.
Ninguna de las dos quería decirlo en voz alta.
Las dos pensaban lo mismo.
Aquello no había sido una cosa que se hubiera caído.
Pasaron algunos días sin que ocurriera nada extraño.
Alfonsa seguía muy cambiada desde lo ocurrido. Hablaba poco, se sobresaltaba con cualquier ruido y preguntaba continuamente dónde estaba cada uno.
—¿Dónde va, madre?
—A la cocina.
—¿Y después?
—Después vuelvo.
Alfonsa parecía necesitar saber en todo momento dónde estaban los adultos.
Conrada no volvió a hablar de aquella noche. Los moratones fueron desapareciendo poco a poco y no volvieron a aparecer otros. Quizá había sido una mala noche, una caída mientras dormía o cualquier otra cosa que ellas no habían sabido explicar.
Eso era lo que querían creer.
Una tarde, después de cenar, estaban todos alrededor de la cocina económica. Esteban había acercado las manos al fuego para calentárselas. Afuera hacía frío y el aire se colaba por las rendijas de las ventanas.
Rita y Conrada hablaban en voz baja mientras recogían los platos. Alfonsa permanecía sentada junto a su madre y Paquito jugaba con un pequeño trozo de madera.
De pronto se oyó un golpe seco en la parte alta de la casa.
Todos levantaron la cabeza.
Esteban miró hacia la escalera.
—¿Otra vez? —preguntó.
Nadie contestó.
Esperaron unos segundos. No se oyó nada más. Esteban se encogió de hombros.
—Alguna cosa habrá caído arriba.
Se levantó, subió unos escalones y miró hacia el desván.
—No hay nada.
Volvió a sentarse.
—Ya os lo he dicho. Esta casa tiene mucha madera vieja. Con el frío, cualquier cosa cruje o se mueve.
Rita y Conrada se miraron, pero no dijeron nada.
Aquella misma noche, cuando los niños ya estaban acostados, Rita decidió hablar con Esteban.
—Esteban...
—¿Qué?
—Hay cosas que no te hemos contado.
Él levantó la vista.
—¿Qué cosas?
Conrada estaba junto a la mesa. Dudó unos instantes.
—Lo de mis golpes —dijo finalmente.
Esteban la miró.
—¿Qué golpes?
Rita intervino.
—Los moratones con los que se levantó hace unos días.
Esteban frunció el ceño.
—¿Y por qué no me dijisteis nada?
Conrada bajó la mirada.
—Porque no sabía qué decirte. Ni yo misma sé cómo me los hice.
Esteban permaneció callado.
Conrada empezó entonces a contarle lo que había ocurrido aquella noche. Le habló de la pesadilla, de las rodillas peladas, de los golpes en los brazos y del moratón del cuello.
Esteban escuchó sin interrumpir. Después miró a Conrada.
—¿Y no te caíste de la cama?
Esteban se sentó para calentarse mientras pensaba.
—No.
—¿No te golpeaste con ningún mueble?
—Que yo recuerde, no.
Esteban se quedó pensativo.
Rita aprovechó para contarle también lo que habían oído durante aquellos días.
Los ruidos. Los pasos. El movimiento de la puerta. El escurridor. La tinaja. Todo.
Cuando terminaron, Esteban respiró profundamente.
—A ver... —dijo—. Estáis asustadas y eso hace que cualquier cosa parezca más de lo que es.
—Esteban...
—No, Rita. Escúchame. Una cosa es que ocurran cosas raras y otra pensar que hay alguien dentro de la casa.
Conrada no respondió.
Esteban se levantó.
—Aquí no pasa nada. Basta ya. Todo tiene una explicación.
Volvió a acercarse al fuego y puso las manos delante de las llamas.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Entonces se oyó un pequeño crujido. Esteban levantó la cabeza. Las tres mujeres también.
Una de las tenazas de hierro que utilizaban para remover las brasas estaba apoyada junto a la chimenea.
Se movió.
Primero muy despacio. Después volvió a moverse.
Esteban se apartó un poco.
—¿Pero qué...?
Las tenazas se desprendieron de su argollita.
Cayeron.
Pero no hacia el suelo. Salieron disparadas hacia delante y golpearon a Esteban directamente en las manos.
—¡Ah!
Esteban retrocedió bruscamente.
Las tenazas cayeron al suelo con estrépito. Durante unos segundos nadie se movió.
El hombre se llevó las manos al pecho.
—¡Me ha hecho daño!
Conrada corrió hacia él.
—¡Esteban!
—Estoy bien.
Pero no apartaba la mirada de las tenazas.
Rita se acercó también.
—¿Te has quemado?
—No.
El hombre se agachó y recogió las tenazas. Las examinó. Miró después la chimenea. Volvió a mirar las tenazas.
—¿Cómo se han soltado?
Nadie contestó.
Esteban se acercó a la chimenea y comprobó el lugar donde estaban sujetas. La sujeción seguía allí. No parecía rota.
Las tenazas no podían haber caído solas. Esteban permaneció inmóvil unos instantes. Por primera vez, no encontró una explicación.
Miró a Conrada. Después a Rita. Finalmente, hacia la escalera.
—Esto no lo ha hecho el viento.
Nadie dijo nada.
Esteban dejó las tenazas sobre la mesa.
—Voy a buscar a la Guardia Civil.
Y salió de la casa sin esperar respuesta.