Capítulo XVIII
Pasaron varios días.
Durante aquel tiempo, Conrada decidió quedarse en casa para cuidar de Alfonsa.
La niña descansaba mucho y apenas se separaba de su madre.
Seguía estando callada y se sobresaltaba con cualquier ruido inesperado.
Ya no quería acercarse a la escalera y, cuando alguien salía de una habitación, preguntaba enseguida adónde iba.
El cabello blanco había empezado a caérsele. Primero fueron unos pocos pelos sobre la almohada y después mechones que quedaban en el peine. Pero, poco a poco, comenzó a crecerle de nuevo.
Don Carmelo, el médico, había dicho que lo mejor era dejarla tranquila y evitarle nuevos sobresaltos.
Y eso fue lo que hicieron.
Conrada permaneció unos días en casa. Después tendría que volver al trabajo, pero mientras tanto aprovechó para cuidar de la niña y mantener la casa en calma.
Aquella noche se acostaron temprano. La casa estaba silenciosa.
Conrada se durmió profundamente. En algún momento de la noche empezó a soñar.
Corría.
No sabía de quién huía, pero sentía que alguien la perseguía. Corría por un lugar que no reconocía. Miraba hacia atrás y no veía a nadie, aunque estaba segura de que algo iba detrás de ella.
Intentaba escapar. Tropezaba. Volvía a levantarse. Seguía corriendo. Hasta que cayó al suelo.
Conrada se despertó sobresaltada.
Durante unos segundos permaneció inmóvil en la cama, tratando de recuperar el aliento. Miró a su alrededor. Todo estaba oscuro y tranquilo.
—Solo ha sido una pesadilla —murmuró.
Volvió a acostarse y consiguió dormirse otra vez.
A la mañana siguiente se levantó con una sensación extraña en todo el cuerpo. Se sentía cansada, como si hubiera pasado la noche trabajando. Tenía los brazos y las piernas entumecidos y le dolían algunos músculos.
No le dio demasiada importancia.
Se dirigió a asearse.
Mientras se lavaba, se miró distraídamente en un pequeño espejo. Entonces se quedó quieta. Tenía un moratón oscuro en un lado del cuello. Conrada se llevó la mano al lugar.
—¿Y esto?
Se miró más detenidamente. Levantó los brazos. Tenía otro moratón en uno de ellos y varias marcas más en el otro.
Sintió un escalofrío.
Se levantó un poco el vestido para mirarse las piernas.
Entonces vio las rodillas.
Las tenía peladas, como si realmente hubiera caído al suelo. Levantó aún más su combinación y vio enormes moratones en sus muslos, como si algo le hubiera golpeado en las piernas. Conrada permaneció unos instantes sin moverse. Aquello no podía haber sido solo un sueño.
Se volvió a mirar los brazos.
Encontró golpes de distinto tamaño en varias partes del cuerpo. No recordaba haberse hecho ninguno. Ni siquiera recordaba haberse caído.
Se vistió deprisa y salió de la habitación.
Encontró a Rita en la cocina.
—Rita...
Su hermana levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Conrada se acercó.
—Mira.
Le enseñó primero el cuello.
Rita se quedó seria.
—¿Qué te has hecho?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
Conrada negó con la cabeza.
—Esta noche he tenido una pesadilla. Soñaba que alguien me perseguía. Corría y corría hasta que me caía al suelo.
Rita la miró sin decir nada.
—¿Y te has caído de la cama?
—No.
—¿Te habrás golpeado con algún mueble?
—No lo sé. Pero mira las rodillas.
Se levantó un poco el vestido y se las enseñó.
Rita se acercó.
—Están peladas.
—Sí. Y mira los muslos.
—¿Y los brazos?
Conrada se los mostró.
Rita fue descubriendo las marcas una a una.
—Tienes golpes por todas partes.
Conrada se sentó.
—Yo no recuerdo haberme hecho nada de esto.
Rita permaneció callada.
Las dos intentaron encontrar una explicación.
Quizá se había movido violentamente mientras dormía. Quizá se había golpeado con algún mueble. Quizá se había caído y no lo recordaba.
Pero ninguna de aquellas explicaciones parecía suficiente para las heridas que tenía delante.
Conrada se frotó los brazos. Seguía sintiéndose entumecida.
—Rita...
—¿Qué?
Conrada miró hacia la puerta de la cocina.
—Anoche no estaba sola.
Rita palideció ligeramente.
—¿Qué quieres decir?
Conrada tardó unos segundos en contestar.
—No lo sé. Solo sé que mientras dormía tenía la sensación de que alguien me perseguía.
Las dos guardaron silencio.
Desde la parte alta de la casa llegó un pequeño ruido. Las hermanas levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Ninguna dijo nada.
Y por primera vez, Conrada no encontró ninguna explicación que pudiera tranquilizarla.
—Rita...
—¿Qué?
Conrada bajó la voz.
—No le digas nada a Esteban.
Conrada se levantó con moratones por todo el cuerpo.
Rita la miró sorprendida.
—¿Por qué no?
—¿Qué quieres que le diga? Ni yo misma sé cómo me he hecho esto.
—Pues precisamente por eso.
Conrada se miró los brazos.
—No sé qué va a pensar.
—Es tu marido.
—Ya lo sé. Pero... —Conrada hizo una pausa—. Hay cosas que una no sabe cómo explicar.
Rita comprendió enseguida.
—¿Te da vergüenza?
Conrada bajó la mirada.
—Un poco.
—Conrada, no tienes por qué avergonzarte de nada.
Conrada permaneció unos segundos en silencio. Miró hacia la puerta de la cocina, como si temiera que alguien pudiera estar escuchándolas.
