Capítulo III
Aquella tarde el cielo de Valdepeñas se había puesto de un gris oscuro, casi plomizo.
Desde primeras horas de la tarde las nubes habían ido cerrándose unas sobre otras, borrando poco a poco el azul y dejando sobre los tejados una luz apagada, extraña, como si el día hubiese envejecido de repente.
En las calles se respiraba ese olor que tiene la tierra antes de mojarse, una mezcla de polvo, piedra caliente y humedad que parecía subir desde las mismas entrañas del pueblo.
Era septiembre y la vendimia andaba en plena faena.
Durante aquellos días, Valdepeñas vivía pendiente de las viñas.
Por las calles pasaban carros cargados de uvas, hombres con las manos manchadas de mosto y mujeres que regresaban cansadas después de largas horas de trabajo.
Pero aquella tarde hasta el bullicio de la vendimia parecía haberse apagado un poco.
El viento comenzó a levantarse.
Primero fue apenas una corriente fresca que hizo moverse las hojas de las cepas y levantó algún que otro papel de la calle.
Después arreció. Las puertas mal cerradas empezaron a golpear contra sus marcos y por los tejados comenzaron a escucharse pequeños golpes secos, producidos por ramas, tejas sueltas o cualquier cosa que el aire hubiera sido capaz de levantar.
Conrada salió un momento a la puerta y miró hacia el cielo.
—Va a caer una buena.
Esteban, que estaba dentro, no respondió inmediatamente. También él había levantado la vista. Por debajo de las nubes se veía una claridad amarillenta que iba desapareciendo por momentos.
—Como entre el agua por el tejado, vamos arreglados —murmuró.
Conrada volvió la cabeza.
—Mira primero las goteras y luego ya veremos.
Esteban sonrió apenas.
—Eso es lo que estoy diciendo.
Un trueno lejano retumbó entonces sobre el pueblo.
Los niños, que hasta aquel momento habían estado entretenidos en un rincón de la casa, se acercaron corriendo a la puerta.
Paquito fue el primero en asomar la cabeza.
—¡Va a llover!
Alfonsa se puso a su lado.
—¡Mira, Inés!
Inés no necesitaba que nadie le avisara. También estaba mirando el cielo.
Había algo en aquellas tardes de tormenta que despertaba en los niños una alegría que los mayores no comprendían. Mientras Esteban y Conrada pensaban en el tejado, en las paredes húmedas y en lo poco que tenían que pudiera echarse a perder, ellos solamente pensaban en el agua.
Porque después de una buena lluvia, la cuesta Cantarranas cambiaba.
Y ellos lo sabían.
Un segundo trueno retumbó sobre Valdepeñas con tanta fuerza que hizo temblar los cristales de la ventana.
Paquito dio un respingo, pero enseguida volvió a sonreír.
—¡Ya viene!
—No grites —le dijo Alfonsa—. Que madre se va a enfadar.
Otro trueno, más cercano, respondió desde algún lugar detrás de las casas.
Entonces empezó a llover.
Al principio fueron unas gotas gruesas, separadas, que golpeaban las tejas con un sonido seco. Pero apenas transcurrieron unos instantes cuando el agua comenzó a caer con tanta fuerza que pareció que alguien hubiese volcado sobre el pueblo un balde enorme.
Conrada levantó la mirada hacia el techo.
—Esteban...
Él ya estaba buscando con los ojos dónde podía entrar el agua.
—Ya las veo.
Una gota cayó sobre el suelo.
Después otra.
Y otra más.
Esteban arrimó una silla, se subió a ella y colocó un recipiente debajo de la primera gotera. Apenas había terminado cuando escuchó otra salpicadura al otro lado de la habitación.
—¡Aquí hay otra!
Conrada soltó un suspiro.
—Pon también un barreño ahí.
Rita, que hasta entonces había permanecido junto al fuego, se levantó para ayudarla.
—Yo me encargo de esa.
Los niños seguían junto a la puerta.
A través del umbral veían cómo el agua corría calle abajo formando pequeños regueros que se juntaban unos con otros. El polvo desaparecía bajo una capa de barro y las piedras brillaban bajo la lluvia.
Paquito señaló hacia fuera.
—Mira, Alfonsa. ¡Hay un río!
—No es un río.
—Sí que lo es.
Inés se acercó también.
—Cuando pare la lluvia, al final de la calle habrá mucha agua.
Alfonsa la miró y sonrió.
—Y allí sí que habrá ranas.
Paquito abrió mucho los ojos.
—¿Muchas?
—Muchas.
Los tres se quedaron mirando la calle.
Para ellos, la tormenta ya no era una molestia. Era una promesa.
Dos días después, el cielo había vuelto a abrirse sobre Valdepeñas.
Cantarranas, sin embargo, todavía conservaba las huellas de la tormenta.
El agua había bajado desde las partes altas arrastrando tierra, hojas y pequeños restos que habían quedado atrapados junto a las paredes.
En algunos puntos todavía quedaban charcos oscuros, y al final de la cuesta se había formado una pequeña laguna donde el terreno, más bajo y embarrado, retenía el agua.
Las casas encaladas parecían más blancas después de la lluvia. Los zócalos, oscurecidos por la humedad, contrastaban con las paredes y, desde alguna puerta entreabierta, llegaban voces de mujeres ocupadas en las tareas de la casa.
Cerca de la esquina de la calle de la Virgen, la fragua permanecía cerrada aquella tarde. El martillo que otros días llenaba la calle con su golpe metálico estaba en silencio.
Y entonces Paquito oyó algo.
