Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo VII
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Capítulo VII

​El tren abandonó lentamente Atocha y los últimos edificios de Madrid comenzaron a desfilar ante las ventanillas.

Los niños no dejaban de mirar. Durante unos minutos todavía intentaron descubrir algo más de aquella ciudad que acababan de conocer, hasta que las casas fueron quedando atrás y el paisaje volvió a abrirse.

​Alcalá de Henares pasó entre el movimiento de viajeros y el continuo traqueteo del tren. Después llegó Guadalajara.

​A medida que avanzaban hacia el norte, el paisaje comenzó a cambiar. Los campos se hicieron más ondulados y, poco a poco, las tierras llanas quedaron atrás.

​Esteban miró a sus hijos. Alfonsa y Paquito observaban todos los detalles del tren, aunque con cara de cansancio. Inés permanecía absorta con el paisaje, apoyada contra el cristal.

​Todavía quedaba mucho viaje por delante.

​El tren continuó durante un buen rato después de dejar atrás Guadalajara. Para entonces, el hambre empezaba a hacerse notar.

​—Padre, tengo hambre —dijo Paquito.

​Esteban miró a Conrada.

​—Pues ya somos dos.

​—¿Dos? —respondió ella—. Tú llevas desde esta mañana diciendo que no tenías hambre.

​—Porque tenía otras cosas en las que pensar.

​Rita sonrió desde el otro lado del compartimento.

​—Con todo el trajín de Madrid, apenas hemos probado bocado.

​Conrada abrió uno de los hatillos que llevaba consigo.

​—A ver qué nos queda.

​Sacó el pan que habían llevado desde Valdepeñas y lo sostuvo un momento entre las manos.

​—Este ya está más duro que una piedra.

​Esteban se echó a reír.

​—Pues habrá que mojarlo.

​De otro envoltorio apareció un trozo de queso manchego y una longaniza. Después, Conrada sacó un pequeño puñado de almendras y unos higos secos.

​Los niños se acercaron inmediatamente.

​—¿Eso es para nosotros?

​—Para todos —respondió Conrada—. Pero despacio, que todavía queda mucho viaje.

​Esteban buscó entre los bultos y sacó una pequeña bota de vino.

​—Y esto para los mayores.

​La levantó y bebió directamente de ella, apretándola ligeramente para que el vino cayera en un fino chorro.

​Conrada lo miró de reojo.

​—No te vayas a acabar la bota antes de llegar a Zaragoza.

​—Mujer, que tampoco soy yo de tan mala condición.

​Rita soltó una risita.

​—Eso habrá que verlo.

​Esteban volvió a guardar la bota.

​Paquito había cogido un trozo de pan y lo untaba cuidadosamente con un poco de miel que Conrada había sacado de otro pequeño envoltorio.

​—Así está más bueno —dijo.

​Esteban lo miró satisfecho.

​—¿Ves? Ya te decía yo que el pan duro también sirve.

​Durante unos minutos, el compartimento se llenó del olor del queso, la longaniza y el pan. Los niños comieron con ganas y los mayores aprovecharon para tomar algo después de tantas horas de viaje.

​Afuera, Guadalajara iba quedando atrás y el tren continuaba su camino hacia el norte.

​El tren se detuvo unos minutos en una estación. Algunos viajeros aprovecharon para bajar a estirar las piernas, mientras otros se asomaban a las ventanillas.

​Al poco, un hombre subió al vagón con una pequeña cartera de cuero bajo el brazo.

​—¡Lotería Nacional! ¡A tres pesetas el décimo! ¡La niña bonita! ¡El quince! ¡El siete! ¡Los dos patitos, el veintidós!

​El hombre avanzaba despacio por el pasillo,

​ofreciendo los décimos a los viajeros.

​Paquito levantó la cabeza.

​—¿Qué vende ese señor, padre?

​Esteban sonrió.

​—Lotería.

​—¿Y para qué sirve?

​—Para tener un poco de suerte.

​El niño se quedó pensativo.

​—¿Y si tienes mucha?

​Esteban soltó una carcajada.

​—Entonces puedes hacer muchas cosas.

​Conrada, que había escuchado la conversación, intervino:

​—Primero habría que tener las tres pesetas.

​El vendedor, que pasaba junto a ellos, sonrió.

​—Eso también es verdad, señora. Pero nunca se sabe dónde está la suerte.

​Paquito siguió con la mirada los décimos que el hombre llevaba en la mano.

​—¿Y si nos toca, padre?

​Esteban miró a Conrada, que frunció el ceño, y después al niño.

​—Entonces ya pensaremos qué hacemos.

​El vendedor llegó al extremo del vagón y volvió a pregonar:

​—¡Lotería Nacional! ¡A tres pesetas el décimo! ¡La niña bonita! ¡El quince! ¡Los dos patitos, el veintidós!