—Pero hay algo que no te he contado.
Rita dejó la labor sobre la mesa.
—¿Qué?
Conrada tragó saliva.
—En el sueño… no solo me perseguían.
Rita la miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—Había alguien conmigo.
—¿Quién?
—No lo sé. No podía verle la cara.
Conrada bajó todavía más la voz.
—Intentaba sujetarme.
Rita no dijo nada.
—Yo me resistía. Quería escapar, pero no podía. Forcejeaba para liberarme, pero me oprimía un gran peso, no podía moverme. Intentaba apartarlo de mí… y entonces quiso abrirme las piernas.
Rita palideció.
—¿Te…?
Conrada negó rápidamente con la cabeza.
—No. No llegó a hacerlo. Yo conseguí escapar. Corrí, corrí todo lo que pude… hasta que tropecé y caí al suelo.
Se quedó callada.
—Por eso las rodillas —dijo finalmente—. Y por eso los moratones.
Rita miró las piernas de su hermana.
—¿Y estás segura de que todo eso ocurrió en el sueño?
Conrada levantó los ojos.
—Eso es lo que más miedo me da.
Rita no respondió.
—Porque yo recuerdo haber sentido sus manos, Rita. Recuerdo cómo intentaba sujetarme. Recuerdo que luchaba para que no me hiciera nada.
Se llevó una mano al brazo.
—Y cuando desperté… tenía estas marcas.
Rita se quedó callada.
—No se lo ocultes —dijo finalmente.
Conrada suspiró.
—Déjame pensarlo.
Rita volvió a mirar las marcas.
—Yo no había visto nunca una cosa así.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—¿Y si de verdad fue la pesadilla? —dijo Rita finalmente.
Conrada levantó la cabeza.
—¿Cómo va a ser?
—No lo sé. Pero quizá te moviste mientras dormías y te golpeaste.
Conrada negó lentamente con la cabeza.
—Puede ser. Pero hay algo que no me cuadra.
—¿Qué?
Conrada se señaló el cuello.
—Esto. Y las rodillas. Y las marcas de los muslos.
Rita no respondió.
Las dos volvieron a mirar las marcas.
Ninguna de las dos encontraba una explicación que las dejara tranquilas.
Conrada se bajó el vestido y se cubrió los brazos.
—De momento no quiero decirle nada a Esteban. ¿Cómo explicarle que fue soñando? Es un hombre. No se lo va a creer.
—Como quieras.
—Primero quiero ver cómo estoy mañana.
Rita asintió.
—Pero si vuelven a aparecerte más golpes, se lo tendrás que contar.
Conrada tardó unos segundos en responder.
—Sí. Si vuelve a pasar algo... se lo diré.
Rita asintió y no volvió a insistir.
Durante el resto de la mañana, las dos procuraron hacer vida normal. Conrada se cubrió bien los brazos y evitó que Esteban pudiera ver las marcas del cuello. No quería tener que explicar algo que ni ella misma comprendía.
Alfonsa apareció poco después en la cocina.
Se quedó en la puerta mirando a su madre.
—¿Dónde va?
—A ninguna parte, hija. Estoy aquí.
La niña pareció tranquilizarse.
—¿Se va a quedar?
—Sí.
Alfonsa se acercó y se sentó junto a ella.
Conrada la miró de reojo. Desde lo ocurrido, la niña había cambiado. Hablaba poco, estaba siempre pendiente de los mayores y se sobresaltaba por cualquier ruido. Si Conrada salía de una habitación, aunque fuera solo para ir a buscar algo, Alfonsa levantaba la cabeza para comprobar dónde iba.
Aquella mañana, Conrada comprendió que no podía quedarse en casa para siempre. Habían pasado ya varios días y Alfonsa parecía algo más tranquila. Don Carmelo había dicho que necesitaba reposo, pero también que poco a poco debía recuperar sus costumbres.
Por eso, aquella tarde, mientras preparaban la cena, Conrada se lo comentó a Rita.
—Mañana volveré al trabajo.
Rita dejó lo que estaba haciendo.
—¿Estás segura?
—Sí. No podemos dejarlo todo.
—¿Y Alfonsa?
—Se quedará con Inés y Paquito. Ya no está como los primeros días.
Rita miró a la niña.
—No. Pero todavía tiene miedo.
Conrada suspiró.
—Lo sé.
Alfonsa, que estaba cerca del fuego, levantó la cabeza al escuchar su nombre.
—¿Qué pasa?
—Nada, hija.
La niña siguió mirándolas unos segundos.
—¿Mañana se van?
Conrada se acercó a ella.
—Sí, pero volveremos pronto.
Alfonsa bajó la mirada.
—¿Y me quedaré sola?
—No. Estará Inés contigo y también Paquito.
La niña no respondió.
Conrada le pasó la mano por el cabello, con cuidado de no tirar de los mechones que todavía estaban débiles.
—Ya verás como no pasa nada.
Alfonsa la miró.
No dijo nada.
Pero aquella noche, antes de acostarse, preguntó dos veces más dónde estaría su madre al día siguiente.
A la mañana siguiente, Conrada volvió al trabajo.
Los días fueron pasando sin que ocurriera nada que pudieran explicar como extraño.
Alfonsa siguió recuperándose poco a poco. El cabello dejó de caérsele con tanta intensidad y comenzaron a verse pequeños cabellos nuevos entre los mechones que conservaba.
Sin embargo, el miedo no desapareció. Cuando oía un golpe inesperado, se quedaba quieta. Si alguien abría una puerta de repente, daba un respingo. Y nunca quería ser la primera en entrar en una habitación.