Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XII
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Capítulo XII

​El reloj del campanario dio las seis de la mañana.

Acostumbrada a madrugar, Conrada no podía dormir, aunque el calor de las mantas fuese muy agradable en aquella fría mañana del primer día del mes de noviembre.

Esteban tenía un ojo abierto y otro cerrado como queriendo aprovechar la festividad para alargar el sueño.

​En la cocina se oía trastear.

​—Rita ya debe haberse levantado —susurró para sí la mujer.

​Se calzó las zapatillas y una bata gruesa sobre el largo camisón. Salió al pasillo y entró a la cocina.

​Rita preparaba el desayuno. Había encendido la chimenea y arrimado unas ascuas a la trébede, a un lado de la lumbre. Sobre el armazón de hierro tenía una sartén que desprendía un olor apetitoso a tocino y a chorizo frito.

​—¿Qué haces tan temprano hoy que es fiesta? ¿Te has caído de la cama? —dijo sonriendo mientras aspiraba profundamente por la nariz—. ¡Oh, Señor, qué bien huele!

​Su hermana levantó la vista.

​—Unas gachas.

​Conrada le sonrió y se acercó posando las manos sobre los hombros de su hermana. Rita, sentada en un tajillo, removía las gachas con una cuchara de palo. Aceptó la caricia con agrado posando a su vez una mano sobre la de Conrada.

​—¡Huele como la taberna de Fuche cuando preparan el lomo de orza! —interrumpió desde la puerta Esteban, a medio vestir, con la camisa fuera de los pantalones y la boina de medio lado, como los vascos.

Las dos mujeres soltaron una carcajada.

​—¡Mírate, baldraga! Anda y componte para desayunar —dijo Conrada.

​Esteban desapareció por el pasillo entre las risas de las dos mujeres.

​—Anda que no tiene hambre el hombre —dijo Rita.

​—Déjalo. Ayer se ganó el desayuno.

​Conrada tomó un trozo de pan y lo acercó a la sartén para recoger un poco de la grasa que había quedado adherida en los bordes.

​—¿Y los niños?

​—Todavía duermen.

​Conrada miró hacia el pasillo.

​—Pues que descansen un poco más. Hoy no tenemos que madrugar para ir a la finca.

​Rita removió nuevamente las gachas y añadió un poco de tocino frito por encima.

​—Menos mal. Todavía no sé cómo vamos a aguantar levantándonos todos los días antes de que salga el sol.

​—A todo se acostumbra una.

​Durante unos instantes solo se escuchó el crepitar de la lumbre y el ruido de la cuchara de madera contra la cazuela.

​—Hoy habrá que ir a misa —dijo finalmente Rita.

​Conrada asintió.

​—Claro. Es Todos los Santos.

​—Y habrá que arreglar a los niños.

​—Y a Esteban —añadió Conrada con una sonrisa—. Que como salga a la calle con esa pinta va a parecer que acabamos de sacar a un espantapájaros de un bancal.

​Las dos volvieron a reír.

​En ese momento apareció Esteban por el pasillo. Se había lavado y vestido correctamente y llevaba la chaqueta abrochada hasta el cuello.

​—¿Ya estáis hablando de mí?

​—No. Estábamos diciendo que hoy es fiesta y hay que presentarse como Dios manda.

​—Eso lo dices porque quieres que me ponga la chaqueta buena.

​—Por supuesto.

​Esteban se acercó a la mesa y miró las gachas.

​—Bueno, mientras haya esto, me pongo lo que haga falta.

​Conrada comenzó a servir los platos.

​—Y escuchadme bien —dijo mientras repartía las gachas—. Hoy vamos a misa todos. Y después, si queréis, damos una vuelta por el pueblo. Pero sin hacer el tonto.

​Miró especialmente a los niños, que acababan de aparecer en la puerta, todavía adormilados.

​—Somos nuevos aquí. Llevamos dos días y no conocemos a nadie. No quiero que mañana anden diciendo por ahí que los de la casa nueva son unos maleducados.

​—Nosotros no haremos nada —protestó Paquito.

​—Ya lo sé. Pero os quiero bien lavados, bien peinados y con la ropa limpia.

​Inés se acercó a su madre.

​—¿Y después de misa podremos salir?

​Rita le acarició el pelo.

