Capítulo IV
Esteban miró la hora en el reloj de la estación precariamente iluminado por uno de los faroles del edificio.
Eran aproximadamente las cinco y media de la madrugada y reinaba una oscuridad solo rota, bajo la gran marquesina del cuerpo central de la estación, por cuatro faroles distribuidos de forma equidistante que no llegaban a alumbrar más que un pequeño círculo a su alrededor.
La familia al completo estaba allí, en la penumbra, esperando para subir al tren; una inmensa mole negra que se intuía a unas decenas de metros del andén, pero que aún no se distinguía bien.
Lo que sí se escuchaba perfectamente era el ruido de los operarios preparando el convoy, el vapor escapando por alguna válvula para aliviar la presión de la caldera.
Varios fogoneros estaban acarreando carbón al depósito de la imponente máquina y los maquinistas daban algunas órdenes a los peones que engrasaban o limpiaban tal o cual pieza de la compleja locomotora.
Las mujeres habían tomado asiento en un banco de madera.
Rita llevaba en brazos a su sobrino, Paquito, dormido, totalmente ajeno a los ruidosos preparativos de los ferroviarios.
Conrada hacía lo propio con la pequeña Alfonsa que a duras penas mantenía los ojos abiertos.
Inés estaba sentada entre ambas, moviendo los pies que le colgaban del banco.
Ella sí miraba con atención todo aquello con ojos de infantil curiosidad; una mezcla de temor y excitación por esa nueva aventura.
Nunca antes había subido a un tren y se le notaba la ansiedad por experimentar la velocidad a la que iba aquel artefacto, algo que solo sabía por haberlo oído decir a los mayores.
Junto a las mujeres se amontonaban varias maletas en las que la familia llevaba lo necesario para empezar una nueva vida lejos de su hogar.
La casa, que, aunque humilde, le habían legado a Esteban sus padres, los muebles, las herramientas y hasta la Frasquilla se habían vendido durante los dos últimos meses para reunir el dinero suficiente.
El decidido cabeza de familia apretaba con una mano un fajo de billetes que guardaba en el interior de una cartera de cuero, atados con doble nudo y envueltos en un pañuelo.
Eso y el contenido de las maletas eran cuanto poseían en el mundo en esos momentos.
En el bolsillo del chaquetón llevaba otra cartera con unas seiscientas pesetas; lo que calculó que les costaría viajar hasta Calaceite.
También llevaba una carta del propietario de una casa que habían alquilado en el pueblo aragonés por mediación de Silvino, el Acequero, el vecino que había marchado a trabajar hacía meses al lugar de destino.
Esteban pensaba en la suerte que habían tenido, pues tanto el propietario como el propio Silvino habían descrito una edificación muy espaciosa, con almacén y bodega en la planta baja, la vivienda en la primera planta y otra planta superior inacabada usada como desván,
despensa o incluso para tener palomas o conejos.
La noche resistía a marcharse. El frío se había quedado pegado a las piedras y a los hierros de la estación, y bajo la gran marquesina metálica se respiraba ese olor particular que tenían los lugares donde pasaban los trenes: carbón, humo, hierro y humedad.
Allí estaban los seis, aguardando alguna señal de la taquilla para adquirir los billetes.
El andén se iba llenando poco a poco de otros viajeros.
A sus espaldas se levantaba el edificio de la estación, solemne a aquellas horas.
El cuerpo central, de dos plantas, parecía todavía más alto bajo la escasa luz de los faroles.
Las ventanas permanecían oscuras en su mayor parte, aunque de alguna dependencia llegaba una claridad amarillenta.
Sobre el andén, el reloj seguía marcando lentamente los minutos.
A aquella hora, Valdepeñas parecía otra ciudad.
Desde el pueblo apenas llegaba ningún ruido.
En cambio, dentro del recinto ferroviario seguían escuchándose los preparativos del convoy, así como sonidos aislados, el golpe seco de algún hierro, el chirrido tenue de la rueda de alguna carretilla de los mozos, una puerta que se cerraba, las pisadas apresuradas de algún ferroviario.
Más allá del andén se perdían las vías en la oscuridad. Había más de una. Las principales continuaban hacia Manzanares y, en dirección contraria, hacia Santa Cruz de Mudela y Andalucía.
Otras vías servían para las maniobras y para el movimiento de mercancías.
Valdepeñas era una estación acostumbrada al vino, a los vagones de carga y al trajín de quienes iban y venían.
Incluso a esas horas podían distinguirse bajo la oscuridad las siluetas de algunos vagones inmóviles junto a las instalaciones de mercancías.
La familia permanecía en silencio. Habían salido de casa mucho antes de que amaneciera y todavía les quedaba por delante un largo viaje, incierto y lleno de cambios. Primero el tren. Después otro tren. Y otro más. Madrid, Zaragoza, La Puebla de Híjar, Alcañiz y finalmente Calaceite.
Los niños no podían imaginar lo lejos que iban a llegar los próximos días.
Esteban volvió a mirar el reloj. Todavía faltaba.
Apretó el abrigo contra el cuerpo y miró hacia el extremo del andén.
A su espalda se encendió una luz y se abrió la taquilla.
Desde el interior sonó una voz grave, acostumbrada a pregonar:
―¡Billetes! ¡Madrid, Aranjuez, Tembleque, Villacañas, Alcázar, Manzanares!
La voz se perdió bajo la marquesina y pareció despertar por un instante la estación dormida.
Las mujeres se incorporaron levemente. Estaban sentadas muy próximas a la taquilla. Esteban se acercó a la ventanilla. Ya llevaba las pesetas contadas de antemano en un viejo sobre, junto a la carta, en el chaquetón, para no tener que buscarlas después en los bolsillos.
