Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XIV
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Capítulo XIV

​Aquella noche, después de cenar, la casa fue recobrando poco a poco su silencio.

Había sido un día largo. El frío había acompañado a la familia desde primera hora de la mañana y todos estaban cansados.

Conrada recogió la mesa con ayuda de Alfonsa, mientras Rita terminaba de lavar los últimos platos.

​Esteban, sentado junto al fuego, se quitó las botas y estiró las piernas.

​—Mañana habrá que madrugar —dijo—. Si no hiela otra vez, podremos empezar pronto a limpiar los libazos de la finca.

​—Hoy ya hemos adelantado bastante —respondió Conrada.

​—Sí, pero queda mucho por hacer.

​Los niños, entretanto, habían perdido ya las ganas de jugar. Paquito bostezaba sin disimulo y Alfonsa se frotaba los ojos.

​—Venga, zagales —dijo Esteban—. A la cama.

​Los tres obedecieron sin protestar. Inés se detuvo un instante antes de salir de la cocina y miró hacia su madre. Rita la observó.

​—¿Qué pasa?

​—Nada.

​—Pues venga.

​La niña sonrió y siguió a sus primos. Poco después, la casa quedó a oscuras. Las habitaciones se fueron llenando del silencio propio de la noche. Afuera, el viento había comenzado a levantarse y, de vez en cuando, hacía crujir las ramas de los árboles que rodeaban la casa.

​Rita se acostó junto a Inés. La niña se arropó hasta la barbilla.

​—Madre…

​—¿Qué quieres?

​—¿Está enfadada conmigo?

​Rita giró la cabeza hacia ella.

​—¿Por qué iba a estarlo?

​—Por lo de papá.

​La mujer permaneció unos segundos en silencio.

​—No estoy enfadada contigo, hija.

​—¿Seguro?

​—Seguro.

​Inés se acomodó sobre la almohada.

​—Él me quiere.

​Rita sintió un pequeño nudo en la garganta.

​—Sí —respondió suavemente—. Estoy segura de que te quería mucho.

​La niña cerró los ojos.

​—Buenas noches, madre.

​—Buenas noches, hija.

​Al poco rato, la respiración de Inés se hizo lenta y acompasada.

​Rita permaneció despierta unos minutos más, mirando la oscuridad. Pensó en Pedro, en su hija, en las palabras que había pronunciado aquella tarde. Y también en lo que Conrada le había dicho. Quizá, después de todo, no había nada malo en que una niña hablase con su padre cuando lo echaba de menos.

​La mujer cerró los ojos. La casa quedó completamente en silencio. Pasó algún tiempo. No supo cuánto; puede que más de dos horas. Hasta que una débil corriente de aire helado la despertó.

​Abrió los ojos. Sintió frío. Se giró hacia Inés y la arropó bien. Se cubrió con la manta hasta la altura de los ojos. Y se adormiló de nuevo.

​Un ruido la despertó. Durante unos segundos no comprendió qué había sido aquello. Entonces lo oyó de nuevo.

​Un crujido: lento, profundo. Rita permaneció inmóvil mientras un escalofrío le recorría la espalda.

​Miró a Inés. La niña seguía dormida.

​Otro crujido. Esta vez más claro. Rita levantó ligeramente la cabeza.

​El sonido procedía del sofá. Estaba colocado junto a la pared, al pie de la cama. Era un mueble viejo, de aquellos que servían lo mismo para sentarse durante el día que para dormir cuando hacía falta.

​El dueño de la casa lo había fabricado con el asiento de un viejo camión y colocado sobre un soporte con cuatro patas de hierro. Los muelles del interior protestaban con facilidad y a veces crujían incluso cuando nadie se movía.

​Rita lo sabía. Por eso trató de tranquilizarse. Quizá alguno de los muelles se había desplazado. Volvió a cerrar los ojos.

​Entonces escuchó un sonido diferente. El sofá crujió otra vez. Pero esta vez no fue un solo muelle. Pareció hundirse todo el asiento. Como si alguien acabara de sentarse.

​Rita abrió los ojos de golpe. Miró hacia el sofá. La oscuridad apenas le permitía distinguir su silueta.

​No había nadie.

​Se incorporó un poco en la cama.

​Esperó.

​Nada.

​—Será el frío —murmuró para sí.

​Se tumbó de nuevo.

​Entonces el sofá volvió a crujir. Un muelle. Después otro. Y otro. El asiento parecía hundirse lentamente bajo un peso que no podía ver.

​Rita dejó de respirar durante unos segundos. Miró a su hija. Inés seguía profundamente dormida.

​—¿Quién anda ahí? —preguntó en voz muy baja.

​No obtuvo respuesta. El sofá permaneció inmóvil.

​Rita tragó saliva.

​Quizá había sido un animal. Algún gato que hubiese entrado en la habitación.

​Se incorporó con cuidado y buscó a tientas la caja de cerillas que guardaba junto a la cama. Encendió una. La pequeña llama iluminó la habitación.

