Capítulo XVII
Aquella mañana, cuando los mayores se marcharon, los tres niños se quedaron dentro de la casa.
Durante un rato estuvieron entretenidos, pero ninguno había olvidado lo ocurrido los días anteriores.
Paquito fue el primero en decirlo.
—Yo aquí no quiero estar.
Inés levantó la cabeza.
—Yo tampoco.
Alfonsa los miró.
—Pues vamos a la calle.
No necesitaron que se lo repitieran.
Paquito salió el primero e Inés fue detrás de él. Los dos cruzaron la puerta deprisa, hablando a la vez sobre dónde irían a jugar.
Alfonsa quiso seguirlos pero recordó que había dejado un adoquín, de los que compraron en el tren, en su habitación. Fue a por él, lo recogió y volvió sobre sus pasos.
Pero cuando regresó con el adoquín en la mano, la puerta ya se había cerrado.
—¡Esperad!
Probó a abrirla.
No pudo.
Tiró del picaporte una vez.
Después otra.
Nada.
—¡Inés! ¡Paquito!
Los llamó a voces. No obtuvo respuesta. Volvió a intentarlo. La puerta estaba cerrada y ella no tenía la llave.
—¡Inés!
Los niños ya se habían alejado por la calle y no la oyeron. Alfonsa permaneció unos segundos con la mano sobre el picaporte. Después comprendió que estaba sola.
Completamente sola.
Miró hacia la escalera. El silencio de la casa pareció hacerse más grande. Se apartó de la puerta y regresó a la cocina.
Pensó que su prima y su hermano volverían pronto. No tardarían mucho. Eso se repetía mientras intentaba entretenerse.
Primero ordenó unas cosas que había sobre la mesa. Después se sentó junto al fuego. Pero el tiempo pasaba.
Y la casa seguía en silencio.
Hasta que escuchó un ruido.
Un golpe seco procedente de arriba.
Alfonsa levantó la cabeza.
Esperó.
Nada.
Volvió a bajar la mirada.
Entonces se escucharon unos pasos.
Lentos.
Uno.
Después otro.
La niña dejó de respirar durante un instante. Miró hacia la escalera.
No había nadie.
—No es nada —se dijo en voz baja.
Intentó convencerse. Quizá era una tabla. Quizá los conejos. Quizá el viento. Pero las ventanas estaban cerradas.
Alfonsa se levantó y se acercó a la puerta de la calle. Volvió a tirar del picaporte. Seguía cerrada.
—¡Inés!
Esta vez gritó con todas sus fuerzas.
Nadie contestó.
Se sentó en el suelo, junto a la puerta, y esperó.
Al cabo de un rato volvió a escuchar algo. Un roce. Después un golpe. Y luego aquel sonido que ya conocía. El chirrido de una puerta arriba.
Alfonsa se tapó los oídos.
—No quiero oírlo.
Pero la casa parecía no hacer caso. Se escucharon otros ruidos. Un arrastre. Un golpe contra la pared. Después, durante unos segundos, nada.
Alfonsa abrió lentamente los ojos. Miró hacia la escalera. No había nadie.
Entonces sonaron tres golpes.
Tac. Tac. Tac.
La niña se puso en pie de un salto. Corrió hacia la habitación y se escondió en un rincón.
Se abrazó las piernas.
—Que se vaya... que se vaya...
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. La luz fue cambiando poco a poco. El fuego se apagó.
La casa se enfrió.
Alfonsa permaneció en aquel rincón sin atreverse a moverse. En algún momento creyó escuchar la voz de Inés.
—¡Alfonsa!
Levantó la cabeza.
—¡Inés!
Nadie respondió.
Esperó.
Alfonsa se escondió en un rincón de la habitación.
Solo escuchó otro ruido en la parte de arriba. Esta vez no gritó. Ya no le quedaban fuerzas. Pasaron las horas. La niña terminó llorando en silencio.
Cuando cayó la tarde, escuchó por fin voces en la calle. Voces conocidas.
La puerta se abrió.
—¡Alfonsa!
Era Conrada.
La niña no respondió.
Paquito entró corriendo.
—¡Alfonsa! ¡Alfonsa!
Inés apareció detrás de él.
—¿Dónde está?
Conrada recorrió la casa hasta encontrarla.
La vio acurrucada en un rincón, con la mirada perdida.
