Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo X #2
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Capítulo X #2

​La niña frunció el ceño.

​—Pues yo quiero verlos.

​—Y los verás. Pero tendrás que tener paciencia.

​Esteban, que estaba colocando una de las maletas, intervino:

​—¡Rediez, cuando te da una manía, niña! Deja al señor Silvino tranquilo, que bastante tiene con ayudarnos.

​—No me molesta —respondió este—. Además, si vais a criar conejos, más vale que los niños aprendan desde el principio que también hay que cuidarlos.

​Rita sonrió.

​—Eso se lo puedes explicar a ellos. A mí con que no me toque limpiar las jaulas me basta.

​—¡Ah, no! —protestó Conrada desde la cocina—. Aquí cada cual tendrá su trabajo.

​—Ya sabía que acabaría pagando yo los conejos —respondió Rita entre risas.

​La conversación se fue apagando mientras cada uno continuaba con lo suyo. Al cabo de un rato, Rita abrió una de las ventanas de la sala. Una ráfaga de aire frío y seco entró de golpe, haciendo temblar ligeramente las cortinas.

​—¡Qué frío! —exclamó, cerrándola casi de inmediato.

​Silvino se acercó a mirar por el cristal. Desde allí se veía el camino que habían recorrido poco antes y, más allá, algunas de las últimas casas del pueblo.

​—Por lo menos tenéis buena vista.

​Esteban se colocó a su lado.

​—Sí. Y tranquilidad.

​Silvino asintió.

​—De eso no os va a faltar.

​Se quedó unos segundos mirando hacia fuera y después se volvió.

​—Bueno, paisa. Ahora sí que me tengo que ir.

​Esteban lo acompañó hasta la puerta.

​—Nos has hecho un buen servicio.

​—Para eso estamos.

​—Y mañana, si puedes, acuérdate de lo de los conejos.

​Silvino levantó una mano.

​—Dos conejas y un macho. No se me olvida.

​Antes de salir, miró a los niños.

​—Y vosotros, a portaros bien.

​—¡Sí! —respondieron casi al mismo tiempo.

​Silvino salió y comenzó a alejarse por el camino. Esteban cerró la puerta y volvió al interior. Durante unos instantes nadie dijo nada. La casa había quedado en silencio. Pero era un silencio distinto al de cuando habían entrado. Ahora estaban ellos dentro.

​Pasaron toda la mañana colocando enseres, preparando las camas y vistiéndolas con ropa adecuada, sábanas y mantas gruesas, ideales para aquel frío seco de la comarca del Matarraña.

​Recogieron varios montoncillos de polvo y tierra acumulados en los rincones:

​—¡Anda que no debe llevar tiempo cerrada esta casa! —exclamó Conrada.

​—Aquí hay polvo como para abonar una huerta —secundó su hermana mientras iba recogiéndolo con una pala.

​Esteban subió una tinaja muy grande que encontró en un rincón de la planta baja. La colocó junto a la cocina económica, nivelándola con cuidado.

​—Para el agua —dijo, mirando a las mujeres—. Así no tendréis que bajar a la cisterna o ir a la fuente tan a menudo.

​Poco a poco, la casa fue dejando de parecer abandonada. Las habitaciones comenzaron a llenarse con sus cosas y, aunque todavía quedaban muchos rincones por ordenar, ya podían reconocerse en ella los primeros signos de una vida nueva.

​Al mediodía hicieron un alto. No había mucho donde escoger. Aprovecharon el pan y las magras que Silvino había llevado aquella mañana y añadieron algunas provisiones que habían traído consigo en los hatillos: un poco de queso, unas cebollas y algo de embutido que habían guardado para el viaje.

​Comieron alrededor de la mesa de la cocina, todavía rodeados de cajas, bultos y enseres sin colocar.

​—Mañana tendremos que ir a comprar —dijo Conrada—. Aquí no tenemos ni para llenar la despensa.

​Rita asintió.

​—Habrá que buscar harina, aceite, manteca, legumbres y algo de tocino. Y sal.

​—Y leche —añadió Inés.

​Conrada la miró sonriendo.

​—También leche.

​Esteban terminó de cortar un trozo de pan y dejó la navaja sobre la mesa.

​—Yo mañana tengo que ir a ver al dueño de la finca.

​Conrada levantó la mirada.

​—¿La finca donde trabaja Silvino?

​—Esa misma. Me dijo que hablaría con él. Si todo va como esperamos, me contratará para la temporada de la aceituna.

​Rita sonrió.

​—Eso sería una buena noticia.

​Esteban asintió.

​—Hay que empezar cuanto antes. No hemos venido hasta aquí para quedarnos mirando cómo pasa el tiempo.

​Conrada apoyó una mano sobre la mesa.

​—Ya empezaremos. Primero habrá que poner esta casa en condiciones.

​Esteban miró alrededor. Todavía había mucho que hacer. Pero por primera vez no le pareció que aquello fuera un problema. Era trabajo. Y el trabajo significaba que tenían un futuro.

​Al caer la tarde, la casa empezaba a tomar otro aspecto. Las camas estaban ya preparadas, la cocina ordenada y los pocos enseres que habían traído iban encontrando poco a poco su sitio.

​En la cocina, una única bombilla colgaba del techo. Era una luz pobre, amarillenta, que apenas alcanzaba a iluminar la estancia. En las demás habitaciones no había electricidad, y allí tendrían que arreglarse con velas y candiles cuando llegara la noche.

​Los niños entraban y salían de la cocina, atraídos por aquella pequeña claridad.

​—Y no vayáis dejando la luz encendida —advirtió Conrada—. Solo se enciende cuando haga falta.

​—¿Por qué, madre? —preguntó Paquito.

​—Porque las bombillas cuestan dinero y no estamos para gastar lo que no tenemos. Cuando salgáis de la cocina, se apaga.

​Inés miró hacia la bombilla.

​—¿Y por la noche dormiremos a oscuras?

​Rita sonrió mientras terminaba de colocar unas cosas en la alacena.

​—No del todo. Para eso están las velas.

​Esteban, que había entrado en aquel momento, miró alrededor.

​—Poco a poco iremos poniendo cada cosa en su sitio.

​Afuera comenzaba a oscurecer.

​La luz de la tarde se iba apagando sobre los tejados del pueblo y un aire frío empezaba a colarse por las rendijas de los postigos.

Dentro de la casa, sin embargo, había algo que ninguno de ellos había tenido durante los últimos días: la sensación de estar por fin bajo un techo que podían llamar suyo.

​Aquella noche cenarían con lo que habían podido traer en los hatillos, arropados por el calor de la lumbre.