Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XIII
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Capítulo XIII

​El dos de noviembre amaneció frío y despejado. La helada caída durante la noche había dejado su huella sobre el campo: la hierba aparecía cubierta de un fino manto blanco y algunos pequeños charcos estaban todavía congelados. El aire cortaba la cara y el frío se metía en los huesos.

​—Ha helado bien esta noche —comentó Esteban mientras se abrochaba la chaqueta—. No sé yo si podremos empezar a coger aceituna tan temprano.

​—De todas formas tendremos que ir —respondió Conrada—. Allí ya nos dirán cuándo podemos empezar.

​Esteban asintió. Sabía que, en cuanto el sol ganara altura y la escarcha desapareciera, el trabajo podría comenzar.

​Conrada preparó algo sencillo para desayunar mientras Rita ayudaba a recoger la cocina.

​Entre unas cosas y otras, la mañana se fue llenando de pequeños ruidos: el trajinar de las mujeres, el abrir y cerrar de cajones, los pasos de Esteban por la casa y las voces de los niños, que se preparaban para pasar el día solos.

​Antes de salir, Esteban subió un momento a ver a los conejos. El día anterior, él y Silvino habían dejado arreglada la vieja jaula y habían colocado dentro las dos hembras y el macho. Les dejó un buen manojo de hierba y comprobó que tenían agua.

​Cuando volvió a bajar, se dirigió a los niños.

​—Ya está todo arreglado ahí arriba. Y vosotros, ni se os ocurra andar trasteando con los conejos, ¿entendido?

​—Sí, padre —respondió Alfonsa.

​Paquito asintió con la cabeza, aunque parecía más interesado en cualquier otra cosa.

​Inés, en cambio, permanecía callada. Desde que se había levantado tenía la cabeza en otra parte. No había olvidado lo ocurrido con la vela. Ni tampoco las palabras de su madre. Su padre. Pedro.

​Aquella mañana, mientras veía cómo los mayores terminaban de prepararse para salir, una idea había comenzado a darle vueltas en la cabeza.

​Quería volver a ver su fotografía.

​Los adultos terminaron de prepararse poco después. Esteban fue el primero en salir, seguido de Conrada y Rita. Antes de cruzar la puerta, Conrada se volvió hacia los niños.

​—Portaos bien y no hagáis ninguna trastada. Sobre la mesa he dejado una cazuela con garbanzos. Inés solo tiene que ponerla al fuego y calentar la comida. Volveremos antes de que sea de noche. ¿Sabrás hacerlo?

​—Sí, tía —respondió Inés.

​—Yo le ayudaré, madre, que también soy mayor —agregó Alfonsa.

​La mujer sonrió, atusando los cabellos de su hija.

​—Y acordaos de lo que ha dicho vuestro padre. Nada de subir a la parte de arriba —añadió Rita.

​—Sí, tía Rita —contestó Paquito.

​Inés no dijo nada. Se limitó a asentir mientras miraba a su madre.

​—¿Qué te pasa, hija? —preguntó Rita.

​—Nada, madre.

​Conrada también le acarició la cabeza y salió tras los demás.

​La puerta se cerró y durante unos instantes los tres niños permanecieron en silencio. La casa parecía distinta sin los mayores.

​Ya no se escuchaban sus voces ni el ir y venir de las mujeres por la cocina. Solo llegaba desde fuera el lejano sonido de alguna puerta que se abría, el paso de un carro sobre la calle y, de vez en cuando, el canto de un gallo.

​Paquito fue el primero en romper el silencio.

​—¿A qué jugamos?

​Alfonsa se encogió de hombros.

​—A lo que quieras.

​Pero Inés apenas los escuchaba.

​Tenía la mirada fija en la habitación donde dormía con su madre y donde guardaban sus cosas.

​—Ahora vengo —dijo.

​—¿Adónde vas? —preguntó Alfonsa.

​—A buscar una cosa.

​Y antes de que su prima pudiera preguntarle nada más, Inés desapareció por la puerta.

​Entró en la habitación de su madre y cerró despacio. No quería que los otros la siguieran. Se quedó quieta unos segundos, mirando alrededor. Sabía que la fotografía tenía que estar allí.

​La había visto la noche en que su madre la había sacado para colocarla junto a la vela. Después, Rita la había guardado de nuevo.

​Inés comenzó a abrir los cajones.

​En el primero encontró pañuelos y algunas prendas cuidadosamente dobladas. En el segundo había botones, hilos y unas tijeras pequeñas. En otro aparecieron varias cartas y papeles que no sabía leer.

​Lo fue dejando todo como estaba. No quería que madre se enfadara.

​Siguió buscando. Finalmente, en el fondo de uno de los cajones, debajo de un pañuelo blanco, sus dedos tocaron algo duro. Lo sacó con cuidado. Era la fotografía.

​Inés la sostuvo entre las manos y durante un momento no hizo nada más. Había visto aquella imagen muchas veces, pero ahora le parecía diferente.

​Se sentó en el borde de la cama. La habitación estaba en silencio. Miró el rostro del hombre de la fotografía y pasó suavemente la yema de un dedo por el borde del papel.

​Era su padre.

​El hombre del que su madre hablaba cuando pensaba que ella no la estaba escuchando. El hombre que había muerto antes de que ella pudiera conocerlo.

​Inés acercó un poco más la fotografía a su cara.

​Y entonces, con la naturalidad con la que una niña habla con alguien que quiere mucho, aunque nunca haya estado delante de ella, comenzó a hablarle.

​—Papá...

​Se quedó callada un instante.