―Para Madrid ―dijo―. Somos seis.
La familia permaneció esperando el tren de Madrid.
El empleado levantó la mirada, fijándose en el grupo de las mujeres y los niños que Esteban había señalado al pedir los boletos.
―¿Tres mayores?
―Sí.
―¿Y los niños?
El hombre señaló a los tres, que estaban junto a las mujeres unos pasos más atrás y los enumeró.
―Diez la mayor, nueve la siguiente y el niño, cinco años.
El empleado hizo una breve cuenta sobre un papel antes de volver a mirar al hombre.
―El pequeño paga menos.
―Ya.
Esteban dejó el dinero sobre el mostrador. El sonido metálico de las monedas pareció demasiado fuerte a aquella hora de la madrugada.
El empleado fue preparando los billetes uno a uno. El papel, grueso y amarillento bajo la luz de la taquilla, pasó de sus manos a las del viajero.
―Tercera clase.
―Sí, gracias.
El hombre guardó los billetes con cuidado, casi con solemnidad. Aquellos rectángulos de papel representaban una cantidad de dinero que había costado reunir y que no podían permitirse perder.
―¿Cuánto tardará en salir el que llega hasta Madrid? ―preguntó.
El empleado se ajustó las gafas y miró hacia el reloj que colgaba de un lateral de su pequeña oficina. Marcaba casi las seis de la mañana.
―No tardará. Están aprovisionándolo en la vía. No lleva demora.
Esteban asintió agradecido y regresó junto a las mujeres. Inés miraba emocionada a su tío, la pequeña Alfonsa se había desperezado y también estaba atenta a las novedades. Paquito seguía vencido por el sueño en el regazo de su tía Rita, que le acomodó la mantita y le pasó una mano por el cabello.
Desde el otro lado de las vías llegó entonces un ruido metálico, seco y lejano.
Todos miraron hacia la oscuridad. No era un silbido, era el golpeo de los pistones accionando las pesadas ruedas de la locomotora.
Estas resbalaron ligeramente al contacto con los raíles mojados por el rocío, produciendo un chirrido audible por todos.
Pesado pero firme, el enorme tren se puso en movimiento.
Recorrió lentamente casi un centenar de metros que le separaban del andén principal, frenando ante el apeadero que ocupaba en toda su extensión, y aún quedaban vagones por detrás: unos coches descubiertos en su mayoría, cargados con numerosos barriles de vino, cajas de madera,
sacos y multitud de mercancías variadas. Eran los vagones de carga.
La locomotora silbó con fuerza, espantando a las niñas y despertando a Paquito, que se puso a llorar.
Varios empleados abrieron las puertas de los dos primeros vagones, los de primera clase. Desde fuera se veían cómodos y limpios. Un camarero u ordenanza esperaba junto a la puerta a los viajeros más pudientes para acomodarles en su asiento.
Desde el otro extremo del andén, junto al tercer vagón, otro empleado alzó la voz:
―Tercera clase.
La gran mayoría de los que esperaban con sus boletos en la mano se dirigieron hacia los vagones del fondo. Mientras, el despacho de billetes seguía su trabajo, sin prisa y sin pausa. La salida estaba prevista para las seis y media de la mañana y todo parecía rodar bien.
La familia Antequera Arce encontró pronto sitio en un compartimento de tercera.
Esteban subió primero los bultos y los colocó sobre la rejilla que había encima de los asientos.
Después ayudó a subir al pequeño, que aún estaba algo asustado.
Las dos niñas entraron detrás y las mujeres se acomodaron en el banco de enfrente.
El compartimento olía a madera, a ropa de viaje y al humo que se había colado desde el exterior.
No era un coche nuevo. Las paredes y los marcos de las ventanas mostraban las señales de los años y del uso continuado, pero todo estaba dispuesto para cumplir su cometido.
Dos bancos enfrentados ocupaban los lados del compartimento y, sobre ellos, los portaequipajes esperaban cargados con maletas, bolsas y pequeños hatillos.
En otros compartimentos se acomodaban los viajeros. Algunos hablaban en voz baja; otros permanecían callados, arrebujados en sus abrigos. Un niño lloriqueaba unos asientos más allá y una mujer trataba de hacerlo callar.
El pequeño de los Antequera Arce se quedó dormido casi enseguida. Las niñas miraban por la ventanilla.
Fuera, la estación continuaba iluminada bajo la oscuridad de la madrugada. Los ferroviarios se movían entre los vagones y alguna figura cruzaba apresuradamente el andén.
El jefe de estación ordenó la salida del convoy.
Entonces se oyeron tres claros y potentes toques de campana. En la cabecera del andén, ante la locomotora, se erguía la uniformada figura del jefe de estación, abotonado hasta el cuello, que hizo sonar su silbato.
Dirigió una última mirada hacia los vagones, comprobando que nadie subía o bajaba, y con un gesto marcial levantó la linterna de señales que llevaba en la mano. Clara y nítida, una luz verde rasgó la noche ante la locomotora que respondió con un largo silbido y con un resoplido profundo.
Hubo un primer tirón.
Los vagones parecieron despertar todos a la vez. Los enganches chocaron sucesivamente, uno detrás de otro, y el traqueteo comenzó a extenderse bajo sus pies.
Esteban se llevó la mano al bolsillo para comprobar que los billetes seguían allí. Los tenía.
El tren volvió a dar un tirón, esta vez más largo. Y comenzó a avanzar.
Por la ventanilla, las luces de la estación de Valdepeñas empezaron a deslizarse lentamente hacia atrás. Nadie dijo nada. Los seis sabían que acababan de dejar atrás su casa.