Capítulo VI
El tren entró en Madrid poco después de las once de la mañana. Los seis viajeros se acercaron a las ventanillas. Lo que vieron al otro lado del cristal dejó a los niños sin palabras.
Las vías parecían multiplicarse hasta perderse bajo la enorme cubierta de la estación.
Por los andenes se movía una multitud de viajeros que iban y venían cargados con maletas, hatillos y paquetes.
Ferroviarios con sus uniformes caminaban apresurados de un lado a otro, mientras los mozos de equipajes empujaban carros repletos de bultos.
Una locomotora dejó escapar un largo resoplido y una nube de vapor se extendió por uno de los andenes.
Más allá, un grupo de soldados avanzaba en fila con sus petates al hombro. Una mujer trataba de mantener junto a ella a dos niños pequeños y un hombre discutía con un mozo por el lugar donde había dejado una maleta.
Había voces por todas partes. Silbatos. Pasos apresurados. El chirrido de los carros sobre el suelo. El golpeteo seco de los enganches. Anuncios que se perdían entre el bullicio.
Paquito se aferró a la mano de su madre. Alfonsa miraba de un lado a otro, incapaz de decidir qué era lo que más le llamaba la atención. Inés se había quedado junto a la ventanilla contemplándolo todo con los ojos muy abiertos.
—¿Todo esto es Madrid? —preguntó.
Esteban sonrió.
—Esto es solo la estación, Inesita.
El tren dio un último tirón y quedó definitivamente detenido.
—Vamos. No os separéis —dijo Esteban.
Bajó primero y esperó en el andén hasta que Conrada, Rita y los niños estuvieron junto a él. Durante unos instantes permanecieron los seis juntos, rodeados por aquella corriente interminable de viajeros.
Esteban miró los bultos y después sacó del bolsillo los billetes que había comprado en Valdepeñas.
Los seis tenían billete hasta Madrid. Hasta allí llegaba lo que llevaba comprado.
Para continuar el viaje tendrían que adquirir otros seis billetes, esta vez hasta Zaragoza.
Y eso era lo primero que debía resolver.
—Vosotras quedaos aquí con los niños y vigilad los equipajes —dijo Esteban—. Voy a buscar la taquilla.
—¿Ahora mismo? —preguntó Conrada.
—Sí. Primero quiero saber a qué hora sale el tren para Zaragoza. Después ya veremos qué hacemos.
Esteban echó a andar entre la gente. No quería perder tiempo. Cada minuto que pasaba podía significar que el siguiente tren estuviera más cerca de salir o que tuvieran que esperar horas.
Detrás de él, los niños seguían mirando la estación como si hubieran entrado en otro mundo.
Alfonsa señaló hacia uno de los andenes.
—Mira, Inés…
Pero Inés apenas la escuchaba. Seguía contemplando el ir y venir de aquella multitud. Para ellos, Madrid acababa de comenzar allí mismo, entre el humo de las locomotoras, los gritos de los mozos y el incesante movimiento de la estación.
La estación de Atocha era enorme y bulliciosa
Y mientras los niños descubrían la ciudad con los ojos, Esteban buscaba las taquillas con la preocupación de quien sabe que todavía queda mucho camino por delante.
Apenas había avanzado unos pasos cuando tuvo que apartarse para dejar pasar a un mozo que empujaba un carro cargado de maletas. Más adelante, dos hombres discutían junto a un montón de equipajes y una familia entera trataba de abrirse paso entre la gente.
Esteban vio a un ferroviario que caminaba deprisa por el andén.
—¡Oiga! —lo llamó.
El hombre se volvió.
—¿Sí?
—¿Me puede decir dónde están las taquillas?
El ferroviario señaló hacia el edificio de viajeros.
—Por allí. Entre en el vestíbulo y pregunte en información si no las encuentra.
—Muchas gracias.
Esteban regresó un momento junto a los suyos.
—Están en el vestíbulo. Voy a comprar los billetes y vuelvo enseguida.
—No tardes —dijo Conrada.
—No.