​—Sí. Podremos conocer un poco el pueblo.

​La niña sonrió.

​Conrada se aseguró de que los niños llevasen la ropa más decente que habían traído en el viaje. Rita ayudó a Inés a peinarse y a colocarse bien el vestido, mientras Esteban, ya completamente vestido, esperaba junto a la puerta.

​—¿Estamos todos? —preguntó.

​—Todavía no —respondió Conrada—. Paquito lleva los cordones desatados.

​El niño protestó, pero acabó dejándose arreglar. Finalmente, los seis salieron a la calle.

​El aire de la mañana era frío y limpio. Calaceite comenzaba a despertar y algunas personas caminaban ya en dirección a la iglesia. Aquel día todos parecían haber sacado sus mejores ropas.

​Dos mujeres de cierta edad avanzaban por la calle. Vestían de oscuro y llevaban sobre la cabeza sendos pañuelos negros, cuidadosamente colocados para protegerse del frío de la mañana.

​Conrada las vio y, al acercarse, las saludó con naturalidad desde el portal de la casa.

​—Buenos días.

​Las dos mujeres se detuvieron por un instante. Se volvieron hacia la familia. Fueron unos segundos. Una de ellas levantó la vista hacia la fachada de la casa. La otra hizo lo mismo. Sus ojos recorrieron las ventanas de la planta superior y se detuvieron allí durante unos instantes.

​Entonces ambas se santiguaron.

​Conrada se quedó desconcertada.

​—Buenos días —repitió, esta vez un poco más alto.

​Ninguna contestó.

​Las dos mujeres cruzaron una rápida mirada entre ellas y continuaron su camino hacia la iglesia, esta vez con paso mucho más apresurado.

​Esteban había observado la escena desde unos pasos atrás.

​—¿Qué les pasa? —preguntó Rita.

​Conrada negó con la cabeza.

​—No lo sé.

​Inés miraba a las mujeres mientras se alejaban.

​—¿Por qué se han santiguado?

​Nadie respondió.

​—Bueno, familia, vamos apresurándonos, no vayamos a dar que hablar llegando tarde —sentenció Esteban.

​El aire de la mañana era frío y limpio. Calaceite parecía haber cambiado con respecto al día anterior. Las calles comenzaban a llenarse de gente que caminaba hacia la iglesia. Mujeres con sus mejores vestidos, hombres con chaqueta y los niños bien aseados, algunos todavía adormilados.

​Las campanas volvieron a sonar. Inés levantó la cabeza.

​—¿Es esa?

​Esteban siguió la mirada de la niña. Al final de la calle apareció la pequeña capilla de San Roque.

A Inés le pareció mucho más modesta que la iglesia que había imaginado encontrar.

El edificio, levantado sobre una calle en pendiente, tenía una fachada sencilla y pocas aberturas.

Sobre la parte superior destacaba una pequeña espadaña lateral.

No era un templo grande ni solemne, pero a aquellas horas de la mañana ya acudían muchos vecinos para asistir a la misa del día de Todos los Santos.

​—Inés, entra —dijo Rita—. Que como sigas mirando vamos a llegar cuando ya estén todos sentados.

​Inés obedeció y entró detrás de su madre.

​El interior de la capilla era mucho más oscuro que la calle. Durante unos instantes los niños permanecieron quietos, tratando de acostumbrar los ojos a la penumbra.

​Olía a cera, a piedra fría y a humedad. ​Algunas mujeres ocupaban ya los primeros bancos. Los hombres se agrupaban más atrás, hablando en voz baja mientras esperaban el comienzo de la misa. De vez en cuando alguien se volvía para mirar a los recién llegados.

​Conrada se dio cuenta enseguida. No eran miradas hostiles, pero sí curiosas.

​—Ya nos están conociendo —murmuró a Rita.

​—Mejor eso que no sepan quiénes somos.

​Esteban, que había escuchado el comentario, sonrió.

​—En los pueblos todo se sabe tarde o temprano.

​—Pues procuremos que lo que sepan sea bueno —respondió Conrada.

Buscaron sitio en uno de los bancos del fondo. No querían molestar ni ocupar un lugar que pudiera corresponder a alguna familia que llegase después.

