Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo V
23%

Capítulo V

El tren avanzaba todavía envuelto en la oscuridad. Al otro lado de la ventanilla, una hilera de postes telegráficos corría paralela a las vías. Sus siluetas aparecían y desaparecían a intervalos regulares, recortadas contra un cielo que empezaba lentamente a perder la negrura de la noche.

​Dentro del compartimento, casi todos permanecían en silencio.

El traqueteo constante de las ruedas llenaba el espacio con un sonido monótono, casi hipnótico.

De vez en cuando, un cambio de ritmo, un golpe seco en los enganches o el silbido lejano de la locomotora recordaban a los viajeros que seguían avanzando.

​Los tres niños dormían. El pequeño de cinco años había quedado acurrucado junto a su madre, con la cabeza apoyada contra su brazo. Las niñas descansaban en el banco de enfrente, vencidas finalmente por el cansancio después de la agitación de la partida.

​Los adultos, en cambio, apenas dormían.

Habían pasado buena parte de la noche despiertos y ninguno parecía dispuesto a entregarse por completo al sueño.

Aún llevaban encima la preocupación del viaje, los cambios de tren que les esperaban y aquella sensación extraña que produce abandonar un lugar conocido sin saber exactamente qué encontrarán al llegar.

​Uno de ellos miró hacia la ventanilla. La oscuridad comenzaba a clarear. Primero fue apenas una franja grisácea sobre el horizonte. Después, poco a poco, el cielo adquirió un tono más claro y los campos empezaron a distinguirse al otro lado de las vías.

​La Mancha despertaba lentamente. De vez en cuando aparecía alguna casa aislada, algún grupo de árboles o una construcción perdida junto al trazado ferroviario. Los postes telegráficos seguían acompañando al tren, incansables, inclinándose apenas sobre sus travesaños bajo el peso de los cables.

​Esteban volvió a palparse el bolsillo para cerciorarse de que los billetes estaban en su lugar.

Los seis seguían allí. No era la primera vez que comprobaba que los llevaba consigo.

Probablemente tampoco sería la última. Había contado aquellas pesetas más de una vez antes de emprender el viaje.

Sabía cuánto había costado reunirlas y cuánto tendría que durar el dinero que les quedaba.

El trayecto hasta Calaceite aún era largo y todavía tendrían que cambiar de tren varias veces.

​Miró a los niños. Dormían ajenos a aquellas preocupaciones. Por un momento se permitió sonreír.

El tren continuó su marcha. A lo lejos comenzó a aparecer una claridad más intensa.

Pronto llegaría el amanecer. Y con él, la primera parada importante del viaje.

Esteban notó un tenue movimiento y la charla de los pasajeros situados al final del vagón, como si rebuscaran entre sus cosas.

Al poco tiempo otro sonido de unos pasos avanzando por el pasillo rompió el silencio del compartimento.

​El revisor apareció en la puerta. Vestía el uniforme ferroviario y llevaba en una mano la pequeña perforadora con la que iba marcando los billetes.

​—Los billetes, por favor.

​Esteban se llevó la mano al bolsillo y sacó los seis. Se los entregó juntos.

​El revisor los fue examinando uno por uno. Miró los destinos y después se detuvo en los niños.

​—¿El pequeño?

​—Cinco años.

​El revisor hizo una breve comprobación, perforó el billete con un chasquido seco y se lo devolvió.

El revisor comprobó los billetes de toda la familia.

​—Está bien.

​Esteban guardó los billetes con cuidado, pero antes de que el ferroviario continuara su recorrido le preguntó:

​—¿Queda mucho para Manzanares?

​—No demasiado. Si no llevamos retraso, estaremos allí sobre las siete y diez, más o menos.

​Esteban miró un instante hacia los niños, que seguían dormidos.

​—Quisiera comprar una hogaza de pan caliente para ellos. El que llevamos está ya reseco y quisiera que recordaran su primer viaje con algo alegre.

​El revisor sonrió.