Esteban volvió a internarse entre la gente. Esta vez caminó más deprisa.
Al entrar en el vestíbulo, el bullicio pareció hacerse todavía mayor. Viajeros que acababan de llegar se mezclaban con los que esperaban para partir; unos consultaban sus billetes, otros preguntaban por los horarios y, frente a las ventanillas, varias personas aguardaban su turno.
Esteban se detuvo unos segundos, buscando algún cartel que pudiera orientarlo. Finalmente distinguió las ventanillas de despacho de billetes. Se colocó al final de la fila.
Mientras esperaba, volvió a sacar del bolsillo los billetes de Valdepeñas. Los miró una vez más. Después apretó las monedas que llevaba en el bolsillo.
—Seis billetes para Zaragoza —pensó—. Y a ver cuánto nos queda después.
Cuando llegó su turno, se acercó a la ventanilla.
—Buenos días.
El empleado levantó la vista.
—Buenos días.
—Quería seis billetes para Zaragoza. Tres adultos y tres niños.
El empleado tomó papel y lápiz.
—¿Para qué tren?
Esteban vaciló un instante.
—Eso es precisamente lo que quería saber. Acabamos de llegar de Valdepeñas y no sabemos cuál es el próximo que sale.
El empleado consultó los horarios que tenía delante.
—Hay uno a las dos de la tarde.
—¿A las dos? —repitió Esteban.
—A las dos en punto.
Esteban hizo mentalmente la cuenta. Habían llegado poco después de las once. Tenían algo menos de tres horas.
—Entonces ese nos viene bien.
—¿Los seis hasta Zaragoza?
—Sí. Los seis en tercera.
El empleado comenzó a hacer las cuentas sobre el papel.
—El recorrido es Madrid, Alcalá, Guadalajara, Sigüenza, Calatayud y Zaragoza.
Esteban asintió.
—Eso es.
El empleado terminó sus cálculos y levantó la mirada.
—Doscientas veintisiete pesetas con cuarenta céntimos.
Esteban metió la mano en el bolsillo y contó las monedas que llevaba. Le alcanzaban. Pero no por mucho. Durante unos segundos permaneció con la mano cerrada sobre el dinero.
—Déme los seis —dijo finalmente.
El empleado extendió los billetes por debajo de la ventanilla y Esteban entregó las monedas.
—¿Van ustedes directamente a Zaragoza?
—Sí. Venimos de Valdepeñas.
El hombre asintió mientras recogía el dinero.
—Entonces procuren estar de vuelta con tiempo. A esas horas suele haber bastante movimiento en la estación.
—Así lo haremos.
Esteban guardó cuidadosamente los seis billetes en el bolsillo interior de la chaqueta. Antes de apartarse de la ventanilla, miró una vez más al empleado.
—¿Y con tiempo cuánto quiere decir?
—Estén aquí al menos media hora antes de la salida. Mejor no apurar.
—De acuerdo. Muchas gracias.
—A ustedes.
Cuando regresó al andén, Conrada lo estaba esperando con los brazos cruzados.
—¿Ya los tienes?
Esteban levantó los billetes.
—Para las dos.
—¿A las dos?
—A las dos en punto.
Conrada miró hacia el gran reloj de la estación.
—Entonces no podemos entretenernos demasiado.
Esteban sonrió.
—Mujer, tenemos casi tres horas.
—Casi tres horas pasan volando cuando llevas tres niños y todos estos bultos.
Esteban miró a los pequeños, que seguían embelesados mirando cuanto ocurría a su alrededor.
—Podríamos enseñarles un poco Madrid.
Conrada suspiró.
—Un poco, sí. Pero sin alejarnos demasiado.
—No pensaba llevarlos hasta Toledo.
Conrada no pudo evitar sonreír.
—Contigo nunca se sabe.
Al salir coincidieron con un amable empleado de la estación que, al observar la cantidad de bultos que llevaban, les indicó que había una consigna donde podían dejar los equipajes.
Allí dejaron sus maletas y salieron de la estación poco después.
