Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XVIII
83%

Capítulo XVIII

​Pasaron varios días.

​Durante aquel tiempo, Conrada decidió quedarse en casa para cuidar de Alfonsa.

La niña descansaba mucho y apenas se separaba de su madre.

Seguía estando callada y se sobresaltaba con cualquier ruido inesperado.

Ya no quería acercarse a la escalera y, cuando alguien salía de una habitación, preguntaba enseguida adónde iba.

​El cabello blanco había empezado a caérsele. Primero fueron unos pocos pelos sobre la almohada y después mechones que quedaban en el peine. Pero, poco a poco, comenzó a crecerle de nuevo.

​Don Carmelo, el médico, había dicho que lo mejor era dejarla tranquila y evitarle nuevos sobresaltos.

​Y eso fue lo que hicieron.

​Conrada permaneció unos días en casa. Después tendría que volver al trabajo, pero mientras tanto aprovechó para cuidar de la niña y mantener la casa en calma.

​Aquella noche se acostaron temprano. La casa estaba silenciosa.

​Conrada se durmió profundamente. En algún momento de la noche empezó a soñar.

​Corría.

​No sabía de quién huía, pero sentía que alguien la perseguía. Corría por un lugar que no reconocía. Miraba hacia atrás y no veía a nadie, aunque estaba segura de que algo iba detrás de ella.

​Intentaba escapar. Tropezaba. Volvía a levantarse. Seguía corriendo. Hasta que cayó al suelo.

​Conrada se despertó sobresaltada.

Durante unos segundos permaneció inmóvil en la cama, tratando de recuperar el aliento. Miró a su alrededor. Todo estaba oscuro y tranquilo.

​—Solo ha sido una pesadilla —murmuró.

​Volvió a acostarse y consiguió dormirse otra vez.

​A la mañana siguiente se levantó con una sensación extraña en todo el cuerpo. Se sentía cansada, como si hubiera pasado la noche trabajando. Tenía los brazos y las piernas entumecidos y le dolían algunos músculos.

​No le dio demasiada importancia.

​Se dirigió a asearse.

​Mientras se lavaba, se miró distraídamente en un pequeño espejo. Entonces se quedó quieta. Tenía un moratón oscuro en un lado del cuello. Conrada se llevó la mano al lugar.

​—¿Y esto?

​Se miró más detenidamente. Levantó los brazos. Tenía otro moratón en uno de ellos y varias marcas más en el otro.

​Sintió un escalofrío.

​Se levantó un poco el vestido para mirarse las piernas.

​Entonces vio las rodillas.

​Las tenía peladas, como si realmente hubiera caído al suelo. Levantó aún más su combinación y vio enormes moratones en sus muslos, como si algo le hubiera golpeado en las piernas. Conrada permaneció unos instantes sin moverse. Aquello no podía haber sido solo un sueño.

​Se volvió a mirar los brazos.

​Encontró golpes de distinto tamaño en varias partes del cuerpo. No recordaba haberse hecho ninguno. Ni siquiera recordaba haberse caído.

​Se vistió deprisa y salió de la habitación.

​Encontró a Rita en la cocina.

​—Rita...

​Su hermana levantó la cabeza.

​—¿Qué pasa?

​Conrada se acercó.

​—Mira.

​Le enseñó primero el cuello.

​Rita se quedó seria.

​—¿Qué te has hecho?

​—No lo sé.

​—¿Cómo que no lo sabes?

​Conrada negó con la cabeza.

​—Esta noche he tenido una pesadilla. Soñaba que alguien me perseguía. Corría y corría hasta que me caía al suelo.

​Rita la miró sin decir nada.

​—¿Y te has caído de la cama?

​—No.

​—¿Te habrás golpeado con algún mueble?

​—No lo sé. Pero mira las rodillas.

​Se levantó un poco el vestido y se las enseñó.

​Rita se acercó.

​—Están peladas.

​—Sí. Y mira los muslos.

​—¿Y los brazos?

​Conrada se los mostró.

​Rita fue descubriendo las marcas una a una.