​Inés se sentó entre su madre y Alfonsa. Paquito, al otro lado, no dejaba de mirar hacia todas partes. Las velas encendidas delante de algunas imágenes temblaban ligeramente. El murmullo de las conversaciones fue apagándose poco a poco hasta que solo quedó el sonido lejano de las campanas.

​Entonces comenzó la misa.​Para los niños el tiempo pasó despacio. Inés intentaba permanecer atenta, aunque de vez en cuando volvía la cabeza para observar las paredes y a las personas que llenaban la capilla.

​Al pasar el cepillo, el oficiante comunicó que ese día la colecta se destinaría por completo a sufragar las obras de restauración de la iglesia parroquial, que había sido destruida durante la guerra.

En esos momentos se encontraba en obras y, por ello, se oficiaban las misas en San Roque.

Como era de esperar los vecinos del pueblo se mostraron generosos.

La misa se celebró en la capilla de San Roque.

​Esteban fue a poner una peseta en el cepillo. Miró de reojo a Conrada, quien le dedicó una severa mirada de desaprobación. El hombre, resignado, metió la mano en el bolsillo y sacó un duro. Esta vez Conrada le sonrió.

​Cuando terminó el oficio religioso, la familia salió con el resto de los vecinos.

​En la plaza había más gente que antes. Algunos se detenían a conversar en pequeños grupos mientras otros emprendían el camino hacia sus casas.

​Esteban esperó a que salieran las mujeres.

​—Bueno —dijo—. Ya hemos cumplido con Dios y con el pueblo.

​Conrada le dio un pequeño golpe en el brazo.

​—Con Dios primero.

​—Eso quería decir.

​Rita sonrió.

​Los niños, entretanto, ya habían descubierto que la mañana prometía algo mucho más interesante que permanecer junto a los mayores.

​—¿Podemos ir a mirar el pueblo? —preguntó Inés.

​Esteban miró a Conrada.

​—Un rato.

​—Pero sin alejaros —añadió ella—. Y los tres juntos.

​Paquito ya estaba bajando los escalones.

​—¡Vamos!

​—¡Despacio, Paquito! —le gritó Rita.

​Los tres niños comenzaron a caminar por la plaza mientras los adultos los seguían unos pasos atrás.

​—¡Familia, esperadme! —se escuchó

​Los mayores volvieron la vista atrás. Era Silvino, vestido y aseado como un pincel, que se acercaba corriendo desde la iglesia.

​—Os he visto a la salida. ¿Vais a pasear?

​—¡Buenos días, perillán! ¿Dónde vas tan bonito? —bromeó Esteban­—. Vamos a ver los alrededores hasta la balsa.

​—Os acompaño, vamos, si no molesto.

​—¡Que vas a molestar, sonso! Ven y así nos indicas tú, que ya conoces esto.

​Silvino se colocó junto a Esteban mientras los niños se adelantaban unos pasos, correteando por la plaza.

​—Por cierto, tengo lo de los conejos arreglado.

​Esteban volvió la cabeza.

​—¿Ya?

​—Ya. He hablado con un vecino que cría. Tiene bastantes y dice que puede venderte dos hembras y un macho joven.

​—¿Y cuánto pide?

​—Veinticinco pesetas por los tres.

​Esteban hizo una cuenta rápida de memoria y asintió.

​—Pues no está mal.

​—Eso mismo he pensado yo.

​—Con dos hembras, si se dan bien, en poco tiempo tendremos conejos para la casa. Y el macho nos servirá para las dos.

​Silvino sonrió.

​—Eso me ha dicho el hombre. Que los conejos comen poca cosa y crían como demonios.

​—Pues mejor que mejor. La carne no nos va a sobrar precisamente.

​—Dice que puede tenerlos preparados para esta tarde, y que tiene una jaula vieja, que si te vale, te la da. Hay que arreglarla, eso sí. Pero si quieres nos ponemos tú y yo con unas tablas y un martillo y esta noche están aviaos.

​Esteban se quedó unos segundos pensativo.

​—Hecho.

​Caminaron unos metros en silencio.

​Calaceite iba quedando atrás mientras el camino comenzaba a abrirse entre campos y pequeñas construcciones de piedra. El sol de noviembre había ganado algo de altura, pero todavía no conseguía quitar del aire aquel frío limpio de las primeras horas de la mañana.