—¡Hija!
Se arrodilló junto a ella.
Alfonsa levantó lentamente los ojos.
—Madre...
Conrada la abrazó.
La niña comenzó a temblar.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó Rita, que acababa de entrar.
Alfonsa no contestó.
Paquito se acercó lloroso.
—Se nos cerró la puerta... No teníamos la llave...
—¿Y la dejasteis aquí sola? —preguntó Conrada.
—Pensábamos volver enseguida —dijo Inés.
Conrada quiso regañarlos, pero al mirar de nuevo a Alfonsa no pudo decir nada.
La niña estaba aterrorizada.
—Vamos, hija. Ya está. Ya estamos aquí.
Conrada le acarició el cabello.
Y entonces se quedó quieta. Apartó un mechón de la frente de la niña.
—Rita...
Su hermana se acercó.
—¿Qué?
Conrada volvió a mirar el cabello.
—Mírala.
Rita abrió mucho los ojos.
Gran parte del cabello de Alfonsa parecía haberse vuelto blanco.
—¡Virgen santa!
Paquito miró a su hermana.
—¿Qué le pasa?
—Nada —respondió Conrada rápidamente—. No pasa nada.
Pero su voz no consiguió ocultar el miedo.
Esteban regresó poco después.
Conrada salió a su encuentro antes de que entrara en la habitación.
—Ha pasado algo con la niña.
Esteban dejó el capote.
—¿Qué?
—Se quedó encerrada.
—¿Cómo?
Inés explicó lo ocurrido. Esteban la escuchó en silencio. Después entró a ver a su hija. Alfonsa estaba acostada, todavía abrazada a su madre. Esteban se sentó junto a ella.
—¿Qué pasó, hija?
Alfonsa tardó unos segundos en responder.
—Estaba sola.
—¿Y te asustaste?
La niña asintió.
—Mucho.
Esteban miró a Conrada.
No necesitaba que le explicaran más.
—Claro que se ha asustado —dijo—. Se ha quedado sola todo el día en esta casa.
Conrada le señaló el cabello.
—Mira cómo se le ha puesto.
Esteban pasó la mano por uno de los mechones blancos.
Se quedó pensativo.
—Mañana la llevaremos al médico.
Y así lo hicieron. Llevaron a Alfonsa a la consulta de don Carmelo Vara, médico titular de Calaceite.
El médico examinó a la niña con detenimiento. Le hizo algunas preguntas y comprobó que, aparte del miedo y el agotamiento, no parecía tener ningún otro problema.
—Ha sufrido una impresión muy fuerte —les explicó—. Los nervios pueden provocar alteraciones en el cuerpo que a veces no comprendemos del todo.
—¿Se le quedará así? —preguntó Conrada.
—No es algo que vea todos los días, desde luego. Pero no encuentro en la niña signos de ninguna otra enfermedad. De momento, lo mejor es observarla y evitar nuevos sobresaltos. Habrá que esperar.
Don Carmelo se sorprendió de los mechones blancos.
Esteban asintió.
Aquella explicación le tranquilizó.
—Entonces ha sido el susto.
—Es muy posible.
El médico aconsejó que descansara, que no la dejaran sola durante unos días y que procuraran que no volviera a pasar por una situación de miedo semejante.
Al salir de la consulta, Esteban llevaba una expresión algo más tranquila.
—Ya lo has oído —dijo a Conrada—. Ha sido el susto.
Conrada no respondió.
Miraba a su hija.
Durante los días siguientes, el cabello blanco permaneció allí. Pero después comenzaron a aparecer pelos sobre la almohada. Primero unos pocos.
Luego cada vez más. Conrada los recogía en silencio. Una mañana, al peinar a Alfonsa, el cepillo quedó lleno de cabellos.
La niña lo miró.
—Madre...
—¿Qué?
—Se me está cayendo.
Conrada dejó el cepillo sobre la mesa.
—No pienses en eso.
Pero ella sí pensaba en ello. Y mucho.
Esteban seguía confiando en la explicación del médico. Un susto. Solo un susto. Eso era lo que había ocurrido.
Y, sin embargo, cuando por las noches Conrada apagaba la luz, miraba siempre hacia la escalera antes de acostarse. Porque aunque todavía no quería reconocerlo, empezaba a tener miedo de que aquella casa estuviera haciendo daño a sus hijos.