Capítulo XV
A media mañana, la casa estaba tranquila.
Hacía ya unas horas que los mayores se habían marchado y los tres niños se habían quedado solos, como otras veces. Afuera hacía frío, pero el sol había ganado fuerza y entraba por las ventanas de la planta baja formando rectángulos de luz sobre el suelo.
Alfonsa estaba sentada junto a la mesa, ocupada en una labor que su madre le había dejado preparada antes de salir. Paquito jugaba en el suelo con unas piedras pequeñas que había recogido del patio e Inés estaba sentada cerca de la lumbre, mirando de vez en cuando hacia la escalera.
—¿Qué miras? —preguntó Alfonsa.
—Nada.
—Pues deja de mirar.
Inés sonrió y volvió los ojos hacia el fuego.
Durante unos minutos solo se escucharon los pequeños ruidos de la casa: el crepitar de las brasas, el roce de las piedras que Paquito movía por el suelo y, de vez en cuando, algún crujido de la madera.
Todo parecía normal.
Hasta que, desde la planta de arriba, llegó un golpe seco.
Los tres levantaron la cabeza.
Paquito dejó las piedras sobre el suelo.
—¿Qué ha sido eso?
Alfonsa escuchó atentamente.
—Nada.
—Sí que ha sonado.
—Habrá sido un conejo.
—Los conejos no hacen ese ruido.
Alfonsa miró hacia la escalera.
Durante unos segundos no se oyó nada más.
—Será alguna cosa que se ha caído —dijo finalmente.
Paquito volvió a coger sus piedras.
De pronto, una nube cubrió toda la calle y oscureció la cocina. Parecía acercarse una tormenta.
Entonces llegó otro golpe. Esta vez más fuerte. Y los tres niños se quedaron mirando hacia la puerta de la escalera.
—Si el viento ha tirado algo, deberíamos ir a recogerlo —indicó Alfonsa.
—Yo creo que deberíamos esperar a que vuelva tu padre. No le gusta que subamos.
Casi no terminó de hablar cuando escucharon una sucesión de pasos apresurados. Era arriba, sin duda.
—Los conejos se han salido de la jaula —dijo Alfonsa—. El viento vuela; no corre.
Inés miró hacia la escalera.
—Vamos los tres. Yo voy delante y no os apartéis de mí.
Inés tomó despacio el picaporte de la puerta inferior. Lo movió lentamente y abrió. La empinada y angosta escalera se iluminó levemente. La puerta de arriba estaba cerrada. Tenía puesto un cerrojo de pasador que solo se podía abrir y cerrar desde dentro.
Afuera no se oía nada. No había viento.
Inés miró a sus primos.
—¿Si no hay viento, cómo puede haberse caído nada?
—Verás como son los conejos que se han escapado —insistió Alfonsa.
Con gran prudencia, Inés descorrió el cerrojo. La puerta de madera se abrió hacia afuera con un leve chirrido de los goznes.
Estaba oscuro. La tormenta parecía acercarse, pero se veía perfectamente toda la azotea descubierta y el porche cubierto que se usaba como desván.
Estaba cerrado por tres lados con pared, por lo que ofrecía cierto refugio.
Allí estaba la jaula de los conejos, a resguardo del sol y las inclemencias del tiempo, junto con un buen número de enseres, trapos, sacos y otros trastos viejos.
La jaula tenía tres compartimentos. En los de los lados estaban las hembras, puesto que contaban con sendos cajones de madera para parir a sus gazapos. En el de la mitad estaba el macho.
—Pos los conejos no son. Los tres están en la jaula —dijo Paquito con un hilillo de voz temeroso.
Inés dio unos pasos y sus primos la siguieron.
De pronto vio en el suelo el cubo de metal que usaba su tío para dar agua a los animales.
Los niños subieron a inspeccionar la azotea.
—Esto ha sido. Los conejos han pateado la jaula y han tirado el cubo.
—Pero los cubos no corren, Inés —susurró Paquito.
De pronto se levantó una ráfaga de aire y la puerta se cerró con un sonoro portazo. El repentino viento levantó el polvo de la azotea y todos los trapos que estaban en el desván.
Los niños corrieron a la puerta.
No se abría.
Inés tiró con fuerza. Paquito lloraba asustado. Alfonsa lo tenía abrazado, aparentando valor, pero tampoco las tenía todas consigo.
Era imposible.
La puerta solo podía atrancarse si alguien corría el perno dentro del cerradero, por el interior.
Inés dio varios tirones con todas sus fuerzas y la puerta se abrió de golpe con un crujido de madera rota.
El viento arreciaba con más fuerza, casi formando un remolino.
—¡Bajad, rápido! —gritó Inés.
Los dos pequeños se apresuraron, corriendo escaleras abajo. Inés giró la vista hacia el fondo del desván. De una viga colgaba una gruesa maroma que el viento hacía oscilar como un péndulo. Proyectaba una sombra en la pared…
Inés abrió los ojos, asustada.
En un extremo de la sombra se veía colgar un gran bulto oscilando con el vaivén de la cuerda.
Era la silueta de una persona, pero la soga no tenía nada colgado.
La niña saltó al interior de la caja de la escalera.
Corrió el cerrojo y bajó los escalones de dos en dos. Cerró la puerta inferior. Corrió hasta la cocina. Allí estaban sus primos, acurrucados en un rincón. Los miró desde el umbral, jadeando, con la boca abierta, con el susto en el cuerpo. Los pequeños la miraban buscando el refugio de su valor.
Recordó la fotografía de su padre… su talismán.
Por un instante pensó en ir a la habitación a buscarla. Pero el miedo pudo más que ella. Se acercó a sus primos y se agachó junto a ellos.
