Capítulo VIII
Cuando el tren se detuvo en la estación de Zaragoza, era ya de noche. Los últimos viajeros comenzaron a descender mientras en el interior del vagón se encendían las luces.
Después de tantas horas de viaje, los seis estaban agotados. Paquito y Alfonsa apenas se despertaron cuando Esteban los llamó para que bajaran. Inés, en cambio, permaneció junto a su madre, mirando por la ventanilla la estación iluminada.
Esteban fue el primero en poner los pies en el andén. Durante unos instantes permaneció quieto, mirando a un lado y a otro. No conocía aquella estación y, por primera vez desde que habían salido de Valdepeñas, sintió con toda claridad que estaban muy lejos de casa.
—Vamos —dijo finalmente—. No nos quedemos aquí.
Ayudó a bajar a los niños y después esperó a que Conrada y Rita recogieran los pocos bultos que llevaban consigo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Conrada.
Esteban miró el reloj de la estación.
—Ahora, averiguar cómo seguimos.
—¿No lo sabes?
—Sé que tenemos que llegar a Cretas. Lo demás habrá que preguntarlo.
Conrada asintió.
—Pues vamos.
Esteban echó a andar hacia el edificio de viajeros. Antes de abandonar el andén, se volvió un momento hacia el tren que acababan de dejar atrás. Había sido su compañero durante todo el día y, sin embargo, allí terminaba aquella parte del viaje.
Dentro del vestíbulo preguntó a un empleado cómo podían continuar hacia Cretas. El empleado lo miró un instante.
—Para Cretas tendrá que informarse en las taquillas. No hay muchos servicios hacia allí.
—¿Las de allí?
—Sí. Pregunte por el próximo tren y dígales que van hasta Cretas.
—Muchas gracias.
Esteban se volvió hacia Conrada.
—Voy a mirar los horarios.
—Nosotros esperamos aquí.
—Sí. No os mováis.
Esteban se dirigió hacia las taquillas mientras Conrada buscaba un lugar donde sentarse con los niños. Paquito apoyó la cabeza contra ella.
—Madre, tengo sueño.
—Ya lo sé, hijo. Aguanta un poquito más.
Rita miró a Esteban, que se alejaba entre los viajeros.
—Parece que todavía nos queda un rato.
Conrada suspiró.
—Mientras sepamos que hay tren, lo demás ya se arreglará.
Esteban llegó finalmente a las ventanillas y esperó su turno. Cuando le tocó, se inclinó hacia el empleado.
—Buenas noches. Somos seis y necesitamos continuar hasta Cretas.
El hombre consultó los horarios.
—Hay un tren de madrugada.
—¿A qué hora?
—A las tres.
Esteban miró hacia el gran reloj de la estación. Todavía faltaban unas horas.
—¿Y llega a Cretas?
—Sí. Va hasta Tortosa y para en Cretas.
Esteban respiró aliviado.
—Entonces ese nos sirve.
El empleado señaló uno de los horarios.
—Tendrán que aguardar hasta entonces.
Esteban asintió. Recogió los billetes. Eran poco más de las ocho y media de la noche. El empleado ya había comenzado a atender al siguiente viajero cuando Esteban se detuvo.
—Disculpe. Una cosa más.
—¿Sí?
—Tenemos que llegar a Cretas y después continuar hasta Calaceite. Allí nos esperan. ¿Hay alguna manera de avisar desde aquí de la hora a la que llegaremos?
El empleado pensó unos instantes.
—Puede dejar un telefonema en Telégrafos. Desde aquí pueden cursarle el aviso a Calaceite.
—¿Y llegará esta noche?
—Eso ya dependerá del servicio. Pero pueden dejarlo puesto.
Esteban asintió. No sabía cuánto podía costarle, pero prefería gastar unas pesetas antes que presentarse al amanecer en Cretas sin que nadie supiera que habían llegado.
—Pues hágamelo, por favor. Hay que avisar a un hombre llamado Silvino. Que estaremos en Cretas al amanecer y que nos espere en la estación.
El empleado tomó una hoja.
—Dígame el mensaje.
—«Esteban y familia llegan tren tres madrugada. Esperadlos estación Cretas. Silvino». Con eso bastará.
El funcionario contó las palabras escritas.
—Cuantas menos palabras, menos le costará.
—No. Así está bien, gracias.
Esteban pagó el importe del telegrama, guardó las monedas que le quedaban y regresó junto a los suyos.
—¿Qué te han dicho? —preguntó Conrada.