​Poco después descendió del tren y desapareció entre los viajeros del andén. Paquito continuó mirando por la ventanilla.

​—A mí me gustaría que nos tocara.

Esteban le revolvió el pelo.

​—A mí también, hijo. A mí también.

​Paquito todavía permaneció unos minutos despierto, entretenido con las últimas migas de pan que quedaban en sus manos. Después empezó a cabecear.

​Conrada lo observó.

​—Ven aquí, hijo.

​El niño se acercó sin protestar y apoyó la

cabeza sobre las piernas de su madre. Apenas tardó unos instantes en quedarse dormido.

​—Pobrecillo —murmuró Rita.

​—Lleva desde antes de amanecer en pie —respondió Conrada, acariciándole el pelo.

​Alfonsa tampoco tardó en quedarse adormilada, apoyada contra el respaldo. Solo Inés continuaba despierta, sentada junto a la ventanilla.

​Durante un rato permaneció contemplando el paisaje en silencio. La llanura que habían dejado atrás comenzaba a cambiar. Los campos se ondulaban suavemente y, a lo lejos, aparecían algunas elevaciones que rompían la línea del horizonte.

​Inés señaló hacia ellas.

​—Tío…

​Esteban levantó la mirada.

​—¿Qué ocurre?

​—¿Aquello son montañas?

​Esteban se acercó un poco a la ventanilla.

​—Son las primeras que vemos. Ya verás cómo cambia el paisaje.

​La niña siguió mirando.

​—¿Son muy altas?

​—Todavía no has visto nada.

​Inés sonrió.

​—¿Hay montañas cerca de Zaragoza?

​Esteban miró un instante hacia el horizonte.

​—Hay muchas cosas que todavía no has visto, Inesita.

​La niña volvió a apoyar la frente contra el cristal.

​—Quiero verlas todas.

​Esteban sonrió.

​—Pues tendrás que mantener los ojos abiertos.

El tren continuó su marcha mientras la tarde comenzaba lentamente a caer sobre los campos. Las lomas comenzaron a ganar altura a ambos lados de la vía. El tren avanzaba ahora entre tierras más quebradas, dejando atrás la llanura castellana.

​Inés continuaba pegada a la ventanilla, siguiendo con los ojos cada cambio del paisaje. Paquito, en cambio, había vuelto a dormirse sobre las piernas de Conrada, y Alfonsa descansaba con la cabeza apoyada contra el respaldo.

​De vez en cuando, el tren reducía la marcha al aproximarse a alguna estación. El movimiento de los viajeros, las voces de los ferroviarios y los silbatos de las locomotoras rompían durante unos minutos la tranquilidad del vagón.

​Al acercarse a Sigüenza, Inés volvió a señalar hacia el exterior.

​—Mire, tío. Allí hay más montañas.

Esteban se inclinó para mirar.

​—Sí, hija. Ya verás cómo cambia el terreno a partir de ahora.

​—¿Y todavía falta mucho para Zaragoza?

​—Todavía bastante.

​La niña pareció conformarse con la respuesta y volvió a mirar por la ventanilla.

​El tren continuó su marcha hacia Calatayud. Cuando por fin comenzaron a distinguirse las primeras casas de la ciudad, Esteban consultó el reloj. El tren reduciría la marcha y permanecería allí unos minutos más de lo habitual.

​—Creo que tenemos tiempo para bajar un momento —dijo.

​Conrada lo miró sorprendida.

​—¿Para qué?

​Esteban sonrió.

​—He estado echando cuentas. Después de pagar los billetes todavía nos quedan unas perricas. Y ya que hemos llegado hasta aquí…

​Miró a los niños, que empezaban a despertar.

​—Podríamos comprarles unos caramelos.

​—¿Caramelos? ¿Cómo en Navidad? —preguntó Alfonsa, incorporándose de inmediato.

​—Si encontramos dónde comprarlos.

​Paquito abrió los ojos.

​—¿Son de los de Madrid?

​—No. Estos son de Calatayud.

​El tren entró lentamente en la estación. Hubo un largo resoplido de la locomotora y el habitual movimiento de viajeros que se preparaban para bajar.

Esteban descendió con rapidez.

​—Vosotras quedaos aquí. No me entretengo.

​—Y no te gastes lo que no tenemos —le advirtió Conrada.

​Esteban se volvió sonriendo.

​—Solo unas pesetillas, mujer.

​El andén estaba animado. Algunos viajeros habían bajado a estirar las piernas y otros aprovechaban la parada para comprar algo en los pequeños puestos y establecimientos de la estación.

​Esteban preguntó a un empleado dónde podía comprar unos caramelos.

​—Los adoquines —le respondió el hombre—. Si quiere llevarles algo a los críos, pregunte allí.