—No pasa nada —dijo, aunque su voz temblaba—. Ha sido el viento.
Paquito negó con la cabeza.
—Yo he oído pasos.
—Yo también —dijo Alfonsa.
Los tres permanecieron en silencio.
Desde la planta superior llegó un ruido sordo.
Después otro.
Parecía que alguien caminaba despacio por el desván.
Alfonsa apretó a Paquito contra ella.
—¿Lo oyes?
Inés asintió.
Los pasos se detuvieron.
Durante unos segundos no se escuchó absolutamente nada.
Entonces sonó un golpe seco contra la puerta.
Los tres niños dieron un respingo.
—¡Nos vamos fuera! —dijo Alfonsa.
Corrieron hacia la puerta de la calle.
Paquito llegó primero. Intentó abrirla, pero se detuvo al instante.
—Está cerrada.
—Pues abre.
—¡No puedo!
Inés llegó junto a ellos y agarró el picaporte.
Tiró.
La puerta no se movió.
Volvió a intentarlo. Nada.
—Se habrá hinchado la madera —dijo Alfonsa.
Pero en ese momento volvieron a oír los pasos.
Esta vez no procedían del desván. Procedían de la escalera e iban acompañados de un sonido metálico, como el del roce de una cadena.
Un paso.
Otro.
Otro más.
Algo pesado se arrastraba tras aquellos pasos, como una condena.
Los niños se quedaron inmóviles.
Alguien estaba bajando.
Inés miró hacia la puerta de la escalera.
Y entonces recordó las palabras de su padre.
«Cuando tengas miedo, piensa en mí.»
Cerró los ojos.
—Papá…
El último paso se detuvo.
Silencio.
Inés abrió los ojos.
La puerta de la escalera seguía cerrada.
Pero por debajo de ella comenzó a pasar lentamente una sombra.
Inés retrocedió un paso.
Entonces, sin pensarlo, tiró del picaporte de la puerta de la calle.
La puerta se abrió.
—¡Corred!
Los tres salieron disparados de la casa.
La llovizna había empezado a caer sobre el pueblo. Era una lluvia fina y fría que apenas se veía, pero que en pocos minutos había comenzado a mojar las piedras de la calle.
Los niños corrieron cuesta abajo sin volver la cabeza.
Paquito lloraba.
Alfonsa lo llevaba agarrado de la mano, tirando de él para que no se quedara atrás.
—¡Corre, Paquito! ¡Corre!
Inés iba detrás de ellos.
No sabía adónde iban. Solo quería alejarse de la casa.
Doblaron una esquina y siguieron por una calle estrecha hasta encontrar el porche de una vivienda que parecía deshabitada. Allí se refugiaron.
Estaban mojados. La lluvia se había intensificado y el agua empezaba a correr en hilillos por el pavimento.
Paquito se dejó caer contra la pared, llorando todavía. Alfonsa se sentó a su lado y lo abrazó.
—Ya está. Ya estamos fuera.
Los tres permanecieron unos instantes sin hablar. Solo se escuchaba la lluvia cayendo sobre las tejas del porche.
Alfonsa respiró profundamente.
—Aquí no puede pasarnos nada.
Inés no contestó. Miraba hacia la calle por la que habían venido. A lo lejos, entre las fachadas de las casas, apenas podía distinguirse la parte superior de la vivienda.
La casa.
La niña sintió un escalofrío.
—¿Qué miras? —preguntó Alfonsa.
Inés bajó los ojos.
—Nada.
—¿Tienes miedo?
Inés negó con la cabeza.
—No.
Alfonsa la miró sorprendida.
—¿Entonces por qué estás tan seria?
Inés tardó unos segundos en responder.
—Porque eso de ahí dentro no era papá.
Alfonsa no dijo nada.
Paquito levantó la cabeza.
—¿Entonces quién era?
Inés miró de nuevo hacia la casa.
—No lo sé.
El tiempo pasó sin que ninguno de los tres niños se diera cuenta.
El cansancio, el miedo y el frío terminaron por vencerlos.
Acurrucados bajo el porche, permanecieron juntos, medio dormidos, escuchando el murmullo de la lluvia sobre las tejas.
Cuando volvieron a abrir los ojos, la tarde estaba ya avanzada. La luz había comenzado a desaparecer de las calles y el frío se había hecho más intenso.
Los tres estaban empapados.
Alfonsa tenía los brazos alrededor de Paquito, que tiritaba sin parar. Inés permanecía sentada a su lado, con la ropa húmeda pegada al cuerpo.
Fue entonces cuando escucharon voces. Venían por la calle.
—Mira —dijo Conrada de pronto—. ¿Esos no son los niños?
Esteban levantó la cabeza. A unos cien metros de la casa, bajo el porche de una vivienda, distinguió tres pequeñas figuras.
—¡Pero qué hacen ahí! —exclamó.
Los tres echaron a andar deprisa.
Cuando estuvieron más cerca, Esteban comprendió que algo no iba bien. Los niños estaban mojados de arriba abajo y tiritaban de frío.
—¡Pero bueno! —dijo Conrada—. ¿Qué hacéis aquí?
Ninguno contestó.
Esteban se agachó junto a Paquito.
—Ven aquí, zagal.
Lo levantó en brazos y lo envolvió con su propia chaqueta. Conrada cogió a Inés y la apretó contra su cuerpo, tratando de darle calor.
Rita se acercó a Alfonsa.
—Ven conmigo, hija.
La niña apenas reaccionó. Rita la levantó en brazos y la cubrió con su mantón.
—Vamos a casa.
Los tres adultos emprendieron el camino de regreso.