Capítulo IX
Descendieron al andén con sus bultos. El aire fresco de la mañana les hizo terminar de despejarse.
La estación estaba tranquila. Apenas se veía a unos pocos viajeros y, junto al edificio, un hombre esperaba con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Hacía frío. Realmente hacía mucho frío.
Esteban se quedó mirándolo. El hombre levantó la cabeza y, al reconocerlo, avanzó unos pasos.
—¡Paisa!
Esteban entrecerró los ojos.
—¿Silvino?
El hombre sonrió.
—El mismo, paisa.
Esteban dejó escapar un suspiro de alivio.
—¡Hombre, Silvino! Ya pensaba que íbamos a tener que buscarnos la vida nosotros solos.
Silvino se acercó y le estrechó la mano efusivamente. Los dos hombres se miraron contentos y se fundieron en un abrazo fraternal.
—¡Me cago en sos! Os estaba esperando. Me llegó el cable anoche y di aviso al carretero.
Conrada observaba la escena unos pasos más atrás, con gesto serio.
—¿Y es necesario blasfemar, Silvino? Anda que si te oyera tu madre…
El hombre se avergonzó.
—Perdona, Conrada. Que uno es mu bruto. Tú ya sabes. No reparé en que había señoras presentes.
Esteban soltó una carcajada y miró hacia el carro que aguardaba unos metros más allá. Un mulo, todavía cubierto con una manta de saco sobre la que había quedado una ligera capa de escarcha, permanecía quieto junto al carretero.
—¿Ese es el carro?
—Ese mismo. Y ahí tenéis al hombre que nos llevará hasta Calaceite.
El carretero se acercó entonces a ellos y se quitó la gorra a modo de saludo.
—Bon dia —saludó en lengua vernácula.
—Buenos días —respondió Esteban—. ¿Ha venido todo?
—Todo. Lo que mandasteis hace unos días está ahí detrás.
Esteban se volvió de nuevo hacia Conrada. Por primera vez desde que habían salido de Valdepeñas, una sonrisa franca apareció en su rostro.
—¿Ves? Al final ha llegado todo.
Conrada miró el carro y después a los niños.
—¿Y eso es lo que nos queda para empezar la vida?
Esteban la miró.
Silvino les esperaba en Cretas para acompañarles.
—Eso y las ganas.
Silvino soltó una pequeña carcajada.
—Con eso, y si Dios quiere, tenéis bastante. Que, en teniendo pan y una cama caliente, to lo demás sobra.
Esteban metió mano entre las maletas y sacó la bota de vino.
—Con pan sí, pero con un trago de vino de vez en cuando digo yo que todo mejora.
Silvino abrió los ojos como platos.
—¡Pijo! Trae pa ca —exclamó mientras echaba un buen trago—. ¿Habéis desayunado?
—¡Si acabamos de llegar!
Silvino se acercó al carro y tomó un paquete envuelto en papel de periódico. Lo desató sobre los maderos del vehículo y, ante todos, apareció un pan casero y una cazuela de barro tapada y bien atada.
—¿Qué traes ahí? —preguntó Conrada.
—Ya lo ves. Un pan y unas magras en aceite. Supuse que traeríais hambre.
Conrada sonrió agradecida esta vez.
—Mira que a bruto no te gana nadie, pero tampoco a buena gente.
—Anda, anda, calla y comed. Que hoy por ti, mañana por mí.
Esteban sacó su albaceteña mientras cedía la bota al carretero.
Partió pan. Entre tanto, Silvino untaba las rebanadas con el aceite de la orza y colocaba una buena tajada de magro sobre cada una.
Los niños las devoraron con rapidez y las mujeres y los tres hombres las saborearon entre trago y trago, entre chiste y chascarrillo.
Era un nuevo día y, con él, una nueva esperanza.
Cuando terminaron de comer, Silvino volvió a colocar la cazuela y el pan en el carro y aseguró el paquete entre los bultos.
—Bueno —dijo—. Si estamos todos, será mejor que nos pongamos en camino.
Esteban miró hacia el pequeño edificio de la estación.
—¿Cuánto hay hasta Calaceite?
Silvino miró al cielo.
—Un par de horas, paisa. Poco más si el camino está bueno.
—Pues andando.
—Eso digo yo. Que ya lleváis demasiadas horas sentados.
El carretero tomó las riendas y se colocó delante del mulo. Tiró suavemente de él para sacarlo de la explanada de la estación y el animal comenzó a avanzar con un resoplido. Esteban caminó a su lado, mientras Silvino lo hacía por el otro costado.
Detrás, Conrada y Rita se acomodaron entre los bultos, procurando que los niños quedaran resguardados del frío.
Durante los primeros minutos avanzaron por las afueras de Cretas. A aquella hora apenas se veía gente por las calles. Alguna puerta comenzaba a abrirse y, de vez en cuando, salía de una casa el humo de una chimenea. El pueblo todavía parecía dormido.
Inés miraba a uno y otro lado con curiosidad.
—¿Este es Cretas?
—Este es —respondió Silvino—. Pequeñico, pero apañao.
El carro dejó atrás las últimas casas y tomó un camino de tierra. Poco a poco, los muros de piedra y las fachadas fueron quedando atrás, sustituidos por campos abiertos.
El frío se hizo más intenso al abandonar el resguardo del pueblo. Sobre los bordes del camino todavía quedaban pequeñas manchas de escarcha que brillaban débilmente bajo la primera luz del día.
Esteban permaneció un rato en silencio, contemplando aquel paisaje.