​El sofá estaba vacío.

​Rita recorrió con la mirada cada rincón. No había nadie. La llama tembló entre sus dedos. Apagó la cerilla y volvió a acostarse.

​Esta vez no cerró los ojos. Permaneció mirando hacia el sofá. Esperando.

​Durante varios minutos no ocurrió nada. Hasta que, de pronto...

​El asiento volvió a hundirse. Muy despacio. Primero una parte. Después la otra. Haciendo chirriar los muelles. Como si alguien acabara de acomodarse.

​Rita sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza dentro del pecho.

​Y entonces escuchó algo que la dejó completamente paralizada. Un suspiro: largo, prolongado. Un lamento… humano.

​Procedía del sofá. Rita saltó como un resorte. No era una mujer cobarde, pero en ese momento sintió como si un intenso frío le helara las venas. Agarró la caja de cerillas y con rapidez prendió uno de los fósforos. Lo acercó al cabo de la vela y al instante se iluminó la estancia.

​Inés abrió los ojos.

​—¿Qué pasa, madre?

Rita se sobresaltó por los ruidos en el sofá de muelles.

Pero Rita no contestó. Permanecía con la mirada fija en el sofá. Justo en la mitad del asiento había una pequeña depresión; el hoyo que provocaría una persona sentada en ese lugar.

​Y lentamente, muy despacio, el cuero del sofá empezó a elevarse como si alguien se estuviera levantando en ese preciso momento.

​Rita permaneció inmóvil, con la vela en la mano.

​La depresión del asiento desapareció poco a poco hasta que el cuero recuperó su forma.

​Inés, completamente despierta, miraba también hacia el sofá.

​—¿Qué pasa, madre? —repitió.

​Rita no contestó. La llama de la vela tembló ligeramente. Durante unos segundos no ocurrió nada. Entonces, desde el otro lado de la habitación, llegó un nuevo crujido.

​Esta vez fue más fuerte.

​El sofá volvió a hundirse.

​Rita sintió que el miedo le paralizaba las piernas.

​—¡Dios mío! —susurró.

​Inés se incorporó en la cama.

​—Madre...

​Rita se volvió hacia ella y la abrazó con fuerza.

​—No mires.

​Pero la niña ya había visto el sofá.

​—No es papá.

​Rita se quedó quieta. La miró sin comprender.

​—¿Qué has dicho?

​—Que no es papá.

​—¿Cómo lo sabes?

​Inés señaló hacia la fotografía que Rita había dejado guardada en el cajón.

​—Porque papá no hace esas cosas.

​Rita sintió un nuevo escalofrío.

​—¿Qué cosas?

​La niña tardó unos segundos en responder.

​—Papá me da calor.

​Rita no dijo nada.

​—Y cuando está cerca no tengo miedo.

​El sofá volvió a crujir. Esta vez los muelles se quejaron con un sonido largo y desagradable.

​Rita estrechó todavía más a su hija contra el pecho. Una corriente de aire recorrió la habitación haciendo crujir la madera de la puerta. Apagó la vela. Rita hubiera jurado que la mismísima Parca la había atravesado.

​—Calla, hija.

​—No tengas miedo.

​—¿Cómo quieres que no tenga miedo?

​Inés apoyó la cabeza contra su madre.

​—Porque papá está aquí.

​Rita miró hacia la oscuridad.

​—¿Dónde?

​La niña levantó un dedo y señaló la pequeña cómoda donde Rita guardaba algunas de sus cosas. La madre encendió de nuevo la vela y la elevó para ver mejor.

​—Allí.

​Rita siguió la dirección de su dedo.

​No vio nada. Solo la oscuridad de la habitación rota por el débil resplandor de la vela.

​—No hay nadie.

​—Sí que está.

​—¿Lo ves?

​—No.

​—Entonces, ¿cómo sabes que está?

​Inés se quedó pensando.

​—Lo sé.

​Rita sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. No sabía qué pensar. Su hija hablaba con una seguridad que no parecía propia de una niña de su edad.

​Entonces ocurrió algo que ninguna de las dos esperaba. La llama de la vela comenzó a alargarse. Durante un instante se hizo más brillante y una luz suave llenó la habitación.

​Rita miró a Inés. La niña sonrió.

​—¿Ves?

​La mujer no respondió.

​Por un instante, creyó distinguir sobre la pequeña cómoda la silueta de una fotografía.

​Acercó la vela.

​La imagen había desaparecido. Rita parpadeó y volvió a mirar. Sobre la cómoda no había nada. Solo algunos objetos que la penumbra deformaba bajo la luz temblorosa de la vela.

​—¿Qué has visto? —preguntó Inés.

​—Nada.

​Pero Rita sabía que no era cierto.

​Recordó entonces la fotografía de Pedro. La había guardado en el cajón. Se levantó lentamente de la cama, cogió la vela y se acercó a la cómoda. Abrió el cajón.

