Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XIII #2
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Capítulo XIII #2

​Inés sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Los pasos continuaron descendiendo: uno, dos, tres.

​Hasta que dejaron de escucharse.

​Los tres niños miraron hacia la puerta que comunicaba la escalera con la vivienda. Nadie se movía.

​Entonces el picaporte comenzó a bajar muy lentamente.

​Los niños contuvieron la respiración. Alguien estaba al otro lado. Inés agarró a Paquito y Alfonsa contra sí, se estremeció y susurró:

​—Papá, tengo miedo…

​El picaporte se detuvo. Rápidamente volvió a su posición, como si alguien lo hubiera soltado de golpe. Quizá fue el miedo de los niños o quizá el aire, pero les pareció escuchar un reniego.

​Un aire frío invadió la estancia y la puerta del final de la escalera se cerró con un estruendoso portazo. Fuera se escuchó una ráfaga de viento con un silbido estridente. Movió las ramas de los árboles próximos a la casa haciendo caer las hojas muertas.

​Y la calma volvió.

​Empezaba a oscurecer cuando los tres adultos regresaron a la casa. El día había sido largo y el frío de la tarde comenzaba a hacerse notar.

​Al entrar, encontraron a los tres niños en la cocina. Sobre la mesa ya no quedaba rastro de la comida. Los platos estaban fregados y colocados en su sitio, y la cazuela de los garbanzos había quedado limpia.

​—¡Vaya! —exclamó Conrada, mirando alrededor—. Pero si habéis dejado todo recogido.

​—Lo hemos hecho entre los tres —respondió Alfonsa.

​—Muy bien, zagales —dijo Esteban—. Así me gusta.

​Rita se acercó a la mesa y pasó la mano por ella.

​—Pues está todo muy limpio. Habéis trabajado bien.

​Los niños sonrieron satisfechos.

​—¿Y qué habéis hecho durante todo el día? —preguntó Conrada.

​—Hemos estado jugando —respondió Paquito.

​—Y también hemos estado con los conejos —añadió Alfonsa.

​Esteban levantó la cabeza.

​—¿Con los conejos? ¿Qué ha pasado?

​Alfonsa dejó el trapo sobre la mesa.

​—Que querían bajar por la escalera.

​Esteban frunció el ceño.

​—¿Cómo que querían bajar por la escalera?

​—Pues eso. Hemos oído ruidos arriba y luego hemos escuchado pasos.

​—¿Pasos?

​—Sí. Pensábamos que eran los conejos, pero los conejos no pueden bajar por la escalera.

​Esteban miró hacia la parte alta de la casa.

​—¿Y se han escapado?

​—No —respondió Inés.

​Esteban volvió la mirada hacia ella. La niña tenía todavía un plato entre las manos.

​—Papá se ha cuidado de que todo estuviera bien.

​Rita se quedó inmóvil. ​Durante un instante pareció no haber entendido lo que acababa de oír. Después miró fijamente a su hija.

​—¿Qué has dicho?

​Inés levantó los ojos hacia ella.

​—Que papá ha estado aquí.

​Rita palideció ligeramente.

​—Inés…

​La niña la miró sin comprender su reacción.

​—Ha estado conmigo.

​Esteban intercambió una rápida mirada con Conrada. Comprendió que aquello podía ir a más.

​—Bueno —dijo procurando mantener la naturalidad—. Alfonsa, Paquito, venid conmigo un momento.

​Los dos niños lo miraron extrañados.

​—¿Adónde? —preguntó Paquito.

​—A ver los conejos. Quiero comprobar que están bien después de todo ese alboroto.

​—Pero si están bien —respondió Alfonsa.

​—Ya lo sé. Pero quiero echarles un vistazo. Y de paso les pondremos un poco más de hierba.

​Los dos niños siguieron a Esteban hacia la escalera.

​—Vamos, zagales.

​Antes de subir, Esteban se volvió un instante hacia Rita y Conrada. No dijo nada, pero su mirada dejó claro que prefería que ellas hablaran tranquilamente con la niña. Cuando los tres desaparecieron por la escalera, Rita se quedó frente a su hija. Conrada permaneció a su lado.

​—Inés —dijo Rita con suavidad—, ven aquí.

​La niña dejó el plato sobre la mesa y se acercó. Rita se agachó delante de ella y le tomó las manos.

​—Tienes que escucharme, hija.

​Inés asintió.

​—No está bien que digas esas cosas.

Inés aseguró que su padre se le apareció con luz blanca.