​Poco después regresó con un pequeño paquete de papel. Los niños se arremolinaron a su alrededor en cuanto volvió a subir al vagón.

​—¿Qué trae, padre?

​Esteban abrió el envoltorio. Dentro aparecieron unos caramelos enormes, cada uno envuelto en un papel de colores en el que aparecía la imagen de la Virgen del Pilar. Los tres niños los contemplaron con asombro.

​—¿Eso es un caramelo? —preguntó Paquito.

​—Un adoquín —respondió Esteban.

​Alfonsa lo tomó entre las manos.

​—¡Pero si es enorme!

​Rita soltó una risita.

​—Con uno de esos tenéis para todo el viaje.

​—¿Se puede comer entero? —preguntó Paquito.

​Esteban negó con la cabeza.

​—Entero, no. Tendrás que tener paciencia.

​Paquito lo miró desconfiado.

​—¿Y cómo se come?

​—Chupándolo.

​El niño se llevó el caramelo a la boca con cuidado.

​Al instante abrió mucho los ojos.

​—¡Está muy duro!

​Todos rieron.

​Conrada negó con la cabeza mientras observaba a los pequeños.

​—Anda, despacio, que como sigáis así os vais a quedar con la boca pegada.

​Los niños volvieron a sus caramelos, felices.

​Esteban se sentó junto a Conrada.

​—Ha valido la pena.

​Ella lo miró de reojo.

​—Mientras te queden pesetas para llegar a Zaragoza, sí.

​Esteban sonrió.

​—Todavía quedan unas pocas de las que apartamos pal viaje. Y no te apures, que llevo bien guardado el resto.

​El silbato de la locomotora volvió a sonar.

​Los viajeros ocuparon sus asientos y el tren comenzó a moverse lentamente, dejando atrás la estación de Calatayud.

​Los niños seguían entretenidos con sus enormes caramelos mientras, al otro lado de la ventanilla, el paisaje continuaba deslizándose hacia Zaragoza.

​Poco a poco, la tarde fue perdiendo luz. El sol descendía detrás de las lomas y las sombras se alargaban sobre los campos. Por las ventanillas comenzó a entrar un aire cada vez más frío.

​Los niños fueron quedándose más callados. Alfonsa dejó de mirar el paisaje y apoyó la cabeza contra el respaldo. Paquito todavía mantenía el adoquín entre las manos, pero ya no tenía fuerzas ni para llevárselo a la boca.

​Conrada lo observó.

​—Anda, hijo. Guarda eso y duerme un poco.

​—Todavía no tengo sueño —murmuró el niño.

​Apenas terminó de decirlo, cerró los ojos.

​Esteban sonrió.

​—No tiene sueño, dice.

​Conrada le acomodó la cabeza sobre su regazo.

​—Lleva desde las seis y media de la mañana en pie. ¿Qué quieres que haga?

​—Nada. Que duerma.

​Rita miró a Inés, que continuaba despierta junto a la ventanilla.

​—¿Tú no tienes sueño, hija?

​Inés negó con la cabeza.

Esteban compró unos adoquines en Calatayud

​—Quiero ver cuándo llegamos a Zaragoza.

Rita sonrió.

​—Pues tendrás que esperar un poquito más.

​La niña volvió la mirada hacia el cristal. Afuera, los últimos resplandores del día iban desapareciendo y el paisaje se convertía poco a poco en una sucesión de sombras.

​Durante un rato nadie habló. Solo se escuchaba el traqueteo del tren y, de vez en cuando, el golpe seco de algún enganche.

​Alfonsa se había quedado dormida. Paquito respiraba profundamente sobre las piernas de su madre. Incluso Inés comenzó a luchar contra el sueño, aunque se resistía a cerrar los ojos.

​Esteban miró el reloj.

​—Ya debe faltar poco.

​Conrada levantó la vista.

​—¿Para Zaragoza?

​—Sí.

​En ese momento, a lo lejos, comenzaron a aparecer algunas luces.

​Primero fueron unas pocas, aisladas en la oscuridad. Después se hicieron más numerosas. El tren empezó a reducir la marcha.

​Inés levantó la cabeza.

​—¿Es Zaragoza?

​Esteban miró por la ventanilla.

​—Parece que sí.

​La niña despertó de golpe y trató de ver algo más allá del cristal.

​Las luces se multiplicaban a ambos lados de las vías. Se distinguían edificios, andenes y otras composiciones detenidas. El resplandor de las instalaciones ferroviarias iluminaba por momentos el humo que escapaba de las locomotoras.

​El tren avanzó lentamente entre las vías hasta que, poco después de las ocho de la noche, comenzó a detenerse.

​Esteban se incorporó.

​—Hemos llegado.

​Zaragoza los esperaba al otro lado de la ventanilla.