Capítulo XVI
Conrada se había levantado antes del alba para aprovechar el buen rescoldo que quedaba en la chimenea. Con esmero había tostado, en la ceniza caliente, un par de tortas con las que tenía intención de hacer unos gazpachos viudos ese día.
Las mujeres se iban a quedar en casa. Esa jornada solo hacían falta unos cuantos hombres porque todo estaba embarrado tras la tormenta del día anterior.
En el caldero se estaban sofriendo: una cabeza de ajos, una cebolla y varios tomates, de la conserva en agua y sal que había elaborado Conrada en verano, antes de partir de Valdepeñas.
Le agregó dos cucharadas de manteca, de la que queda en la sartén al freír tocino, una ramita de tomillo y tres hojas de laurel para que tuvieran más sabor.
Rita estaba en la mesa desmenuzando las tortas en cachitos sobre un trapo de lino blanco.
—Qué lastimica no poderle echar un poco de carne. Con lo bien que les vendría una perdiz, o aunque fueran un par de zorzales —dijo Rita.
—No te apures, hermanica, que con una punta de pimentón y el aceite que nos dio el patrón sabrán a gloria. Ya verás tú éste cuando se levante —agregó en alusión a Esteban—. Si no se desayuna un buen plato… no me llamo Conrada.
—No digas en alto que nos dieron una garrafa de aceite o tenemos rápido a la Guardia Civil aquí.
—De dar, nada, Rita. Que es el pago de parte del jornal; así que bien nuestra que es.
—Sí, pero ya sabes que está racionado y no te dejan tener más de dos cuartillos para todo el mes.
—Pos con tenerlo a buen resguardo y la boca cerrada, listos —finalizó Conrada mientras vertía el agua justa en el caldero para la torta disponible.
Cuando el agua rompió a hervir y se fueron integrando todos los sabores, Rita echó los pedacitos de torta y lo removió bien. Aquello olía a pan bendito y pronto lo notó Esteban, que apareció por la puerta, afeitado y componiéndose la camisa.
—¡Madre mía! —exclamó—. Hoy sí que voy a trabajar a gusto.
Conrada sonrió mientras llenaba un cuenco y se lo acercaba.
—Anda, siéntate y come antes de que se enfríe.
Esteban no se hizo de rogar. Se sentó a la mesa y comenzó a comer con ganas, soplando cada cucharada antes de llevársela a la boca.
Conrada le sirvió un plato con varios racimos de uva para acompañar los gazpachos.
—Esto resucita a un muerto —dijo después de probarlo.
—Pues come, que hay más.
—¿Y vosotras no vais a comer?
—Ahora comeremos nosotras. Tú termina, que luego tienes que marcharte.
Esteban siguió comiendo en silencio. De vez en cuando levantaba la bota y daba un buen trago de vino.
Las mujeres habían comenzado a recoger algunas cosas de la cocina.
—¿Seguro que hoy no vais a la finca?
—Seguro. Con el barro que hay no hacemos allí más que estorbar —contestó Rita—. El amo dijo ayer que hoy solo irían unos cuantos hombres.
—Mejor. Así descansáis un poco.
—Descansar, dice —replicó Conrada—. Como si aquí no hubiera faena.
Esteban soltó una pequeña carcajada.
—Bueno, pues hacéis la faena de aquí. Pero al menos no os mojáis.
Terminó el plato, rebañó con un trozo de torta lo que quedaba en el fondo y dejó la cuchara sobre la mesa. Le dio un último trago a la bota.
—¡Ea! Ya estoy preparado.
Se levantó, se ajustó la camisa y buscó la chaqueta.
Antes de salir, se acercó a la puerta y miró hacia el cielo.
—Parece que quiere volver a llover.
—Pues abrígate —le dijo Conrada—. Y no tardes.
—No tardaré.
Esteban tomó un grueso capote, bien encerado, que tenía colgado junto a la puerta, se lo echó sobre los hombros y salió a la calle. Cerró la puerta tras de sí.
Durante unos instantes, la casa quedó en silencio.
Conrada recogió los cuencos del desayuno y los llevó hasta la pila. Rita terminó de guardar en una tartera los gazpachos que habían sobrado; serían para la comida, y después se puso a ayudarla.
La mañana transcurrió sin novedad.
Afuera, de vez en cuando, se escuchaban voces de hombres que pasaban por la calle y algún carro avanzando con dificultad por el barro. Dentro de la casa, las dos mujeres continuaron con sus tareas.
Después de fregar los cacharros del desayuno, Rita fue colocando los platos limpios en el escurridor que había junto a la pila.
Uno detrás de otro.
Con cuidado, para que no se rozaran entre ellos.
—Déjalos ahí que luego los guardo —dijo Conrada.
—Sí.
Los niños habían salido a la calle tras desayunar. Inés tuvo la idea de ir a recoger caracoles en los ribazos cercanos y los pequeños se sumaron con entusiasmo. Llevaban fuera ya un buen rato.
Rita colocó el último plato y se secó las manos en el delantal. Las dos mujeres siguieron con lo suyo. Durante unos minutos no ocurrió nada.
Hasta que se oyó un pequeño ruido.
—Tac.
Rita levantó la cabeza.
Miró hacia el escurridor.
Nada.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Conrada continuó ocupada con la ropa.
—¿El qué?
—Ese ruido.
—No he oído nada.
Rita volvió a mirar los platos.
Entonces sonó otra vez.
—Tac.
Esta vez las dos lo oyeron.
Se miraron.
—Habrá sido un plato que se ha movido —dijo Conrada.
Rita se acercó al escurridor.
Todos estaban en su sitio.
Se volvió hacia su hermana.
—Pues yo no lo he tocado.
Conrada iba a contestar cuando volvió a escucharse.
