Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo X
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Capítulo X

​El carro entró en Calaceite lentamente, siguiendo el camino que ascendía hacia las primeras casas.

​A medida que se acercaban al pueblo, el paisaje rural fue dejando paso a las fachadas de piedra, los portales de madera y las calles estrechas.

Algunas mujeres comenzaban ya sus quehaceres y algún hombre cruzaba la calle con paso apresurado.

De vez en cuando, una mirada curiosa se detenía sobre el carro y sobre aquellos desconocidos que acababan de llegar.

​Silvino saludó con la mano a un hombre que estaba junto a una puerta.

​—¡Buenos días, Anselmo!

​El hombre levantó ligeramente la mano a modo de respuesta, pero apenas se detuvo.

​—Buenos días.

​Y siguió con lo suyo.

​Esteban lo observó.

​—¿No nos vas a presentar?

​Silvino sonrió.

​—Ya habrá tiempo, paisa. Aquí cada cual anda a lo suyo.

​El carro continuó avanzando.

​Al poco rato dejaron atrás las primeras casas y llegaron a una zona algo más abierta. A un lado apareció una gran extensión de agua, encerrada por un muro de piedra.

​Los niños se incorporaron inmediatamente entre los bultos.

​—¡Mire, madre! —exclamó Inés—. ¡Hay agua!

​Rita volvió la cabeza.

​—¿Eso es el mar?

​Silvino soltó una risilla y Esteban y los demás adultos rompieron en una carcajada cariñosa.

​—No, criatura. El mar es muchísimo más grande y está lejos de aquí. Esa es la Bassa —contestó Silvino.

​Esteban contempló aquel enorme estanque.

​—¿Y para qué sirve?

​—Para guardar el agua de lluvia. Aquí ha sido siempre cosa importante. De ahí bebían los animales y se aprovechaba para muchas cosas. Cuando llueve bien, se llena.

​El carro pasó junto a la balsa y tomó una calle que discurría junto a ella.

​—Esta es la calle de la Balsa —explicó Silvino—. De aquí para dentro ya empieza el pueblo de verdad.

​Esteban miró las casas que se levantaban alrededor. Eran diferentes de las que habían conocido en Valdepeñas: construcciones sólidas, de piedra, algunas de varias alturas, con pequeños balcones de hierro y grandes puertas de madera.

​No pudo evitar sonreír. Habían llegado. Pero su destino no estaba en el corazón del pueblo.

Al llegar a Calaceite vieron la gran balsa de agua.

​Después de atravesar algunas calles, Silvino hizo que el carretero desviara el carro hacia una zona más tranquila. Las casas comenzaron a espaciarse y el movimiento de personas desapareció casi por completo.

​—¿Por aquí? —preguntó Esteban.

​—Por aquí.

​El camino continuaba hacia las afueras, dejando atrás poco a poco las últimas casas.

​Finalmente apareció ante ellos una construcción de piedra, algo apartada del resto, aunque todavía lo bastante cerca como para formar parte del pueblo.

​El carro se detuvo ante un gran portal. Aquel era el acceso a la planta baja, donde podían guardar el carro, las herramientas y, si los tenían, los animales.

​La vivienda quedaba en la parte superior, pero no se accedía a ella desde allí. Debido al desnivel del terreno, la calle posterior pasaba a la altura del primer piso y permitía entrar directamente en la casa.

​Junto a la puerta esperaba un hombre de cierta edad, vestido con ropa oscura y una chaqueta abrochada hasta el cuello.

​Silvino se apartó del carro.

​—Buenos días.

​El hombre respondió con un breve movimiento de cabeza.

​—Buenos días.

​Después miró a Esteban.

​—¿Don Esteban?

​—Sí.

​—Soy el dueño de la casa.

​Esteban se acercó para estrecharle la mano.

​—Encantado. Esperábamos encontrarle aquí.

​—Ya les dije que vendría.

​El hombre volvió la mirada hacia el carro. Observó a Conrada, a Rita y a los niños que comenzaban a bajar.

​—Han hecho buen viaje.

​—Largo —respondió Esteban—. Pero ya estamos aquí.

​El propietario asintió.

​—Eso es lo importante.

​Se apartó unos pasos y señaló la casa.

​—Pueden dejar los bultos dentro. Les enseñaré dónde está cada cosa y cómo funciona todo.

​Esteban tomó una de las maletas.

​—Perfecto.

​—Vamos —dijo finalmente el propietario—. Hace frío.

​Abrió la puerta para que pasaran.

​La planta baja era una estancia grande y desnuda, con las paredes de piedra y el suelo irregular. Había espacio suficiente para guardar herramientas, aperos y algunos trastos.

​—Aquí abajo pueden dejar el carro y guardar lo que no necesiten dentro de la casa —explicó el propietario—. La vivienda está arriba.

​—La entrada habitual a la vivienda es por la calle de atrás. Como está más alta, se entra a pie plano.

​Señaló una escalera de piedra que arrancaba junto a una de las paredes.

​—Esta escalera comunica con la vivienda. Puede resultarles útil cuando estén aquí abajo.

​Esteban miró hacia arriba.

​—¿Y la casa está toda en ese piso?

​—La vivienda sí. Las habitaciones, la cocina y la sala.

​Rodearon la casa y accedieron a la vivienda. Los niños iban delante, impacientes por verlo todo, mientras Rita y Conrada lo hacían más despacio.

​El propietario abrió una puerta y les mostró la vivienda.

​—Aquí tienen la cocina. La chimenea funciona bien. Y esas dos habitaciones del fondo son las más grandes.

​Esteban entró detrás de él y echó un vistazo alrededor. No era una casa lujosa, pero parecía amplia y sólida. Las paredes gruesas y las vigas de madera daban sensación de refugio frente al frío de aquella tierra.