​—En la estación, allí mismo. Nada más apearse, a la izquierda. Verá un pequeño despacho de pan. A la hora que lleguemos seguro que estará recién cocido. Y es posible que la hornera tenga incluso algunas tortas de manteca.

​Esteban le agradeció la indicación con una sonrisa.

​—Ea, muchas gracias. Que Dios se lo pague.

​—No hay de qué. En casa me esperan cuatro guíscanos como estos —dijo señalando con la mirada a los niños—. ¡Y anda que no comen, como una lima nueva!

​Esteban soltó una breve risa.

​—Entonces ya sabe usted lo que nos espera.

​El revisor sonrió también y siguió su camino por el vagón, haciendo sonar de vez en cuando la perforadora sobre los billetes de los demás viajeros.

​Esteban volvió a mirar a los niños. Por primera vez desde que habían salido de Valdepeñas, pensó que aquel viaje podía dejarles algún recuerdo bueno.

​Uno de los pasajeros levantó la cortinilla.

​—Ya está amaneciendo.

​Nadie respondió.

​El paisaje iba cobrando forma poco a poco.

La tierra rojiza y los campos se extendían a ambos lados de la vía, todavía cubiertos por la penumbra.

Alguna casa aislada aparecía durante unos segundos y desaparecía después, tragada por la marcha del tren.

Los postes telegráficos continuaban acompañándolos.

​Entonces el traqueteo empezó a cambiar. Las ruedas golpeaban los raíles con menor rapidez y los tirones entre los vagones se hicieron más perceptibles.

​El hombre volvió a mirar por la ventanilla. A lo lejos comenzaron a distinguirse otras vías. Había movimiento.

​Una hilera de vagones permanecía apartada junto a unas instalaciones ferroviarias y, más allá, podían verse edificios bajos y figuras que se desplazaban por los andenes.

​El tren redujo todavía más la marcha y Rita se incorporó.

​—Manzanares —dijo en voz baja pero firme.

​La palabra recorrió el compartimento. Los niños comenzaron a despertarse. El pequeño abrió los ojos sin comprender dónde se encontraba y buscó con la mirada a su madre.

​—¿Ya hemos llegado? —preguntó Alfonsa.

​—A Manzanares —respondió Rita—. Todavía nos queda mucho.

​El tren entró lentamente en la estación.

A aquella hora, la luz del amanecer empezaba a iluminar los dos edificios de viajeros situados frente a frente, al otro lado de las vías.

Los andenes comenzaban a llenarse de movimiento.

Ferroviarios con sus uniformes atravesaban apresuradamente el recinto, mientras algunos viajeros se preparaban para bajar y otros esperaban junto a sus equipajes.

​La locomotora lanzó un resoplido profundo. El vapor se extendió por delante de los primeros vagones y envolvió durante unos instantes el andén. Después llegó el último tirón y el tren se detuvo.

Por primera vez desde que habían salido de Valdepeñas, los seis viajeros pudieron estirar las piernas.

Algunos viajeros agarraban sus maletas y envoltorios para abandonar el tren, otros subían aceleradamente para conseguir los mejores asientos.

​Esteban localizó con un golpe de vista el pequeño despacho de pan situado en una casetilla de madera junto al edificio de la estación. Una atareada hornera estaba despachando pan a varios viajeros. Esteban bajó rápido del tren y se dirigió hacia el lugar.

​Una de las mujeres que viajaban en el mismo coche se apeó con tres o cuatro pollos cebados en cada mano. Atados por las patas, los animales intentaban soltarse agitando las alas con desesperación.

​—¡Quietos, condenaos, que ya no queda na pa llegar al mercado! —les reprendió la mujer, sujetándolos con firmeza.

​La mayor de las primas se quedó mirándola con los ojos muy abiertos. La mujer echó a andar hacia la salida del andén, arrastrando tras de sí el pequeño alboroto de plumas y cacareos. Paquito se agarró de la mano de la niña y rió divertido contemplando la escena.

​Poco después, Esteban apareció de nuevo en el andén. Traía bajo el brazo una hogaza envuelta en papel y, en la otra mano, un pequeño paquete que desprendía un olor dulce y mantecoso. Nada más subir al vagón, los niños se arremolinaron a su alrededor.