​Los niños iban por delante. Inés se había adelantado con Paquito y Alfonsa, que de vez en cuando se detenían para esperar a los mayores.

​—¿Por aquí se va a la balsa? —preguntó Inés.

​Silvino levantó una mano para señalar el camino.

​—Sí. Está ahí mismo, un poco más abajo.

​Los tres niños echaron a andar más deprisa.

​—¡No corráis! —les gritó Conrada.

​—¡No corremos! —respondió Paquito sin aminorar el paso.

​Esteban soltó una pequeña carcajada.

​—Déjalos. Llevan dos días encerrados entre paredes y necesitan ver mundo.

​El camino descendía suavemente. De vez en cuando se cruzaban con algún vecino que caminaba hacia el pueblo, mientras otros regresaban a sus casas.

​Al doblar una pequeña curva, Silvino señaló hacia delante.

​—Ahí está.

​Los niños se detuvieron. Ante ellos apareció la balsa. Rápidamente, se dirigieron hasta la orilla para ver aquella gran mole de agua encerrada entre unos impresionantes muros de piedra.

​—¡Cuidado, zagales! —se escuchó desde detrás de un carro situado junto al lugar.

​Era un anciano sentado sobre un paretón, al que acompañaban un hombre de unos cuarenta años y una mujer de la misma edad. Iban bien vestidos, como si hubieran estado también en misa.

​—¡Andad con tiento, que es honda! No vaya a pasar lo del 80.

​Inés, que ya había llegado hasta el murete de la balsa, se volvió hacia el anciano.

​—¿Qué pasó en el 80?

​El hombre sonrió.

​—¿No sois de aquí?

​Esteban se acercó con los demás.

​—Acabamos de llegar. Hace dos días.

​—Entonces no sabéis lo que pasó.

​El anciano señaló el agua con la barbilla.

​—En enero de 1880 pasó una desgracia que todavía se recuerda en este pueblo.

​Los niños, que hasta entonces habían estado mirando la balsa con curiosidad, se acercaron un poco más al hombre. Inés fue la primera en preguntar:

​—¿Qué pasó?

​El viejo miró a la niña.

​—Fue en enero —comenzó el anciano—. Hacía un frío de esos que dejan las piedras heladas. Los muchachos habían salido de la escuela y algunos se acercaron hasta aquí. La balsa estaba cubierta de hielo y...

​El hombre hizo una pausa.

​—Se pusieron a corretear sobre él. Primero uno, después otro. Se gritaban sus nombres entre risas. Hasta que el hielo cedió. Se rajó en negras grietas que se tragaron a unos; otros les intentaron ayudar y cayeron también.

​Inés escuchaba sin apartar los ojos del agua.

​—¿Y murieron todos?

​—No todos los que estaban allí —respondió el anciano—, pero fueron trece los que no volvieron a casa.

​El hombre de unos cuarenta años asintió.

​—Mi padre también me lo contaba. Decía que, cuando él era niño, los mayores no dejaban que se acercaran a la balsa. Y aseguraba que algunas mañanas se podían escuchar cosas…

​—¡Ande, padre! —interrumpió la mujer, riendo—. Eso eran historias que se inventaban ustedes para que no viniéramos a bañarnos aquí.

​El anciano sonrió con paciencia y negó lentamente con la cabeza.

​—Los jóvenes sois muy descreídos. Pero una cosa os digo: en las mañanas frías como aquella, cuando se congela el agua y el hielo se resquebraja, todavía se oyen aquí los lamentos de aquellas tiernas almas que robó el invierno y que vagan, perdidas.

​Nadie respondió.

​Inés volvió lentamente la cabeza hacia la balsa.

​De vuelta a casa, la familia aceleró el paso. Esteban y Silvino tenían que ir por la jaula y los conejos por la tarde.

​Rita daba la mano a los pequeños e Inés iba correteando delante. Conrada avanzaba callada junto a su marido.

​—¿Te ha asustado el viejo con esa historia? —le interrogó Esteban.

​—No sé qué pensar, Esteban. Pero esas mujeres de esta mañana y ahora esta historia...

​Dejó la frase en el aire.

Esteban la miró.

​—¿Qué?

​—Nada. Déjalo.

​Y apretó el paso hacia la casa.