​—Tienes golpes por todas partes.

​Conrada se sentó.

​—Yo no recuerdo haberme hecho nada de esto.

​Rita permaneció callada.

​Las dos intentaron encontrar una explicación.

​Quizá se había movido violentamente mientras dormía. Quizá se había golpeado con algún mueble. Quizá se había caído y no lo recordaba.

​Pero ninguna de aquellas explicaciones parecía suficiente para las heridas que tenía delante.

​Conrada se frotó los brazos. Seguía sintiéndose entumecida.

​—Rita...

​—¿Qué?

​Conrada miró hacia la puerta de la cocina.

​—Anoche no estaba sola.

​Rita palideció ligeramente.

​—¿Qué quieres decir?

​Conrada tardó unos segundos en contestar.

​—No lo sé. Solo sé que mientras dormía tenía la sensación de que alguien me perseguía.

​Las dos guardaron silencio.

​Desde la parte alta de la casa llegó un pequeño ruido. Las hermanas levantaron la cabeza al mismo tiempo.

​Ninguna dijo nada.

​Y por primera vez, Conrada no encontró ninguna explicación que pudiera tranquilizarla.

​—Rita...

​—¿Qué?

​Conrada bajó la voz.

​—No le digas nada a Esteban.

Conrada se levantó con moratones por todo el cuerpo.

Rita la miró sorprendida.

​—¿Por qué no?

​—¿Qué quieres que le diga? Ni yo misma sé cómo me he hecho esto.

​—Pues precisamente por eso.

​Conrada se miró los brazos.

​—No sé qué va a pensar.

​—Es tu marido.

​—Ya lo sé. Pero... —Conrada hizo una pausa—. Hay cosas que una no sabe cómo explicar.

​Rita comprendió enseguida.

​—¿Te da vergüenza?

​Conrada bajó la mirada.

​—Un poco.

​—Conrada, no tienes por qué avergonzarte de nada.

​Conrada permaneció unos segundos en silencio. Miró hacia la puerta de la cocina, como si temiera que alguien pudiera estar escuchándolas.

​—Pero hay algo que no te he contado.

​Rita dejó la labor sobre la mesa.

​—¿Qué?

​Conrada tragó saliva.

​—En el sueño… no solo me perseguían.

​Rita la miró fijamente.

​—¿Qué quieres decir?

​—Había alguien conmigo.

​—¿Quién?

​—No lo sé. No podía verle la cara.

​Conrada bajó todavía más la voz.

​—Intentaba sujetarme.

​Rita no dijo nada.

​—Yo me resistía. Quería escapar, pero no podía. Forcejeaba para liberarme, pero me oprimía un gran peso, no podía moverme. Intentaba apartarlo de mí… y entonces quiso abrirme las piernas.

​Rita palideció.

​—¿Te…?

​Conrada negó rápidamente con la cabeza.

​—No. No llegó a hacerlo. Yo conseguí escapar. Corrí, corrí todo lo que pude… hasta que tropecé y caí al suelo.

​Se quedó callada.

​—Por eso las rodillas —dijo finalmente—. Y por eso los moratones.

​Rita miró las piernas de su hermana.

​—¿Y estás segura de que todo eso ocurrió en el sueño?

​Conrada levantó los ojos.

​—Eso es lo que más miedo me da.

​Rita no respondió.

​—Porque yo recuerdo haber sentido sus manos, Rita. Recuerdo cómo intentaba sujetarme. Recuerdo que luchaba para que no me hiciera nada.

​Se llevó una mano al brazo.

​—Y cuando desperté… tenía estas marcas.

​Rita se quedó callada.

​—No se lo ocultes —dijo finalmente.

​Conrada suspiró.

​—Déjame pensarlo.

​Rita volvió a mirar las marcas.

​—Yo no había visto nunca una cosa así.

​—Yo tampoco.

​Durante unos segundos permanecieron en silencio.

​—¿Y si de verdad fue la pesadilla? —dijo Rita finalmente.

​Conrada levantó la cabeza.