—Tac, tac, tac, tac...
Los cuatro golpes fueron rápidos y seguidos.
Las dos mujeres quedaron inmóviles.
El ruido parecía venir de entre las ranuras del escurridor, como si alguien estuviera pasando un palo por ellas.
—¿Qué puñetas…? —murmuró Rita.
Y entonces se descolgó el escurridor por una punta y comenzaron a caer los platos. Rita se aprestó a agarrarlo y subirlo para evitar perder toda la loza. Conrada se echó las manos a la cabeza y corrió a ayudar a su hermana.
—¡Busca algo para apuntalarlo! —exclamó Rita.
Conrada tomó un palo del leñero, grueso como el brazo y de más de un metro de largo. Lo apoyó sobre la losa de piedra situada junto a la cocina económica para que Rita pudiera soltar el peso.
—¡La jodía alcayata ha cedido! —dijo Conrada.
Rita observó el anclaje, pero la alcayata seguía en su lugar, clavada con fuerza en la pared. Miró el escurridor y la anilla metálica se había abierto ligeramente. Rita colocó un recio cordel en su lugar y volvió a colgar el escurridor con la ayuda de su hermana. Y quedó sujeto igual que antes.
Las dos se miraron.
—Esteban dirá lo que quiera, pero aquí pasa algo que no es normal —dijo Conrada recogiendo los pedazos de plato rotos.
Rita no contestó. Seguía mirando el escurridor.
—La alcayata no ha sido —dijo al cabo de un momento.
—Se ha abierto la anilla.
—Sí, pero yo he oído los golpes antes de que se soltara.
Conrada dejó los trozos de loza sobre un paño.
—Sería algún plato que se movía.
Rita la miró, pero no quiso seguir discutiendo.
—Anda, vamos a terminar lo que estábamos haciendo.
Conrada asintió.
Se sentó junto a la mesa y cogió una de las prendas que tenía preparadas para remendar.
—¿Dónde he puesto el canastillo?
Rita señaló hacia una silla.
—¿No estaba ahí?
—No.
Conrada miró debajo de la mesa.
—Pues lo tenía esta mañana. Lo dejé preparado con las agujas y los hilos porque quería arreglar unas camisas.
—A lo mejor lo has llevado a la habitación.
Se levantó y comenzó a buscar. Miró encima de la cómoda, abrió un cajón y después comprobó junto a la pila.
—Aquí tampoco.
Rita dejó lo que estaba haciendo y se puso a ayudarla.
—¿Cómo era?
—El pequeño, el de mimbre. Tenía dentro las agujas, los carretes y las tijeras.
—Pues vamos a buscarlo.
Las dos recorrieron la cocina.
Miraron sobre las sillas, debajo de la mesa y junto al hogar.
Nada.
Conrada empezó a impacientarse.
—Pero si lo he dejado aquí mismo. Estoy segura.
—¿Y si lo llevaste al desván?
Conrada la miró.
—¿Para qué iba yo a llevarlo allí?
—No sé. Por decir algo.
—No. Allí no lo he subido.
Continuaron buscando.
Hasta que Rita se quedó quieta.
—Conrada.
—¿Qué?
—Mira encima de la tinaja.
Conrada volvió la cabeza.
El pequeño canastillo estaba allí.
Las dos se acercaron.
—Pero... ¿cómo ha ido a parar ahí? —dijo Conrada.
Rita lo cogió.
—¿No lo habrás puesto tú?
—Que no.
—Pues alguien lo habrá puesto.
Conrada abrió el canastillo. Dentro estaban las agujas, los carretes de hilo y las tijeras, todo en su sitio.
—A lo mejor lo he dejado ahí sin darme cuenta.
—¿Encima de la tinaja?
—Pues sí. Qué sé yo.
Conrada volvió a sentarse.
—Anda, dame el hilo blanco y vamos a terminar de una vez.
Rita le pasó el carrete.
Durante unos minutos las dos mujeres se concentraron en la labor. Ninguna volvió a mencionar el escurridor.
Pero cuando Conrada estaba a punto de clavar la aguja en la tela, se detuvo.
—Las tijeras.
—¿Qué?
—No están.
Rita miró el canastillo.
—¿Cómo que no están?
—Las tenía dentro hace un momento.
Las dos miraron alrededor.
Sobre la mesa no había nada.
Conrada se levantó.
—No pueden haber desaparecido.
Rita apartó la silla.
—Mira debajo.
Buscaron por el suelo.
Nada.
Hasta que Rita levantó los ojos hacia la cocina. Las tijeras estaban encima de la losa de piedra, justo al lado del palo que Conrada había utilizado para apuntalar el escurridor.
Las dos mujeres se quedaron mirándolas. Conrada fue la primera en acercarse.
Las cogió despacio.
—Esto ya no me hace ninguna gracia.
Rita miró las tijeras sobre la losa.
—Bueno... tampoco es para tanto.
Conrada se volvió hacia ella.
—¿Cómo que no es para tanto? Primero los platos, después el canastillo y ahora las tijeras.
—Las tijeras las habremos dejado nosotras.
—¿Dónde?
Rita se encogió de hombros.
—Pues ahí. Alguna de las dos.
Conrada no respondió. Volvió a la mesa y continuó con la costura. Durante un rato no ocurrió nada más.
La casa recuperó su silencio habitual. Solo se escuchaba el ruido de la aguja atravesando la tela y, de vez en cuando, algún golpe de leña al consumirse en la chimenea.
Rita se levantó para ir a buscar agua. Al acercarse a la tinaja, se detuvo.
—Conrada.
—¿Qué?
—¿Has dejado mal puesta la tapa?
Conrada levantó la cabeza.
—No.
Rita se acercó un poco más.