​—Soy Inés. Tu hija Inés.

​La niña hizo una pausa breve, como anhelando una respuesta, y prosiguió:

​—No sé si te acuerdas de mí porque te moriste cuando era muy pequeña. Madre me ha hablado muchas veces de ti. Dice que eras muy bueno con todo el mundo. Que ayudabas a las personas cuando estaban enfermas, aunque no tuvieran dinero.

​Inés sonrió ligeramente. Bajó los ojos hacia la fotografía.

​—Yo sé que me querías. Mamá me lo ha dicho muchas veces.

​Permaneció de nuevo unos segundos en silencio, como si esperara que el hombre de la fotografía pudiera contestarle.

​—Yo también te quiero, papá. Y madre también.

​Apretó un poco más la fotografía entre sus manos.

​—Te echamos mucho de menos.

​Después pareció recordar algo y añadió con cierta solemnidad:

​—Yo me porto muy bien. Mamá dice que soy obediente. Bueno... casi siempre.

Inés encontró la fotografía de su padre en un cajón.

Miró hacia la puerta comprobando que no la oía nadie y continuó en voz baja:

​—Menos cuando la Alfonsa me pincha y yo le tiro del pelo, pero solo un rato. No estarás enfadado conmigo por eso, ¿verdad?

​Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

​—Y ayudo a mamá cuando puedo.

​Volvió a mirar la fotografía.

​—¿Tú sabes que hemos venido a vivir a esta casa?

​La niña esperó unos instantes.

​—Es muy grande. Y un poco rara.

​Su sonrisa desapareció lentamente.

​—La otra noche nos asustaste mucho, papá.

​Inés permaneció unos instantes mirando la fotografía.

​—Yo no quiero que estés enfadado con nosotros.

​Esperó.

​Nada.

​—No hicimos nada malo, ¿verdad?

​La habitación continuaba en silencio. Desde la calle llegaba, cada vez más lejano, el ruido de algún carro que avanzaba por el empedrado.

​Inés bajó la mirada hacia la fotografía.

​—¿Por qué nos asustaste tanto?

​Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces, muy lentamente, la claridad que entraba por la ventana pareció hacerse más intensa.

​Inés levantó la cabeza.

​No sabía de dónde procedía aquella luz. La habitación comenzó a llenarse de una luminosidad suave, blanca y cálida, que parecía envolverlo todo sin producir sombras.

​La niña permaneció inmóvil. No sentía miedo. Al contrario.

​Un calor agradable comenzó a extenderse desde su pecho hasta los brazos y las manos. Era una sensación extraña, pero al mismo tiempo profundamente familiar, como si alguien la estrechara contra sí.

​Inés cerró los ojos.

​Por un instante creyó sentir una caricia sobre el cabello.

​Una lágrima le resbaló por la mejilla.

​—Papá...

​La fotografía seguía entre sus manos.

​Entonces ocurrió algo que hizo que abriera los ojos de golpe.

​Sobre la mesita de noche, a pocos pasos de ella, había una pequeña vela.

​Inés la miró.

​La mecha estaba apagada. Y, sin que nadie la tocara, una luz rojiza muy tenue, como una chispita muy menuda, pareció surgir de su interior. Un instante después, una pequeña llama apareció sobre ella.

​Era una llama clara, blanca, que se mantenía viva, firme, resplandeciente… hermosa.

​La niña no se movió.

​Miró la llama y después volvió a mirar la fotografía.

​Esta vez sonrió.

​—Sabía que no estabas enfadado conmigo.

​La luz de la habitación comenzó poco a poco a recuperar su aspecto habitual. Pero el calor permaneció unos instantes más alrededor de la niña.

​Inés abrazó la fotografía contra su pecho.

​Y por primera vez desde que había llegado a aquella casa, tuvo la certeza de que su padre estaba cerca.

​—¡Inés!

​La voz de Alfonsa llegó desde la otra habitación.

​La niña dio un pequeño respingo. Miró hacia la puerta.

​—¡Inés! ¿Dónde estás?

​—¡Ya voy!

​Se guardó la fotografía entre las manos durante un instante más. Después la devolvió rápidamente al fondo del cajón, debajo del pañuelo blanco. Se aseguró de que todo quedaba como lo había encontrado y cerró con cuidado.

​Cuando salió de la habitación, Paquito y Alfonsa estaban en mitad de la estancia.

​—¿Qué hacías? —preguntó Alfonsa.

​—Nada.

​—Llevamos un rato llamándote.

​—Ya os he oído.

​Paquito iba a decir algo cuando los tres se quedaron quietos.

​Desde la parte alta de la casa llegó un ruido. Los tres levantaron la cabeza.

​—Serán los conejos —dijo Paquito.

​Durante unos segundos no se escuchó nada. Después volvió a oírse. Un roce lento, pesado, como si algo arrastrara los pies sobre el suelo.

​—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alfonsa.

​Inés no respondió.

​Los tres seguían mirando hacia la escalera.

​Entonces escucharon un sonido que conocían perfectamente: la puerta del desván se abrió. Lo hizo despacio, con un largo chirrido que descendió por la escalera.

​Los niños se quedaron inmóviles.

​—Serán los conejos... —murmuró Paquito, aunque ya no parecía convencido.

​Después llegó el silencio. Y entonces… un paso. Otro. Otro más. Alguien estaba bajando la escalera. Muy despacio. Los pasos eran pesados e irregulares. A veces parecía que quien descendía arrastraba un pie antes de dar el siguiente.

​Alfonsa agarró a Paquito de la mano.

​—Los conejos no pueden bajar por la escalera —susurró.