Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XV #2
70%

Capítulo XV #2

​Nadie volvió a preguntar nada. Primero había que quitarles aquella ropa mojada, calentarlos y averiguar qué había sucedido.

​La casa estaba allí delante. A menos de cien metros. Y mientras se acercaban, Esteban miró hacia las ventanas.

​Todo parecía tranquilo.

​Al entrar en la casa, Conrada avivó inmediatamente el fuego y procuró añadirle ramas secas.

​Las llamas altas calentaron rápidamente la estancia.

​—Hay que quitarles esa ropa mojada —dijo—. Se van a quedar helados.

Esteban les preguntó por qué salieron corriendo.

Rita llevó a Inés a la habitación mientras Conrada ayudaba a Alfonsa. Esteban se ocupó de Paquito.

​Entre los tres consiguieron quitarles la ropa húmeda y los vistieron con prendas secas y calientes. Después los sentaron un rato junto al fuego, envueltos en mantas, hasta que dejaron de tiritar.

​Paquito seguía llorando, moqueando y sorbiendo de vez en cuando.

​—Ya está, hijo mío —le decía Esteban mientras le sonaba la nariz con un pañuelo—. Ya ha pasado.

​Al poco rato, Conrada preparó algo caliente para los tres.

​Cuando estuvieron un poco más tranquilos, Rita los llevó a la habitación. Los tres niños se metieron juntos en la cama, todavía arropados hasta la barbilla.

​Esteban se quedó de pie junto a ellos.

​—Bueno —dijo—. Ahora vais a contarme qué ha pasado.

​Los niños se miraron.

​Durante unos segundos ninguno se atrevió a hablar.

​—Ha sido la casa —dijo finalmente Paquito.

​Esteban frunció el ceño.

​—¿Qué ha hecho la casa?

​—Había ruidos.

​—¿Qué clase de ruidos?

​Paquito miró a Alfonsa.

​—Pasos.

​—Y golpes —añadió Alfonsa.

​Esteban miró a Inés.

​—¿Y tú qué viste?

​La niña permaneció callada.

​Rita se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo.

​—Venga, hija. Cuéntale a tu tío lo que pasó.

​Inés respiró profundamente.

​—Arriba... había un hombre.

​Esteban la miró con atención.

​—¿Una persona?

​La niña asintió.

​—Colgada de una cuerda.

​Rita abrió los ojos.

​—¿Qué dices?

​—Yo la vi.

​Paquito se incorporó un poco bajo las mantas.

​—Yo también oí los pasos.

​Alfonsa apretó los labios.

​—Y la puerta se cerró sola.

​Los tres comenzaron a hablar a la vez, cada uno contando lo que recordaba.

​Que habían oído golpes. Que habían escuchado pasos. Que el viento había empezado a soplar muy fuerte. Que la puerta de arriba se había cerrado. Que habían intentado salir. Que después habían corrido por la calle hasta encontrar el porche.

​Esteban levantó una mano.

​—A ver, a ver... Uno cada vez.

​Los niños fueron callando.

​El hombre los observó durante unos segundos. Estaban realmente asustados. Eso no ofrecía ninguna duda.

​Pero tampoco había que olvidar que eran niños, que habían pasado varias horas solos y que aquella tarde había habido una tormenta.

​—Bueno —dijo finalmente—. Ya estáis aquí. No ha pasado nada.

​Inés lo miró.

​—Sí que pasó.

​Esteban sostuvo su mirada. La niña bajó los ojos.

​—Yo vi una persona.

​—Ya me lo has dicho.

​—Estaba colgada.

​Esteban le sonrió con paciencia.

​—¡Ea! Pues vamos a ver qué era —dijo levantándose—. Voy a subir a mirar.

​Rita lo miró con cierta inquietud.

​—¿Ahora?

​—Ahora. Todavía hay luz y quiero saber qué ha pasado ahí arriba.

​Inés lo siguió con la mirada.

​—Yo vi una persona.

​—Ya me lo has dicho, hija.

​—Estaba colgada de una cuerda.

​Esteban le acarició suavemente la cabeza.

​—Pues vamos a ver qué has visto.

​Se encaminó hacia la escalera. Antes de llegar a la puerta se detuvo un instante y miró hacia atrás. Sonrió intentando tranquilizar a los niños.

​—Vosotros quedaos aquí.

​Los tres niños asintieron en silencio.

​Esteban abrió la puerta inferior y comenzó a subir los estrechos escalones. Rita permaneció junto a los niños, escuchando cómo sus pasos se alejaban hacia arriba.

​Llegó hasta la puerta de la azotea y la examinó con detenimiento. Lo primero que vio fue la madera rota. Se agachó y pasó los dedos por una de las tablillas. Estaba partida y una parte había quedado atravesada detrás de la puerta, encajada contra el marco.

​—Ya tenemos una cosa —murmuró.

​Probó a moverla y comprendió enseguida lo que había ocurrido.

​La ráfaga de viento había cerrado la puerta de golpe y, al hacerlo, había roto aquella tablilla. El trozo de madera había quedado encajado detrás, haciendo de tranca.

​Esteban empujó con la mano y la madera cedió fácilmente.

​—Con razón no podían abrirla —dijo para sí.

​Volvió a mirar la puerta.

​Todo encajaba. El portazo, la madera rota y los tirones de Inés hasta conseguir abrirla.

​Para Esteban, al menos, aquel misterio estaba resuelto.

​Se incorporó y echó un vistazo alrededor del desván. Entonces reparó en la maroma que colgaba de la viga. El aire todavía movía algunos trapos del desván y hacía oscilar suavemente la gruesa soga.

​Esteban se acercó unos pasos. Miró la cuerda. Después levantó la vista hacia la pared.

​Allí estaba la sombra.

​Y durante unos segundos se quedó observándola, sin comprender qué era aquello que había podido asustar tanto a los niños.

​Se volvió lentamente, dando una vuelta completa sobre sí mismo, mirando bien en todas direcciones. Algo apartado, colgado también de una viga, había un saco que parecía lleno de lana, pita o algún tipo de hilambre. Presentaba tres ataduras: una en cada extremo y otra en la mitad.

​Supuso que podría recordar a una figura humana si se viera en mitad de una tormenta, con viento moviéndolo todo.

​Se acercó hasta la puerta de la escalera y comprobó que la sombra de la cuerda y la del saco coincidían en la pared con la tenue luz del atardecer.

​Esteban asintió satisfecho.

​—Eso será lo que vio la niña.

​Cerró la puerta de la azotea, corrió el pasador y comenzó a bajar los escalones.

​Apenas había descendido unos cuantos cuando, detrás de él, la gruesa maroma volvió a oscilar.

​Primero lentamente.

​Después con un balanceo cada vez más amplio.

​Su sombra se deslizó por la pared de un lado a otro, alargándose y encogiéndose con cada movimiento, mientras el saco permanecía inmóvil.

​Esteban siguió bajando sin volver la cabeza.

​La maroma continuó balanceándose.

​Y durante unos instantes, su sombra pareció tener el movimiento pausado y pesado de alguien que pendiera de ella.

​Después, poco a poco, todo volvió a quedar quieto.