Avisaron a Silvino mediante un telegrama
—Que hay un tren a las tres. Va hasta Tortosa y para en Cretas.
—¿A las tres de la madrugada?
—A las tres.
Conrada miró a los niños. Paquito seguía medio dormido, apoyado contra ella, y Alfonsa apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Pues habrá que buscar un sitio donde puedan descansar.
Esteban asintió.
—Nos han dicho que hay una sala de espera por allí.
Cogieron los bultos y caminaron hacia el lugar que les habían indicado. A aquellas horas, la estación había cambiado de aspecto. El movimiento de viajeros era mucho menor que al llegar, aunque de vez en cuando se escuchaban pasos, voces lejanas o el silbato de alguna locomotora.
La sala de espera estaba casi vacía. Unos bancos de madera ocupaban las paredes y, en un rincón, una familia aguardaba también la llegada de un tren.
—Aquí estaremos mejor —dijo Esteban.
Conrada acomodó a los niños en uno de los bancos. Paquito se tumbó de lado y apoyó la cabeza sobre el brazo de su madre. Alfonsa se acurrucó junto a él.
—Tapa a la niña —dijo Rita.
Conrada sacó una manta del equipaje y cubrió a los dos pequeños.
Inés permaneció unos instantes de pie, mirando hacia la puerta.
—¿Cuándo nos vamos?
—Cuando sea la hora —respondió Esteban.
—¿Falta mucho?
Esteban miró el reloj.
—Unas horas.
La niña suspiró y se sentó junto a su primo.
Poco a poco, el cansancio fue venciendo a los tres.
Paquito se quedó dormido casi inmediatamente.
Alfonsa no tardó mucho más. Inés resistió unos minutos, con los ojos abiertos y la cabeza apoyada contra el respaldo, hasta que finalmente también se quedó dormida.
Esteban se sentó junto a ellos. Había sido un día largo. Demasiado largo. Apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos durante unos instantes.
Conrada y Rita permanecieron algo apartadas, sentadas en otro banco. Durante un rato ninguna de las dos habló. La estación estaba casi en silencio. Fue Rita quien finalmente comenzó a hablar.
—Menudo trajín...
Conrada suspiró.
—Y que lo digas. Y todavía falta bastante.
Rita asintió.
Después miró hacia los niños dormidos y bajó la voz.
—Pobres criaturas...
Conrada siguió la dirección de su mirada.
—Están acabaillos.
Hubo otro silencio. Pero esta vez Conrada no apartó los ojos de su hermana.
—Rita...
Ella la miró.
—¿Sí?
Conrada tardó unos segundos en hablar.
—No has abierto apenas la boca en todo el día y antes, en Madrid, dejamos una cosa sin terminar.
Rita comprendió inmediatamente de qué hablaba. Bajó la mirada.
—Ya lo sé.
Conrada se quedó mirándola.
—Entonces sabes de qué te estoy hablando.
Rita asintió lentamente.
—De Pedro.
El nombre quedó suspendido entre las dos durante unos segundos. Conrada bajó la voz todavía más.
—No puedes seguir guardándotelo todo dentro, Rita.
—¿Qué quieres que te diga?
—Lo que pasó con su familia. Lo que pasó con Pedro.
Rita y Conrada conversaron sobre el pasado.
Rita permaneció callada.
Desde el otro banco llegó el leve murmullo de Paquito mientras dormía. Esteban seguía con los ojos cerrados, apoyado contra la pared.
—Pedro era el médico del pueblo. Los suyos entendían que aquel destino en Valdepeñas era solo para empezar y esperaban que llegara un puesto mejor —dijo finalmente Rita—. Ya lo sabes.
—Sí.
—Y su familia nunca entendió que quisiera casarse conmigo.
Conrada asintió.
—Porque ellos eran de Madrid y tú eras una muchacha de Valdepeñas.
—Porque ellos tenían dinero y nosotros no. Y porque pensaban que Pedro podía haber elegido a una mujer de su condición.
Conrada guardó silencio.
—Pero él te eligió a ti.
Rita sonrió apenas.
—Sí. Y durante un tiempo pensé que eso era lo único que importaba.
Se quedó mirando a su hija dormida.
—Después llegó la guerra.
Conrada no dijo nada.
—Pedro, tan comprometido él con todos los que lo necesitaban. Tan voluntarioso con los enfermos… Fue destinado al servicio de ambulancias y marchó al frente. Estaba en una ambulancia trasladando a varios heridos cuando lo hicieron prisionero. Después… ya sabes lo que pasó.
—Sí.
