Capítulo XVI #2
La tapa de madera estaba ligeramente desplazada y algunas gotas de agua habían salpicado la piedra que había debajo.
—Mira.
Conrada dejó la labor y fue hasta allí.
—¿Se habrá derramado?
—No estaba así antes.
Rita levantó la tapa.
El agua estaba tranquila.
—Pues yo no he tocado la tinaja.
Conrada pasó los dedos por la piedra húmeda.
—A lo mejor al sacar agua esta mañana ha quedado mal puesta.
—Puede ser.
Rita cogió el cántaro.
—Voy a llenarlo.
Metió el recipiente en la tinaja y sacó agua. Al volver a colocarlo junto a la pared, se escuchó un pequeño chapoteo.
Las dos mujeres se volvieron.
Unas gotas habían caído fuera.
—¿Ves? —dijo Conrada—. Al sacar el cántaro se habrá movido el agua.
Rita asintió.
—Sí.
Pero antes de volver a la mesa, se quedó mirando la tinaja.
—Aunque yo juraría que antes no estaba mojada la piedra.
—Pues te habrás despistado.
Rita sonrió.
—Será eso.
Regresaron a la labor. Pasó otro rato.
Entonces se oyó un ruido detrás de ellas. Un chapoteo. Las dos se volvieron al mismo tiempo. Una pequeña cantidad de agua había salido de la tinaja y había caído sobre la piedra.
Rita se levantó.
—Eso sí que lo he visto.
Conrada también se acercó.
—A lo mejor está demasiado llena.
—No la hemos llenado.
Conrada pasó la mano por el borde.
—Pues tendrá alguna grieta.
—¿Una grieta que tira el agua hacia fuera?
Conrada no respondió.
Cogió un trapo y secó la piedra.
—Mira, no le demos más vueltas.
Volvieron a sentarse.
Durante unos minutos todo permaneció tranquilo.
Hasta que, sin que ninguna de las dos se acercara a la tinaja, se oyó de nuevo:
Chap.
Una gota de agua cayó sobre la piedra. Rita levantó lentamente la cabeza. Conrada hizo lo mismo. Las dos miraron hacia la tinaja.
No dijeron nada.
Finalmente, Rita habló en voz baja.
—A lo mejor la hemos movido al poner el cántaro.
Conrada asintió despacio.
—Sí.
Y después añadió:
—Será eso.
Ninguna de las dos parecía completamente convencida.
Se sentaron junto al fuego cuando, de pronto, la tinaja de agua se tambaleó hacia adelante, la losa que la sustentaba se partió y el recipiente cayó, rompiéndose con estruendo y derramando el agua por toda la cocina.
—¡Virgen Santa! —exclamó Conrada.
Rita agarró rápidamente trapos y sacos que había junto al leñero y comenzó a empaparlos con agua derramada. Su hermana bajó a la sala inferior y subió un par de cubos.
Ambas recogieron el agua.
La tinaja se rompió derramando el agua por el suelo.
—Ahora sabemos por qué salpicaba. La base estaba cediendo y la tinaja se inclinaba. ¡Pues sí que la sujetó bien Esteban! —intentaba convencerse Rita a la par que miraba a su hermana.
No se dijeron nada más aunque aquello no terminaba de convencer a ninguna de las dos.
Los niños regresaron con algarabía. Inés y Paquito llevaban a medias un cubo lleno de caracoles; y aún más, Alfonsa había hecho un hatillo con su delantal y lo traía repleto.
—¡Madre!
—¡Tía Rita!
Las dos mujeres se volvieron hacia la puerta. La voz de Paquito llegaba cada vez más cerca.
—¡Miren lo que hemos cogido!
Los tres niños entraron en la casa casi corriendo.
—¡Mire, madre! —exclamó Paquito—. ¡Hay un montón!
Conrada se acercó al cubo.
—¡Pero bueno! ¿De dónde habéis sacado todos esos?
—Por los ribazos —contestó Alfonsa—. Estaban saliendo por todas partes.
Inés levantó las manos.
—Mire cuántas cabritillas.
Conrada sonrió.
—¡Y buenos serranitos que habéis encontrado también!
Paquito levantó orgulloso el cubo.
—Hay más abajo, cerca de las piedras.
—Pues no los dejéis escapar —dijo Rita—. Vamos a echarlos todos aquí.
Conrada buscó un balde y los niños fueron dejando dentro los caracoles.
—Ahora hay que taparlos bien —dijo Conrada—. No sea que por la noche tengamos caracoles paseándose por toda la casa.
Cogió un saco viejo y lo colocó encima del balde. Lo ató concienzudamente rodeándolo con un cordel, de forma que no dejara ningún hueco por donde se pudieran salir.
—¿Y cuándo nos los vamos a comer? —preguntó Paquito.
Conrada se echó a reír.
—Primero tendrán que purgarse, zagal. Les echaremos un poco de harina y los dejaremos unos días.
—¿Y no se escapan?
—Si hemos tapado bien el balde, no.
Paquito comprobó que el saco quedaba bien sujeto.
—Yo lo vigilo.
—Tú lo que vas a hacer es lavarte las manos —dijo Rita—. Las llevas llenas de barro.
Los tres niños rieron.
Durante unos instantes, la cocina volvió a llenarse de voces y movimiento.
Ninguno de ellos reparó en el agua que seguía extendida por media cocina.
Los niños salieron de nuevo, impacientes por continuar con su recolección. Las mujeres terminaron de baldear la cocina.
Comieron juntos los gazpachos que habían sobrado, pan y buen queso manchego que habían traído de Valdepeñas con ellos. La tarde transcurrió tranquila.
Esteban llegó al atardecer. Traía algo envuelto en el capote. Entró en la casa, saludó a todos y sacó sobre la mesa de la cocina un conejo que llevaba escondido.
—¿Cuándo lo has cazado? —interrogó Conrada.
—Ayer me fijé en un paso que había entre dos matojos. Vi cagarrutas cerca y sospeché que por ahí trasegaban conejos. Esta mañana, antes de llegar al tajo, he puesto un lazo en el paso y a la vuelta me he topado con la cena —dijo sonriendo.
—¡Ea, Rita! Vamos a despellejarlo y lo freímos con ajos y tomate. ¿Qué te parece? —secundó Conrada.
—Y unas patatas a cuartos, que los niños disfrutarán —terció Rita.
Esteban reparó en ese momento en que faltaba la tinaja del agua. Mientras señalaba el lugar preguntó:
—¿Y aquí qué ha pasado?
—¿Qué va a pasar? Que el señor puso mal la piedra, se ha partido con el peso, y adiós tinaja —respondió Conrada.
Las dos hermanas se miraron, intentando convencerse de la explicación más razonable.
—Mujer —habló Esteban de nuevo—. Yo puedo ser cazurro, porque tengo poca letra, pero no soy un desaliñao con los trabajos. Yo sé cierto y verdá que la acomodé bien. Ahora, si la habéis movido o lo que sea, eso ya no lo sé.
—Pos será eso don perfecto; eso o que aquí pasan cosas muy raras.
—Va venga, paciencia, que por mucho que discutamos lo hecho ya no tiene arreglo. Vamos a despellejar el bicho y a cenar… y mañana será otro día.