​—¿Qué trae, padre?

​—A ver, a ver…

​Esteban levantó el paquete para que pudieran verlo.

​—Pan caliente. Y unas tortas de manteca.

​Los ojos de los niños se iluminaron. Conrada tomó la hogaza entre las manos y notó todavía el calor que guardaba el papel.

​—¿Y cuánto te han cobrado por todo esto?

​Esteban hizo un gesto despreocupado.

​—Un poco más de lo que pensaba.

​Conrada levantó las cejas.

​—¿Un poco más? Pero, Esteban, ¿cómo has pagado eso por el pan? ¿Y encima con lujos como las tortas?

​Él la miró sonriendo.

​—Mujer... si es el primer viaje de los niños. Y además, ¿no os lo merecéis también vosotras?

Conrada quiso responderle, pero acabó sonriendo.

—Ea... Anda, reparte antes de que se enfríe.

La familia disfrutó de pan caliente y tortas de manteca

Esteban partió la hogaza con las manos. El pan crujió al abrirse y un olor cálido llenó el compartimento. Las tortas pasaron de unas manos a otras.

​Durante unos minutos nadie habló del dinero, ni del largo viaje que aún tenían por delante, ni de los trenes que tendrían que tomar después.

​Solo hubo pan caliente, niños contentos y seis viajeros compartiendo un pequeño momento de felicidad mientras el tren se preparaba para continuar su camino.

​El silbato de la locomotora anunció la partida. Los viajeros terminaron de acomodarse y las puertas fueron cerrándose una tras otra.

​Esteban volvió a ocupar su sitio junto a Conrada.

Los niños, felices con el pan todavía tibio y las tortas de manteca, parecían haber olvidado por un momento el cansancio.

Dos cuartillos de leche que llevaban en una botella, bien tapada con un corcho, y dentro de un hatillo completarían después el desayuno.

​El tren salió de Manzanares y volvió a internarse en la llanura.

Durante un buen rato, el paisaje apenas cambió.

Los campos se extendían hasta donde alcanzaba la vista y los postes telegráficos continuaban acompañando la vía con su paso regular.

Algún cortijo aislado, una hilera de árboles o un carro que avanzaba lentamente por un camino rompían de vez en cuando la monotonía.

​Cuando el sol terminó de levantarse, ya habían dejado atrás la llanura que rodeaba Manzanares.

Después llegó Alcázar de San Juan. Allí el tren se detuvo durante unos minutos.

La estación era mucho más bulliciosa y había movimiento en las vías, viajeros que subían y bajaban y ferroviarios ocupados en sus tareas.

Los Antequera Arce apenas tuvieron tiempo de asomarse a las ventanillas antes de que el silbato anunciara de nuevo la marcha.

​Villacañas pasó después casi sin que los niños se dieran cuenta. El cansancio volvía a apoderarse de ellos. Más tarde apareció Tembleque, y con él la certeza de que Madrid se encontraba cada vez más cerca.

​El paisaje fue cambiando poco a poco. Los campos comenzaron a dejar espacio a caminos más transitados, casas aisladas y un número cada vez mayor de viajeros.

​En Aranjuez, el tren volvió a detenerse. Esta vez Esteban no bajó. Ya habían aprendido que no convenía alejarse del vagón. Se limitó a mirar desde la ventanilla mientras nuevos viajeros ocupaban sus asientos.

​—¿Falta mucho para Madrid? —preguntó Alfonsa.

​Esteban miró a Conrada y sonrió.

​—Ya falta poco, hija.

​El tren volvió a ponerse en marcha.

​Después de Aranjuez, el paisaje comenzó a cambiar definitivamente. Las casas eran cada vez más numerosas y las vías parecían multiplicarse. Los niños miraban por las ventanillas intentando descubrir cuál de todas aquellas construcciones podía ser Madrid.

​Poco después comenzaron a aparecer los primeros barrios de la capital. Madrid estaba cada vez más cerca.