—Lo llevaron allí. Al lugar donde después hicieron el Valle de los Caídos.
La voz de Rita se quebró ligeramente, pero enseguida recuperó la calma.
—Y lo fusilaron al terminar la guerra.
Conrada bajó la mirada.
—Inés apenas tenía dos años.
—Ni siquiera llegó a conocerlo.
Las dos mujeres miraron hacia la niña.
Durante unos instantes solo se escuchó el lejano ruido de una locomotora maniobrando en algún punto de la estación.
—Por eso quería que fueras a ver a su madre —dijo Conrada—. No por ti. Por Inés.
Rita respiró hondo.
—¿Y qué crees que encontraríamos allí?
—No lo sé.
—Quizá ni siquiera quieran abrirnos la puerta.
Conrada la miró fijamente.
—Y quizá sí.
Rita volvió los ojos hacia la niña.
—Después de diez años… no sé si queda algo de aquella familia para nosotros.
Conrada le puso una mano sobre la suya.
—Eso es precisamente lo que podrías averiguar.
Rita no respondió.
A través de los cristales de la sala de espera, la noche de Zaragoza parecía inmensa y fría. El reloj seguía su caminar lento e inexorable. Pronto toda la familia quedó sumida en un sueño inevitable, durmiendo lo mejor acomodados que podían.
Un silbido estridente, muy próximo, les despertó. Se desperezaron ruidosamente. Inés saltó como un resorte hacia la puerta para ver el tren que había silbado. Alfonsa y Paquito la siguieron. Conrada miró el reloj que colgaba de un extremo de la sala.
—Las tres menos cuarto. Ese debe ser nuestro tren.
Inés respondió desde la puerta.
—Es mu grande, tía. Está parando aquí delante.
Esteban se levantó mientras estiraba los brazos sin reprimir un bostezo.
—¡Ea, familia! Démonos prisa que ya van tocando a rebato.
Niños, mayores, maletas y hatillos se apresuraron a subir a aquel último tren. Aseguraron bien sus pertenencias en la rejilla situada sobre los asientos de madera y se acomodaron lo mejor posible.
—Venga, niños. A dormir un rato más, que en nada ya estaremos —ordenó Conrada.
Las mujeres cedieron uno de los bancos a los niños para que se tumbaran y los arroparon con una manta. Esteban se recostó sobre el lateral de madera junto a la ventanilla, se echó la boina sobre la cara y se quedó sumido en un profundo sopor casi de inmediato.
Conrada se recostó sobre su marido, mirándolo de forma tierna y acariciando su brazo, aliviada de tanto estrés.
Rita la miró sonriendo.
—Eres afortunada, hermana.
—Sí que lo soy, pero calla no vaya a oírte que se hincha más que un pavo.
Las dos hermanas sonrieron cómplices, como cuando jugaban siendo niñas. Pronto los seis durmieron acunados por el vaivén del tren.
La noche pasó sin que ninguno de ellos volviera a despertarse. Poco a poco, la oscuridad comenzó a clarear tras las ventanillas. Una luz grisácea fue sustituyendo al negro de la noche y, con las primeras luces del amanecer, el paisaje empezó a dibujarse entre las sombras.
Esteban fue el primero en abrir los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía aturdido por el sueño. Después miró por la ventanilla.
Aquello ya no se parecía en nada a las tierras que habían dejado atrás. El tren avanzaba lentamente entre campos y lomas, mientras una ligera niebla se levantaba sobre las tierras bajas.
El cabeza de familia se incorporó.
—Conrada...
Ella abrió los ojos con dificultad.
—¿Qué pasa?
—Creo que ya estamos cerca.
Rita también se despertó y miró hacia la ventanilla. Los niños continuaban dormidos. En ese momento se escucharon unos pasos por el pasillo. El revisor apareció en la puerta del compartimento.
—¡Cretas! —anunció—. ¡Cretas! Vayan preparando los equipajes.
Esteban miró a Conrada.
—Ea. Despertad a los pequeños.
Paquito abrió los ojos a medias.
—¿Ya hemos llegado?
—Ya, hijo. Ya hemos llegado.
Inés se incorporó de golpe y buscó la ventanilla.
—¿Esto es Cretas?
Esteban sonrió.
—Esto es Cretas.
El tren comenzó a reducir la marcha.
Los seis se apresuraron a recoger sus cosas mientras, al otro lado de los cristales, la primera luz del día iluminaba lentamente el paisaje.
Por fin, después de dos días de viaje, habían llegado a la última estación. Y ninguno de ellos sabía todavía qué les esperaba al otro lado.