​Inés, que se había quedado junto a una escalera próxima a la entrada, levantó la cabeza.

​—¿Y esa escalera?

​El propietario se volvió.

El propietario les mostró su nueva casa.

​Por encima de ellos, otra escalera más estrecha continuaba hacia la planta superior.

​—Ahí arriba no hay nada terminado —respondió.

​La niña insistió:

​—¿Qué hay?

​El hombre permaneció un instante en silencio.

​—Un desván. Bueno... algo parecido. Una parte está cubierta y la otra está al aire.

​Inés miró a Esteban, como esperando permiso para subir.

​—¿Podemos verlo?

​El propietario volvió la vista hacia la angosta escalera.

​Negó con la cabeza.

​—Otro día. Ahora no hay nada que ver allí. Está sin terminar y hace demasiado frío.

​Inés pareció decepcionada.

​—Ah...

​El propietario sonrió ligeramente.

​—Ya tendrás tiempo de conocer la casa.

​Después continuó enseñándoles las habitaciones.

​La cocina era amplia, con una vieja mesa de madera, una cocina económica junto a la pared y una chimenea que ocupaba buena parte del fondo. Había un par de armarios, algunos estantes, una alacena y lo imprescindible para empezar a vivir.

​Conrada pasó la mano por encima de la mesa y miró a Rita.

​—Aquí nos vamos a apañar bien.

​Rita asintió.

​Los niños, mientras tanto, iban de una habitación a otra, abriendo puertas y asomándose a los rincones como si estuvieran descubriendo un mundo nuevo.

​Esteban dejó la maleta junto a una de las camas.

​—No está mal —dijo.

​—Es una casa bien grande —respondió el propietario—. Y tiene buenas paredes. En invierno eso se agradece.

​Salieron de nuevo a la escalera.

​Esteban levantó la vista hacia la planta superior.

​—¿Y ahí arriba qué se podría hacer cuando esté terminada?

​El hombre se encogió de hombros.

​—Lo que quieran. De momento, poco.

​Silvino, que había permanecido más pendiente de ayudar a descargar los bultos que de la conversación, intervino:

​—Pues allí arriba puedes poner unas jaulas y unos conejos.

​Esteban lo miró.

​—¿Conejos?

​—Claro. Dos conejas y un macho. Con eso tenéis carne para la casa casi todo el año.

​Conrada sonrió.

​—¿Y quién va a cuidar de ellos?

​—Pues alguno tendrá que hacerlo —respondió Silvino con una sonrisa—. No van a criarse solos.

​Esteban volvió a mirar hacia la escalera.

​—¿Tú crees que cabrían unas jaulas ahí arriba?

​—Cuando esté arreglado, sí. Y yo conozco a uno que tiene buenos animales. Si queréis, mañana mismo puedo hablar con él.

​Conrada intervino:

​—Eso sí que nos vendría bien.

​—Pues hecho. Dos conejas y un macho —dijo Silvino—. Y ya veréis cómo dentro de poco tenéis más conejos de lo que sabéis qué hacer con ellos.

​Los niños, que habían escuchado la conversación, se acercaron inmediatamente.

​—¿Vamos a tener conejos? —preguntó Inés.

Silvino se agachó para mirarla.

​—Si tu tío quiere.

​La niña miró a Esteban con unos ojos enormes.

​—¿Podemos?

​Esteban sonrió.

​—Ya veremos.

​El propietario continuó explicándoles algunos detalles de la casa: dónde se guardaba la leña, cómo cerrar bien los postigos cuando llegaran los días de viento y dónde podían encontrar agua para las necesidades de la casa.

​Esteban asentía mientras procuraba memorizarlo todo. No era una vivienda lujosa. Se veía que tenía ya sus años, pero era recia y tenía espacio suficiente para ellos.

​—Y si necesitamos alguna cosa, ¿dónde podemos encontrarle?

​El hombre se quedó un instante pensativo.

​—Yo no vivo aquí. Tengo una finca camino de Maella, a una horica larga, andando a buen paso.

​—¿Y cómo hacemos para localizarle?

​—Si es algo urgente, pueden preguntar por mí en el pueblo. Cualquiera sabrá decirles dónde encontrarme.

​Esteban asintió.

​—Está bien.

​—De todas formas, si necesitan algo de la casa, procuren decírmelo cuando nos veamos. No suelo bajar todos los días.

​—Lo tendremos en cuenta.

​El hombre se colocó la gorra.

​—Entonces, si no necesitan nada más...

​—Nada más. Muchas gracias.

​—Que tengan suerte.

​Y salió de la casa.

​Silvino esperó a que el propietario desapareciera por el camino antes de cerrar la puerta.

​—Bueno, paisa —dijo—. Ahora sí que estáis en casa.

​Esteban sonrió.

​—Eso parece.

​Durante un rato continuaron colocando los últimos bultos. La casa, que hasta entonces había parecido demasiado grande y silenciosa, comenzó a llenarse de movimiento. Conrada fue poniendo en orden la cocina mientras Rita colocaba la ropa y algunos enseres en una de las habitaciones.

​Los niños no paraban quietos.

​Alfonsa y Paquito entraban y salían de las habitaciones, abriendo puertas, asomándose a los armarios y disputándose quién había descubierto primero cada rincón.

​Inés, en cambio, seguía pendiente de la escalera que conducía al piso superior.

​—¿Y cuándo vamos a tener los conejos?

​Silvino soltó una carcajada.

​—¡Pero si todavía no los tenemos!

​—Ha dicho usted que mañana.

​—He dicho que hablaré con el hombre que los tiene. No es lo mismo.