Capítulo XI #2
Al caer la tarde, Esteban cerró las ventanas una a una. El frío había aumentado de manera considerable y no tardaría en hacerse de noche.
—Mañana es Todos los Santos —dijo Rita mientras ayudaba a Conrada a recoger la mesa.
Permaneció unos instantes en silencio mirando fijamente a la lumbre.
—Tendremos que encender una vela por Pedro.
Conrada dejó de recoger los platos. Se acercó a su hermana y le puso cariñosamente una mano en el hombro.
—Sí.
No hizo falta decir nada más. Rita había llevado consigo, entre sus pocas pertenencias, una pequeña fotografía de su marido. No era más que una imagen sencilla, algo ajada por los años, pero la conservaba con cuidado. La sacó de uno de los cajones y la sostuvo entre las manos.
—Podríamos ponerla aquí —dijo.
Buscaron un pequeño espacio sobre una de las repisas de la cocina, lejos del alcance de los niños.
Conrada limpió primero el lugar y Rita colocó allí la fotografía. Después puso delante una vela.
—Cuando anochezca la encenderemos —dijo.
Los niños se acercaron curiosos.
—¿Para qué es? —preguntó Alfonsa.
—Para recordar a los que ya no están —respondió Rita.
Inés miró la fotografía.
—¿Es Papá?
Rita asintió.
—Sí, hija.
La niña no preguntó nada más.
Afuera, la última claridad del día desaparecía lentamente.
Esteban añadió un par de troncos a la chimenea y el fuego volvió a levantarse, proyectando sombras sobre las paredes de piedra.
Por primera vez desde que habían llegado, la familia se reunió alrededor de aquella lumbre sin tener que pensar en el viaje, en el trabajo ni en lo que todavía les quedaba por arreglar.
Parecía que, poco a poco, aquella casa comenzaba a aceptarlos. O al menos eso creyeron.
Cuando llegó la noche, Rita encendió la vela delante de la fotografía. La llama se mantuvo firme durante unos segundos. Después vaciló.
Una pequeña corriente de aire recorrió la cocina. La llama se inclinó. Y se apagó.
Rita frunció el ceño.
—Qué raro.
Esteban levantó la mirada hacia los postigos.
—Alguna rendija.
Se acercó a comprobarlos. Uno de ellos no había quedado completamente cerrado y por la pequeña abertura entraba un hilo de aire frío.
—Ya está —dijo mientras ajustaba la contraventana—. Era eso.
Rita volvió a encender la vela. Esta vez nadie dijo nada. La llama permaneció quieta.
Los niños regresaron a sus juegos y Conrada continuó con la cena.
Pasaron unos minutos. Entonces la llama volvió a inclinarse. No había ninguna ventana abierta.
Y la vela se apagó por segunda vez.
Rita intentó encender la vela varias veces.
Esta vez, Conrada no dijo nada. Rita tampoco. Las dos se miraron.
—La cera no debe ser muy buena —aventuró Conrada—. Préndela otra vez.
Rita tomó la caja de las cerillas y encendió de nuevo la vela. Esta vez la llama no tardó más que unos segundos en oscilar y se apagó.
—¡Jesús bendito! —exclamó su hermana santiguándose.
—¡Es que te he ofendido, Pedro! —exclamó Rita con lágrimas en los ojos.
De pronto, la ventana se abrió estrepitosamente. Los cristales se quebraron y se hicieron añicos contra el suelo. La puerta del pasillo se cerró violentamente con un seco golpe y un aire helado invadió la cocina.
Conrada se levantó asustada. Esteban miraba atónito a las mujeres. Rita lloraba mientras los niños, espantados, corrían hacia sus mayores.
Durante unos segundos nadie se movió.
El fuego de la chimenea crepitaba con fuerza, pero el frío que había invadido la cocina parecía haber apagado de golpe todo el calor de la estancia.
Los niños se habían agrupado junto a Conrada. Paquito se aferraba a la falda de su madre y Alfonsa permanecía inmóvil, con los ojos clavados en la ventana rota.
Esteban fue el primero en reaccionar.
—No os mováis.
Se acercó despacio hacia la ventana.
El aire de la noche entraba por el hueco abierto y levantaba ligeramente las llamas de la chimenea.
Esteban miró hacia fuera. No había nadie. El camino estaba completamente oscuro.
—Ha sido el viento —dijo finalmente, intentando razonar con lógica. Pero su voz no sonó demasiado convencida.
Conrada lo miró.
—¿El viento ha roto los cristales?
Esteban no respondió.
Rita seguía delante de la fotografía.
La vela continuaba apagada.
La mujer se secó las lágrimas con el dorso de la mano y permaneció unos instantes contemplando la imagen de su marido.
—Pedro...
Nadie contestó.
Entonces Rita cogió la vela y la apartó de la fotografía.
—No la vuelvo a encender.
Conrada se santiguó.
—Será mejor.
Esteban recogió algunos de los cristales que habían quedado más cerca de la mesa.
—Ha sido una ráfaga de viento, mujer. Sosegaos todos. Mañana arreglaré la ventana.
Intentaba hablar con normalidad.
—¡Ea! Recojamos esto y vámonos a la cama. Que mañana será otro día y nos reiremos del susto.
Inés tiró del vestido de Rita. Su madre intentó sobreponerse fingiendo calma ante la niña.
—El tío Esteban tiene razón. El viento nos ha dado un buen susto. Será mejor irse a la cama.
La niña siguió mirando a Rita.
—Yo quiero dormir con usted esta noche, madre.
Rita la abrazó con ternura. Apretó la tierna carita de la niña contra su regazo y mesó sus cabellos.
—Claro que sí, cariño.
Inés se aferró a su madre.
Conrada recogió los últimos cristales mientras Esteban terminaba de cerrar la ventana como buenamente pudo.
Nadie volvió a mencionar la vela. Aquella noche, Inés durmió junto a su madre.