​—¿Cómo va a ser?

​—No lo sé. Pero quizá te moviste mientras dormías y te golpeaste.

​Conrada negó lentamente con la cabeza.

​—Puede ser. Pero hay algo que no me cuadra.

​—¿Qué?

​Conrada se señaló el cuello.

​—Esto. Y las rodillas. Y las marcas de los muslos.

​Rita no respondió.

​Las dos volvieron a mirar las marcas.

​Ninguna de las dos encontraba una explicación que las dejara tranquilas.

​Conrada se bajó el vestido y se cubrió los brazos.

​—De momento no quiero decirle nada a Esteban. ¿Cómo explicarle que fue soñando? Es un hombre. No se lo va a creer.

​—Como quieras.

​—Primero quiero ver cómo estoy mañana.

​Rita asintió.

​—Pero si vuelven a aparecerte más golpes, se lo tendrás que contar.

​Conrada tardó unos segundos en responder.

​—Sí. Si vuelve a pasar algo... se lo diré.

​Rita asintió y no volvió a insistir.

​Durante el resto de la mañana, las dos procuraron hacer vida normal. Conrada se cubrió bien los brazos y evitó que Esteban pudiera ver las marcas del cuello. No quería tener que explicar algo que ni ella misma comprendía.

​Alfonsa apareció poco después en la cocina.

​Se quedó en la puerta mirando a su madre.

​—¿Dónde va?

​—A ninguna parte, hija. Estoy aquí.

​La niña pareció tranquilizarse.

​—¿Se va a quedar?

​—Sí.

​Alfonsa se acercó y se sentó junto a ella.

​Conrada la miró de reojo. Desde lo ocurrido, la niña había cambiado. Hablaba poco, estaba siempre pendiente de los mayores y se sobresaltaba por cualquier ruido. Si Conrada salía de una habitación, aunque fuera solo para ir a buscar algo, Alfonsa levantaba la cabeza para comprobar dónde iba.

​Aquella mañana, Conrada comprendió que no podía quedarse en casa para siempre. Habían pasado ya varios días y Alfonsa parecía algo más tranquila. Don Carmelo había dicho que necesitaba reposo, pero también que poco a poco debía recuperar sus costumbres.

​Por eso, aquella tarde, mientras preparaban la cena, Conrada se lo comentó a Rita.

​—Mañana volveré al trabajo.

​Rita dejó lo que estaba haciendo.

​—¿Estás segura?

​—Sí. No podemos dejarlo todo.

​—¿Y Alfonsa?

​—Se quedará con Inés y Paquito. Ya no está como los primeros días.

​Rita miró a la niña.

​—No. Pero todavía tiene miedo.

​Conrada suspiró.

​—Lo sé.

​Alfonsa, que estaba cerca del fuego, levantó la cabeza al escuchar su nombre.

​—¿Qué pasa?

​—Nada, hija.

​La niña siguió mirándolas unos segundos.

​—¿Mañana se van?

​Conrada se acercó a ella.

​—Sí, pero volveremos pronto.

​Alfonsa bajó la mirada.

​—¿Y me quedaré sola?

​—No. Estará Inés contigo y también Paquito.

​La niña no respondió.

​Conrada le pasó la mano por el cabello, con cuidado de no tirar de los mechones que todavía estaban débiles.

​—Ya verás como no pasa nada.

​Alfonsa la miró.

​No dijo nada.

​Pero aquella noche, antes de acostarse, preguntó dos veces más dónde estaría su madre al día siguiente.

​A la mañana siguiente, Conrada volvió al trabajo.

​Los días fueron pasando sin que ocurriera nada que pudieran explicar como extraño.

​Alfonsa siguió recuperándose poco a poco. El cabello dejó de caérsele con tanta intensidad y comenzaron a verse pequeños cabellos nuevos entre los mechones que conservaba.

​Sin embargo, el miedo no desapareció. Cuando oía un golpe inesperado, se quedaba quieta. Si alguien abría una puerta de repente, daba un respingo. Y nunca quería ser la primera en entrar en una habitación.