​La fotografía seguía allí.

​Rita se quedó mirándola durante unos segundos. La tomó entre los dedos. Al hacerlo, sintió un calor extraño en las manos.

​Cerró los ojos un instante.

​Aquel calor no se parecía en nada al frío que había sentido unos minutos antes. Era agradable. Tranquilizador. Como si alguien le infundiera paz.

​Miró a su hija.

​Inés seguía sentada en la cama.

​—Es papá —dijo.

​Rita no contestó. Por primera vez, no quiso discutir con ella. Volvió a guardar la fotografía y cerró el cajón. Después regresó junto a su hija.

​—Vamos a dormir.

​—¿Y él?

​Rita miró hacia el sofá.

​El asiento estaba completamente quieto.

​—Si papá está aquí —dijo después de unos segundos—, que nos cuide.

​Inés sonrió.

​—Lo hará.

​Rita apagó la vela.

​La habitación volvió a quedar a oscuras. Durante un rato solo se escuchó la respiración de las dos.

​Entonces, desde el sofá, llegó un último crujido.

​Rita abrió los ojos.

​No quiso mirar.

​Inés tampoco. Y unos segundos después, desde algún lugar de la casa, se escucharon tres golpes secos.

​Toc. Toc. Toc.

​Sobre la casa arreciaba el viento y parecía mover algo suelto en el desván. Escucharon ruido de cadenas que se arrastraban como si alguien moviera algo pesado.

​Las dos permanecieron inmóviles. Después, nada. El silencio volvió a apoderarse de la habitación.

Pero aquella noche Rita ya no volvió a dormir plenamente. Permaneció en duermevela un buen rato, hasta que el cansancio la venció.

​Serían algo más de las cinco cuando escuchó ruido en la cocina. Esta vez era un ruido claro. Había alguien trasteando. Se levantó, buscó sus zapatillas y salió al pasillo. La luz de la cocina estaba encendida y el calor de la chimenea empezaba a notarse.

​Conrada estaba cocinando unas tortas de sartén que inundaban el lugar de un agradable olor a masa tostada. Esteban estaba aún en la habitación. Le pareció oírle canturrear, como cuando se afeitaba. Entró en la cocina.

​—Buenos días —susurró.

​Conrada la miró de arriba a abajo.

​—Qué cara traes, niña. Las ojeras te llegan a la barbilla.

Conrada preparó unas deliciosas tortas de sartén.

—He dormido muy mal —respondió—. Anoche ocurrió algo que no sé explicar.

​Esteban entró en ese momento, vestido, afeitado y oliendo a agua de barbero.

​—Sería por el viento. Ha soplado toda la noche —interrumpió el hombre—. Ya me imagino las aceitunas que habrá tirado. Estará bueno el patrón.

​Rita se quedó unos segundos en silencio. Miró a su hermana. Conrada había dejado de dar vueltas a las tortas y la observaba con atención.

​—No ha sido solo el viento —dijo finalmente Rita.

​Esteban se sentó junto al fuego y acercó las manos al calor.

​—¿Y qué ha sido entonces?

​Rita dudó.

​No sabía por dónde empezar. Si contaba lo del sofá, los golpes y aquella sensación de que alguien había estado en la habitación, probablemente Esteban encontraría una explicación para cada cosa.

​—El sofá —dijo al fin.

Esteban levantó la mirada.

​—¿Qué le pasa al sofá?

​Y, como quien no pone demasiado interés, cogió una de las tortas que Conrada acababa de sacar de la sartén y la partió con las manos.

​—Come algo, Rita. Hoy tenemos faena.

​Rita obedeció. Tenía el estómago cerrado, pero tomó un trozo y empezó a comer despacio.

​Conrada la observaba.

​—¿De verdad no quieres contarme qué pasó?

​Rita negó con la cabeza.

​—Luego.

​No quería hablar delante de Esteban.

​A los pocos minutos, la casa empezó a despertar. Se escucharon pasos en el pasillo y la voz de Alfonsa llamando a su madre. Después apareció Paquito, todavía medio dormido, frotándose los ojos.

​La mañana siguió su curso como cualquier otra.

​Esteban preparó las herramientas. Conrada terminó de recoger la cocina. Rita ayudó a envolver unas tortas en un paño para llevarlas al campo.

​Cuando salieron de la casa, el aire frío les golpeó la cara.

​Esteban levantó los ojos hacia el cielo.

​—Hoy hará buen día.

​Rita miró hacia las ventanas de la planta superior.

​Durante un instante creyó ver algo detrás de una de ellas.

​Una sombra.

​Parpadeó. Ya no había nada.

​—¿Vienes? —preguntó Esteban.

​—Sí.

​Rita bajó la mirada y echó a andar detrás de los demás. Pero mientras se alejaba de la casa tuvo una extraña sensación. La de que alguien se había quedado allí dentro. Esperándolos.

​Y no era Pedro.