Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo XI
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Capítulo XI

​Esteban se despertó antes de que amaneciera.

Durante unos segundos permaneció inmóvil bajo las mantas, sin saber muy bien dónde estaba. El frío que se colaba por las rendijas de los postigos le recordó enseguida que ya no estaban en Valdepeñas. A su lado, la casa permanecía en silencio.

​Se incorporó despacio y buscó a tientas la ropa que había dejado preparada la noche anterior. No tenía ganas de abandonar el calor de la cama, pero aquel día no podía permitirse quedarse entre las mantas. Tenía que encontrar al dueño de la finca y hablar con él del trabajo.

​Prendió una vela.

​A los pies de la cama, junto a la pared, habían colocado un pie de hierro para una jofaina. Esteban la llenó con el aguamanil y se lavó las manos. Después se mojó la cara y se desperezó al instante con el agua fría. Se lavó a conciencia y aprovechó el jabón de su rostro para afeitarse.

​Salió de la habitación y entró en la cocina. Conrada estaba levantada. La tenue luz de la bombilla alargaba las sombras de personas y utensilios en las paredes.

​Rita apareció en la puerta casi de inmediato.

Saludó a sus cuñados y se aprestó a ayudar a Conrada poniendo sobre la mesa platos y vasos para desayunar.

Esteban había prendido una vieja hoja de periódico y, con ella, algunas ramitas.

Acercó leña más gruesa y en unos minutos, un buen fuego comenzó a caldear la estancia.

​—Me ha dado pena despertar a Inés —dijo Rita—. ¿Cómo están Paquito y Alfonsita?

​—Igual. Están agotadillos. También los he dejado un ratito más —contestó Conrada.

​Esteban se sentó a la mesa. Un poco de pan mojado en vino, higos pasos y achicoria negra como la pez fueron su desayuno. Masticaba despacio.

​—Hoy tienes que ir a ver al dueño de la finca —le recordó Conrada.

​—Sí. Silvino me dijo que estaría trabajando allí. Tengo que ir necesariamente hoy. Mañana es Todos los Santos, nadie trabajará.

​Conrada dejó sobre la mesa una taza de achicoria y se sentó frente a él.

​—¿Y sabes dónde está la finca?

​—Más o menos. Silvino me explicó cómo llegar. Dice que no está demasiado lejos del pueblo.

​Rita, que estaba cortando unas rebanadas de pan, levantó la mirada.

​—¿Volverás antes de mediodía?

​—Eso espero. Si el hombre está dispuesto a contratarme, no creo que tenga que entretenerme mucho.

​Conrada asintió y volvió a ocuparse del desayuno.

​—Pues date prisa. Ya tendremos bastante con todo lo que queda por hacer aquí.

​Esteban terminó su achicoria y se levantó.

​—¿Habéis pensado qué vais a hacer hoy?

​—¿Nosotras?

​—Sí. No podemos seguir comiendo lo que traemos en los hatillos. Mañana es fiesta y habrá que comprar hoy lo que podamos.

​—Eso pensábamos hacer —respondió Rita—. Cuando vuelvas, iremos al pueblo.

​Esteban se puso la chaqueta y buscó la boina.

​—Pues arreglado.

​Antes de salir se acercó a la puerta de la habitación donde dormían los niños. La abrió apenas unos centímetros y miró dentro.

​Los tres continuaban dormidos.

​—Déjalos —dijo Conrada desde la cocina—. Todavía es pronto.

​Esteban cerró despacio.

​—Que descansen. A saber cuándo volveremos a tener una mañana tranquila.

​Cogió un cayado que había dejado junto a la puerta y salió de la casa.

​Aún no había amanecido por completo. El frío de la mañana le golpeó la cara nada más poner los pies en el camino. Se ajustó la chaqueta al cuerpo y comenzó a caminar siguiendo las indicaciones que le había dado Silvino.

​Calaceite despertaba lentamente. Alguna chimenea comenzaba a echar humo sobre los tejados y, de vez en cuando, se escuchaba una puerta abrirse. Esteban caminaba deprisa, con la cabeza ocupada en una sola cosa: conseguir aquel trabajo.

​No tardó demasiado en encontrar el camino que conducía hacia las afueras.

​Cuando regresó, el sol ya había ganado altura.

​Nada más entrar en la casa encontró a Conrada y a Rita preparando unos capazos para bajar al pueblo.

​—¿Y bien? —preguntó Conrada.

​Esteban dejó la boina sobre la mesa.

​—Bien.

​Las dos mujeres lo miraron.

​—¿Bien de qué? —insistió Rita.

​Esteban sonrió.

​—Que tenemos trabajo.

​Conrada dejó lo que estaba haciendo.

​—¿Los tres?

​—Los tres.

​Durante unos segundos ninguna respondió. Después Rita sonrió.

​—Entonces ya podemos decir que hemos empezado de verdad.

​Esteban asintió.

​—Mañana no, claro. Es fiesta. Pero pasado mañana, al amanecer, estaremos en la finca.

​Conrada se acercó y le puso una mano en el brazo.

​—Gracias a Dios.

​Los niños, que habían permanecido hasta entonces en otra habitación, aparecieron atraídos por la conversación.

​—¿Qué pasa? —preguntó Inés.

​—Que vamos a trabajar —respondió su madre.

​—¿Los tres?

​—Los tres.

​Los pequeños parecieron satisfechos con la respuesta y siguieron a lo suyo.

​—¿Y cuándo empezamos? —preguntó Rita.

​—Pasado mañana. El hombre necesita gente porque tiene muy atrasada la limpieza de la finca antes de la recogida de la aceituna.