Al dejar atrás el bullicio de los andenes, se encontraron de pronto en medio de una ciudad que a los tres niños les pareció inmensa.
Esteban caminaba unos pasos por delante con ellos.
Paquito no sabía hacia dónde mirar. Señalaba los automóviles que pasaban por la calle, sorprendido de ver tantos juntos y, sobre todo, de que algunos fueran mucho más grandes y relucientes que los pocos coches que conocía de Valdepeñas.
Alfonsa se detenía ante los escaparates, fascinada por las cosas que se mostraban detrás de los cristales, mientras Inés intentaba abarcarlo todo con la mirada.
Madrid se abría como el país de las maravillas.
Había tranvías que pasaban con un ruidoso traqueteo, hombres que caminaban deprisa, mujeres cargadas con bolsas y paquetes, vendedores que anunciaban sus mercancías y puertas de comercios que se abrían y cerraban continuamente.
Esteban se volvía de vez en cuando para comprobar que los niños seguían detrás de él.
—¡Mirad eso! —exclamó Alfonsa.
—¿Qué has visto? —preguntó Esteban.
Pero ella ya señalaba hacia otro lado.
Paquito tiraba de la mano de su padre.
—¡Mire, padre! ¡Otro coche!
Esteban se echó a reír.
—Ya veo, ya. Si seguimos así, no vamos a llegar muy lejos.
Los niños continuaron avanzando a su lado, absortos ante aquel mundo desconocido.
Conrada y Rita habían quedado unos pasos atrás. Caminaban más despacio, dejando que Esteban y los pequeños disfrutaran de la novedad.
Durante unos instantes ninguna de las dos dijo nada.
Fue entonces cuando Conrada miró a su hermana.
—Rita...
—¿Qué?
—Ahora que estamos en Madrid... ¿no has pensado en visitar a la madre de Pedro?
Rita negó lentamente con la cabeza.
—¿Para qué?
—Para que conozca a su abuela.
Rita bajó la mirada.
—Hace muchos años que no tenemos trato.
—Pero ella es la abuela de Inés.
—Lo sé.
Hubo un breve silencio.
—Pedro era de aquí —añadió Rita—. Su familia vivía cerca del puente de Toledo. Nunca vieron con buenos ojos que se casara conmigo.
Conrada frunció ligeramente el ceño.
—Porque eras de Valdepeñas.
—Él era el médico y yo... pobre.
Rita lo dijo sin amargura, casi como si llevara tantos años acostumbrada a aquellas palabras que ya no le dolieran.
—Y porque ellos pensaban que Pedro podía aspirar a otra cosa.
Conrada miró de nuevo a su hermana.
—Pero Pedro te eligió a ti.
Rita sonrió débilmente.
—Sí.
Después volvió a guardar silencio.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Conrada.
Rita negó con la cabeza.
—Nada. No quiero presentarme allí después de diez años como si no hubiera pasado nada.
—No irías tú sola.
Rita levantó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Que llevarías a Inés. Al fin y al cabo, es su abuela.
Rita miró hacia la niña.
Durante unos segundos pareció pensarlo.
—No sé si querrán vernos.
Conrada le tomó suavemente el brazo.
—Eso no lo sabrás si no lo intentas.
—¿Y cuándo quieres que lo intente? —dijo Rita—. Tenemos que volver a la estación antes de la una y media. Además, desde aquí hasta el puente de Toledo hay un buen trecho. Entre ir y volver se nos va más de una hora.
Conrada guardó silencio durante unos instantes.
—Podríamos coger un tranvía.
Rita negó con la cabeza.
—¿Y dejar a Esteban con los tres niños mientras nosotras vamos a buscar a una familia que quizá ni siquiera quiera recibirnos?
Conrada no respondió.
Rita volvió a mirar hacia su hija.
—Otro día, Conrada. Si alguna vez volvemos a Madrid, quizá.
—No es el camino lo que te preocupa, Rita.
Rita la miró.
—¿Entonces qué?
—Que no sabes qué encontrarás cuando llegues allí.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.