—¿Todo esto es de por aquí? —preguntó finalmente.
—Todo lo que veas tiene dueño, paisa. Aquí hasta una piedra sabe de quién es.
Esteban soltó una breve carcajada.
—Pues tendremos que aprenderlo.
—Ya lo aprenderás. Y cuando lleves unos años aquí, sabrás de quién es cada olivo sin que te lo tengan que decir.
El carro continuó avanzando lentamente por el camino mientras el sol comenzaba a asomar.
Por primera vez desde que habían abandonado Valdepeñas, ninguno de ellos tenía que pensar en el siguiente tren.
Esteban caminaba junto al carretero, mirando a ambos lados.
—¿Todo esto son olivares? —preguntó.
—La mayoría. Por aquí el olivo es el que manda.
Esteban observó los árboles, todavía húmedos por el rocío.
—¿Y esos de allí?
—Almendros. Ahora parecen muertos, pero espera a que llegue la primavera.
Esteban sonrió.
—Habrá que aprender de todo.
Silvino asintió.
—Aquí siempre hay algo que aprender. Del campo, del tiempo y de los hombres.
Durante unos instantes caminaron en silencio.
—¿Y las viñas? —preguntó Esteban al descubrir unas hileras de cepas más adelante.
—También hay. Menos que olivos, pero las hay. Y buenas. Aquí la tierra da un poco de todo si sabes tratarla.
Esteban volvió la mirada hacia los campos.
—Entonces no parece mal sitio para empezar de nuevo.
Silvino sonrió sin dejar de caminar.
—No lo es, paisa. No lo es.
De pronto, desde uno de los matorrales que bordeaba el camino salió una perdiz con un estrépito de alas. El ave pasó casi rozando el carro y levantó tras ella una nube de polvo y hojas secas.
—¡Ay, madre! —exclamó Conrada, llevándose una mano al pecho.
Rita también se sobresaltó y los niños se quedaron mirando hacia el lugar de donde había salido el animal. Los dos hombres rompieron a reír.
—¡Pero mujer! —exclamó Silvino entre carcajadas—. ¡Si no era más que una perdiz!
—¡Pues bien podía haberse quedado donde estaba! —protestó Conrada—. Casi me mata del susto.
El carretero sonrió.
—Aquí hay muchas. En cuanto empieza el calor salen de entre los matojos y se meten en los sembrados.
Esteban todavía se reía.
—Ya ves, Conrada. Todavía no hemos llegado y ya tenemos quien nos dé la bienvenida.
—Pues que se vaya acostumbrando a darla desde lejos —respondió ella, todavía llevándose la mano al pecho.
Durante la siguiente hora y media continuaron avanzando sin más sobresaltos.
El frío de la mañana comenzaba poco a poco a aflojar.
El paisaje seguía sucediéndose ante ellos entre olivares y almendros.
Y entre los árboles comenzaba a verse movimiento: hombres que empezaban a trabajar.
Unos limpiaban de chupones los troncos de los olivos; otros podaban los almendros; una maña oronda azuzaba con una vara a dos cerdos que se habían metido en un sembrado.
Esteban caminaba junto al mulo, ya acostumbrado al ritmo pausado de la marcha. Los niños, arropados entre los bultos, habían vuelto a dormitar.
Fue Silvino quien, de pronto, se detuvo.
—Paisa.
Esteban levantó la cabeza.
—¿Qué?
Silvino señaló hacia delante.
—Mira allí.
Esteban siguió la dirección de su mano.
Sobre la loma, todavía a cierta distancia, comenzaron a distinguirse las primeras casas.
—¿Eso es...?
—Calaceite —respondió Silvino—. Ya estamos llegando.
Esteban se detuvo unos instantes. Miró el pueblo que se extendía ante ellos y después volvió la vista hacia el carro, donde Conrada y Rita cuidaban de los niños.
No dijo nada. Después de dos días de viaje, por fin había un lugar al que podían llamar destino.
A medida que se acercaban fueron apareciendo más casas, algunas todavía cerradas y otras con las primeras señales de actividad. Una columna de humo salía de una chimenea y, más abajo, se escuchó el ladrido de un perro.
Inés se incorporó entre los bultos.
—¿Ya hemos llegado?
Conrada sonrió.
—Parece que sí.
La niña miró hacia las casas.
—¿Y esta va a ser nuestra casa?
Conrada la abrazó.
—No lo sé, hija. Pero a partir de hoy, será nuestro pueblo.
El carro continuó avanzando lentamente hacia Calaceite.
Aquella vieja casa de Calaceite
INTERLUDIO
Umbral
El viaje había terminado. Después de dejar atrás Valdepeñas, la familia había llegado finalmente a Calaceite con la esperanza de comenzar una nueva vida.
Esteban y su esposa, Conrada, habían llegado con sus dos hijos, Alfonsa y Paquito. Con ellos vivía Rita, hermana de Conrada, viuda de Pedro Linares y madre de Inés.
Los tres niños, Alfonsa, Paquito e Inés, eran primos y habían crecido juntos, unidos por el cariño y por las circunstancias de la vida.
Ahora, gracias a su amigo Silvino, los seis tenían una casa donde vivir, un lugar donde empezar de nuevo y la esperanza de que, por fin, las cosas pudieran ir un poco mejor.
Parecía que después de tanto camino habían encontrado al fin un lugar donde quedarse.
Pero una casa puede ser nueva para quienes llegan a ella y, sin embargo, no estar vacía de su pasado.