—¡Escuchad!
Inés y Alfonsa se quedaron quietas.
Al principio no distinguieron nada.
Después volvió a oírse.
Croac.
Paquito abrió la boca, maravillado.
—¡Ya han salido!
Los tres guardaron silencio.
Ahora podían escucharlas con claridad. Unas respondían a otras desde la pequeña laguna, escondidas entre las hierbas y los juncos que habían quedado aplastados por la lluvia.
—¡Hay una allí! —dijo Alfonsa.
Señalaba junto a una piedra.
La rana permaneció inmóvil durante unos segundos, tan quieta que parecía formar parte del barro. Después dio un salto y desapareció entre las hierbas.
—¡Se ha escapado!
Paquito salió corriendo detrás de ella.
—¡No la pises!
—¡No la iba a pisar!
Inés se agachó junto al borde de la charca.
—No corras tanto. Si haces ruido, se esconden.
Paquito frenó en seco.
—¿Y cómo las cogemos?
Alfonsa miró a Inés.
—Como la otra vez.
—Pero aquella era pequeña.
—Esta también.
—Esta es más grande.
Paquito se acercó.
—¿Cuánto más grande?
Alfonsa abrió los brazos exageradamente.
—Así.
—¡Eso no existe!
Las dos niñas se echaron a reír.
La cuesta Cantarranas parecía otra después de la tormenta.
El agua todavía se deslizaba lentamente por algunos rincones y la tierra húmeda se pegaba a las suelas de las alpargatas.
Desde las casas llegaban voces, golpes de puertas y algún que otro ladrido.
Más arriba, alguien había vuelto a abrir la fragua y, de vez en cuando, se escuchaba el golpe seco del martillo sobre el hierro.
Pero allí abajo solo importaban las ranas.
Inés se incorporó.
—Tenemos que buscar una caña.
—Yo sé dónde hay una —dijo Paquito.
—¿Dónde?
—En casa.
—Pues ve a buscarla.
Paquito salió disparado cuesta arriba.
—¡Y no tardes! —le gritó Alfonsa.
Inés volvió a mirar la charca.
Otra rana asomó la cabeza entre las hierbas. Esta vez ninguna de las dos dijo nada. Se quedaron observándola. Parecía que también ella las estuviera mirando.
Inés susurró muy bajito.
—¿Has traído el cordel?
—Sí —respondió Alfonsa—. También he traído unos pedazos de tela encarnada.
Paquito llegó corriendo con varias cañas, finas y recias, y un cubo. Inés tomó las cañas y con habilidad ató un trozo de cordel a cada una. En el otro extremo de cada hilo sujetó con fuerza un pedazo de tela roja.
—Esto ya está. Lo que tenemos que hacer ahora es estar muy callados y a ver si pican.
Los tres se colocaron junto a la charca, separados unos pasos. Dejaron caer los señuelos rojos sobre el agua. Con la maestría que crea la necesidad, los niños sabían perfectamente lo que tenían que hacer para pescar muchas ranas.
Paquito fue el primero. Con finos toques de muñeca movía la caña para que el trapillo oscilara sobre el agua.
Una rana grande se acercó lentamente, atraída por aquel movimiento.
Permaneció unos instantes bajo la superficie, observando el señuelo, hasta que de pronto se lanzó sobre él y lo mordió con fuerza.
Paquito estaba atento.
Dio un tirón seco y rápido. La rana quedó prendida en las finas hebras del trapo y salió disparada del agua.
—¡Una! —exclamó, mientras la atrapaba con la otra mano.
Los tres niños pescaron ranas con gran habilidad.
Alfonsa e Inés sonrieron.
Paquito la metió en el cubo y lo tapó con una tabla, lo bastante ancha como para impedir que la cena escapara de un salto.
Poco después fue Alfonsa quien pescó otra, aún mayor. Inés tampoco tardó en lograr su primera captura. Pero Paquito ya llevaba tres.
Una tras otra, las golafres ranas caían presas del engaño. El cubo se iba llenando.
Estaba tan lleno que, al retirar la tabla para echar una nueva presa, al pobre Paquito le saltó una rana a la cara. El niño tapó rápidamente el recipiente mientras gritaba:
—¡Que se escapa!
Alfonsa soltó su caña y corrió tras el animal, que escapaba a grandes saltos. Paquito se lanzó sobre ella, pero falló y fue a dar de bruces en un charco.
Inés se destripaba de risa al ver el cómico cuadro de sus primos.
De pronto, la rana halló el camino del agua y de un brinco desapareció, dejando visibles ondas en la superficie.
—¡Cómo me ha dejado la maldita! —exclamó Paquito, mirándose la ropa mojada y manchada de barro.
Inés reía.
—Y eso que no te ves la cara. Pareces el rey Baltasar.
—Pero sin turrones —añadió Alfonsa con una carcajada.
Entre tanto, Conrada salió a la calle para ver dónde estaban los niños. El sol estaba ya bajando y era hora de recogerse. Los divisó en la parte baja de la cuesta y les llamó:
—¡Inés, Alfonsa, Paco! ¡Vamos, venid ya, que pronto anochecerá!
Los tres intrépidos pescadores recogieron sus bártulos, bromeando sobre quién había pescado más. Paquito iba hinchando pecho y presumiendo, mientras las niñas, que llevaban a medias el pesado cubo, se mostraban condescendientes con el pequeño.
—¿Qué me hacíais, gachonetes? —preguntó Conrada.
Inés sonrió de oreja a oreja y llena de orgullo levantó el cubo.
—Mire, tía, la cena. Hay muchas.