Hay que limpiar los libazos y barrer la aceituna que haya caído picada por la mosca.

Dice que hay bastante aceituna por recoger.

Silvino le ha hablado bien de mí y no ha puesto ninguna pega.

​—¿Y de nosotras? —preguntó Conrada.

​Esteban sonrió.

​—También. Le he dicho que somos tres y que los tres sabemos trabajar.

Ha dicho que, si estamos dispuestos a empezar temprano y a trabajar como Dios manda, podemos ir los tres.

Vosotras podréis remendar sacos y telas y recoger las aceitunas picadas que se aprovechan para hacer jabón.

En la casa solo hay dos mujeres y necesitarán ayuda.

De momento sería para dos o tres días a la semana, pero al empezar la recogida, que sería a mediados de diciembre, sería todos los días.

Preparar la comida para la cuadrilla y echar una mano en lo que se tercie.

​Conrada dejó escapar un suspiro de alivio.

​—Pues ya está. Lo demás se irá arreglando.

​Rita asintió.

​—Tendremos que levantarnos antes que hoy.

​—Eso seguro —respondió Esteban—. Silvino me ha dicho que allí se empieza con las primeras luces.

​Desde la habitación llegó la voz de Inés:

​—¿Y nosotros?

​Esteban se volvió hacia ella.

​—Vosotros, de momento, os quedáis al cuidado de la casa.

​—¿Y quién nos cuidará a nosotros?

​La pregunta dejó un breve silencio en la cocina.

​Rita miró a su hija.

​—Sois tres. Tendréis que cuidar unos de otros. Y tú eres la mayor, así que ya sabes...

​—Pero nosotros somos pequeños —protestó Paquito, que acababa de aparecer detrás de su prima.

​—Pequeños, pero espabilados —dijo Rita, intentando quitar importancia al asunto.

​Alfonsa apareció también en la puerta, todavía con el pelo revuelto.

​—¿Vamos a estar solos?

​—Solo durante el día —contestó Conrada—. Y además estaremos cerca. No vamos a irnos a ningún sitio lejano.

​Los niños no parecieron demasiado convencidos.

​Esteban se acercó a ellos.

​—Y podréis ir al pueblo si queréis. Allí habrá gente, niños con los que jugar y cosas que ver. No os vais a aburrir.

​Inés lo miró con cierta desconfianza.

​—¿Y si nos da miedo volver a casa?

​Esteban estuvo a punto de responder con una sonrisa, pero se detuvo. Después volvió a mirar a la niña.

​—No hay nada que temer. Es vuestra casa.

​Inés no respondió.

​Conrada intervino enseguida.

​—Venga, id a lavaros y a desayunar como es debido. Después bajaremos al pueblo.

​Los niños desaparecieron por el pasillo.

​Rita esperó unos segundos antes de hablar.

​—No sé si me gusta mucho eso de dejarlos solos.

​—A mí tampoco —admitió Esteban—. Pero no tenemos otra opción. Si queremos trabajar, tendrá que ser así.

​Conrada se quedó pensativa.

​—Ya encontraremos la manera.

​Esteban asintió.

​—Eso haremos.

​Después del desayuno fueron al pueblo. Necesitaban comprar comida, aceite, harina, legumbres y todo aquello que una familia necesita para empezar a llenar una despensa vacía.

​Los niños fueron con ellos, aunque enseguida se cansaron de acompañar a los mayores. Inés se detenía ante cualquier puerta abierta; Paquito encontraba cosas que despertaban su curiosidad y Alfonsa caminaba detrás de su prima, pendiente de no perderse.

​A media mañana regresaron cargados con varios paquetes y un par de capazos.

​La casa comenzaba a parecer distinta.

​Ya no era aquella vivienda vacía que habían encontrado el día anterior.

Había alimentos en la alacena, ropa en los armarios y utensilios sobre la mesa.

Incluso el olor de la comida que Conrada empezó a preparar consiguió borrar parte de aquella sensación de abandono que todavía flotaba en algunas habitaciones.

​Por la tarde continuaron con los pequeños trabajos que habían quedado pendientes.

​Esteban revisó puertas y ventanas. Ajustó una bisagra que chirriaba y comprobó la leña almacenada para asegurarse de que tendrían suficiente para los primeros días.

​Rita ayudó a Conrada a ordenar la despensa.

​Los niños, mientras tanto, exploraban una vez más la casa y, cada vez que pasaban junto a la estrecha escalera del desván, Inés levantaba la cabeza. No había olvidado que allí arriba había algo que todavía no conocía. Le atraía y a la vez recelaba.

La tarde fue cayendo poco a poco sobre Calaceite. El sol, ya bajo, apenas calentaba las piedras de las fachadas y las sombras comenzaron a alargarse sobre el camino. Dentro de la casa, Conrada había conseguido que la cocina desprendiera un agradable olor a guiso.

Inés estuvo explorando toda la casa.

​Era la primera comida que preparaban allí con la despensa mínimamente surtida. No era gran cosa, pero después de tantos días de viaje y de incertidumbre, a todos les pareció un verdadero banquete.

​Los niños comieron deprisa y después volvieron a sus juegos.

​Inés había conseguido convencer a Paquito y a Alfonsa para subir hasta el primer tramo de la escalera que conducía al desván. Desde allí miraban hacia arriba, sin atreverse todavía a continuar.

​—No subáis más —les advirtió Esteban al descubrirlos—. Ya ha dicho el dueño que aquello no está terminado.

​—Solo estamos mirando —respondió Inés.

​—Pues mirad desde aquí.

​La niña obedeció, aunque antes de bajar volvió a levantar la cabeza hacia la oscuridad que se adivinaba más arriba.