La niña frunció el ceño.

​—Pero es verdad.

​—Ya sé que echas mucho de menos a tu padre —continuó Rita—. Todos sabemos cuánto lo quieres. Y también sabemos que te habría gustado conocerlo mejor.

​Inés bajó la mirada.

​—Yo lo conozco.

​Rita tragó saliva.

​—Tu padre murió, hija.

​—Ya lo sé.

​—Entonces comprende que no puede estar aquí con nosotros.

​Inés levantó la cabeza.

​—Sí puede.

​Rita cerró los ojos un instante.

​—No debes inventar cosas así.

​La expresión de la niña cambió de inmediato.

​—Yo no invento cosas.

​—Inés...

​—No soy mentirosa, madre.

​La voz le salió herida.

​Rita se quedó sin saber qué responder.

​—Yo no he mentido —insistió la niña—. Papá ha estado conmigo. Yo he hablado con él.

​—¿Has hablado con él? —preguntó Rita casi en un susurro.

​Inés asintió.

​—Sí.

​—¿Dónde?

​—En tu habitación.

​Rita palideció de nuevo.

​—¿Qué hacías allí?

​—Busqué su fotografía.

​La mujer comprendió entonces lo que había sucedido.

​—Inés...

​—Quería hablar con él porque lo echo de menos.

​La niña hizo una pausa.

​—Y vino.

​Rita la miró fijamente.

​—¿Vino tu padre?

​—Sí.

​—¿Lo viste?

​Inés negó lentamente con la cabeza.

​—No como vemos a las personas.

​Rita sintió un escalofrío.

​—Entonces, ¿cómo sabes que era él?

​La niña respondió con absoluta seguridad:

​—Porque era papá.

​Rita no pudo contestar.

​Conrada había permanecido en silencio hasta entonces. Se acercó a las dos y puso una mano sobre el hombro de Inés.

​—Ven, pequeña. Ve con Alfonsa y Paquito. Seguro que tu tío necesita ayuda con los conejos.

​Inés miró primero a su madre y después a Conrada.

​—Pero yo no he mentido.

​—Ya lo sé —respondió Conrada con una sonrisa—. Ve con ellos.

​La niña dudó unos segundos, pero finalmente obedeció.

​—Vale.

​Salió de la cocina y poco después se escuchó su voz llamando a Paquito desde la escalera.

​Rita permaneció inmóvil.

​Conrada esperó hasta asegurarse de que la niña se había alejado lo suficiente.

​Entonces se acercó a su hermana.

​—Déjala.

​Rita la miró.

​—¿Cómo quieres que la deje? Ha dicho que ha hablado con Pedro.

​—Lo sé.

​—Pedro está muerto, Conrada.

​—También lo sé.

​Rita se pasó una mano por la frente.

​—Me preocupa que empiece a imaginar cosas.

​Conrada la tomó suavemente del brazo.

​—Rita, es una niña. Echa de menos a su padre. Lo quiere y apenas tuvo tiempo de conocerlo. ¿Qué mal puede hacerle hablar con él?

​—Pero no está aquí.

​—Ya sé que no está aquí.

​Conrada hizo una pequeña pausa.

​—Pero nosotros rezamos por los que ya no están. Hablamos con ellos en nuestros pensamientos. Les pedimos que nos cuiden. ¿No viene a ser algo parecido?

​Rita guardó silencio.

​—Quizá para ella sea su manera de rezar —añadió Conrada—. De hablar con su padre y decirle lo mucho que lo quiere.

​Rita bajó los ojos.

​—Dice que no ha mentido.

​—Porque, desde su punto de vista, no lo ha hecho.

​La mujer suspiró.

​—Me da miedo que esto vaya a más.

​—Entonces estaremos pendientes. Pero no la hagamos sentir culpable por querer a su padre.

​Rita permaneció unos instantes callada.

​Desde la parte alta de la casa llegó la voz de Paquito, seguida de la risa de Alfonsa.

​Las dos hermanas levantaron la cabeza.

​—Mira —dijo Conrada—. Ya está jugando con los demás.

​Rita sonrió débilmente.

​—Sí.

​Conrada le apretó cariñosamente el brazo.

​—Déjala querer a su padre, Rita.

​La mujer asintió lentamente. ​Pero, mientras recogía los últimos platos de la mesa, no pudo evitar mirar hacia la puerta que conducía a la escalera. Y por primera vez desde que habían llegado a aquella casa, se preguntó si quizá su hija no había estado hablando solamente con una fotografía.