Aquella vieja casa de Calaceite Capítulo III #2
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Capítulo III #2

​La mujer puso cara de asombro haciendo gestos exagerados para contentar a los niños.

​—¡Pero qué apañaos, mis niños! ¿Pues no habéis pescado la cena de todos? ¿Pos sabéis qué? Ahora mismo las sollo y guisamos las patas con tomates. El tío Esteban se va a chupar los dedos, ya veréis.

​Los tres se miraron llenos de orgullo, mientras Conrada se llevaba el cubo a la cocina para mostrárselo a Rita. Ni que decir tiene que la otra mujer también llenó de elogios a los pescadores.

​Ambas se metieron en faena.

​Cuando llegó Esteban, acabada la jornada, la casa despedía un aroma apetitoso. Las dos mujeres habían guisado las ancas de rana con patatas, ajos y tomate. El inconfundible aroma del laurel impregnaba la cocina y Esteban entró relamiéndose.

​—¡Bueno! ¿Y esto qué es?

​Paquito levantó la cabeza de inmediato.

​—¡La cena!

​—Eso ya lo veo. Pero, ¿de dónde ha salido?

​—La hemos pescado nosotros —respondió Alfonsa con orgullo.

​—¿Vosotros?

​—Sí, padre —dijo Paquito—. Yo he pescado tres.

​Alfonsa soltó una risita.

​—Tres no. Has pescado más, pero una se te escapó.

​—¡Porque me saltó a la cara!

​—Y acabaste dentro de un charco —añadió Inés.

​Esteban miró al muchacho de arriba abajo. La ropa todavía conservaba alguna mancha de barro.

​—Ya veo que has tenido una tarde entretenida.

​Paquito sonrió.

​—Pero hemos traído muchas.

​Esteban se acercó a la cazuela y levantó ligeramente la tapa. El vapor caliente le llenó la cara.

​—Pues habrá que probarlas.

​—¡Están muy buenas! —aseguró Conrada—. Y estos tres han trabajado lo suyo.

​—Eso habrá que verlo.

Cenaron ancas de rana guisadas con patatas y tomate.

Se sentaron alrededor de la mesa.

​Durante un rato solo se escucharon los ruidos propios de la cena: los tenedores golpeando de vez en cuando contra los platos, alguna palabra de los niños y el crepitar de la lumbre. Fuera, la tarde había ido oscureciendo y por la ventana apenas entraba ya la última claridad.

​Esteban comió despacio.

​—Están buenas —dijo finalmente.

​Los tres niños se miraron satisfechos.

​—¿Ve, padre? —dijo Paquito—. Le dije que estaban buenas.

​—Sí, hijo. Tenías razón.

Aquella pequeña victoria pareció bastarle al muchacho. Siguió comiendo con más entusiasmo todavía.

​Conrada observaba a su marido.

​Había algo diferente en él desde hacía unos días. No era fácil saber qué. Esteban seguía trabajando, atendía sus cosas y hablaba con los niños como siempre, pero a veces se quedaba callado de repente, como si su pensamiento estuviera en otro sitio.

​Aquella noche volvió a ocurrir.

​Mientras los niños discutían sobre quién había pescado más, Esteban permaneció unos instantes con la mirada perdida en el plato.

​Conrada lo conocía demasiado bien.

​—¿En qué piensas?

​Esteban levantó los ojos.

​—En nada.

​—No me digas eso, que sé cuándo estás pensando en algo.

​Rita también levantó la mirada.

​Esteban dejó el tenedor sobre el plato.

​—Estaba pensando en lo que me contó el hermano de Silvino.

​Los niños siguieron comiendo, ajenos a la conversación.

​Conrada guardó silencio.

​—¿Lo de Calaceite?

​Esteban asintió.

​—Sí.

​Durante unos segundos nadie dijo nada.

​—Dice que allí tiene trabajo —continuó Esteban—. Y que las cosas le van bien.

​—Eso ha dicho.

​—Pero una cosa es que a Silvino le vaya bien y otra que haya trabajo para nosotros.

​Conrada bajó la mirada.

​—Ya. Por eso será mejor saberlo con certeza antes de decidir nada.

​Esteban se quedó pensativo.

​—Por eso creo que tendría que escribirle.

​Rita dejó el tenedor sobre la mesa.

​—¿A Silvino?

​—Sí. A él.

​—¿Y qué le vas a decir?

​Esteban respiró hondo.

​—Pues preguntarle cómo está aquello de verdad. Si hay trabajo. Si podríamos ir todos. Si habría jornal para mí... y para quien pudiera trabajar.

​Conrada lo miró fijamente.

​—¿Estás pensando en que nos marchemos de verdad?

​Esteban tardó unos segundos en responder.

​—No sé si marcharnos. Pero si allí hay una posibilidad, aunque sea por una temporada, habrá que saberlo antes de hacer nada.

​Rita asintió lentamente.

​—Eso sí.

​Esteban volvió a coger el tenedor, pero ya no tenía la misma atención puesta en la comida.

​—Mañana buscaré a alguien que me ayude a escribir la carta.

​Conrada frunció ligeramente el ceño.

​—¿Tú no puedes escribirla?

​Esteban sonrió con cierta vergüenza.

​—Poder, puedo. Pero una cosa es escribir cuatro palabras y otra contarle a Silvino todo lo que quiero preguntarle. Que él es tan bruto como yo y seguro que se la hace leer a alguien. No quiero que piensen que soy un cazurro.

​—También es verdad.

​Esteban volvió a mirar a los niños.

​Paquito estaba intentando apurar con el pan el último resto de salsa del plato.

​El hombre sonrió.

​Después bajó la voz.

​—Quiero saber si podemos llevarnos a todos.

​Conrada entendió perfectamente lo que quería decir.

​No se trataba solamente de él.

​No se trataba solamente de encontrar un jornal. Se trataba de encontrar un lugar donde pudieran vivir los seis.

​Y aquella noche, mientras los niños terminaban de cenar y fuera comenzaba a soplar de nuevo el viento, la idea de Calaceite dejó de ser una conversación lejana para convertirse, por primera vez, en una posibilidad verdadera.